Reproducimos a continuación una selección de los textos leídos en el acto de presentación del nº 1 de esta revista por la actriz Emma Cohen y el poeta Antonio Viñas, el pasado 16 de abril del 2010.
Por Antonio Viñas
Madrid, dieciséis de abril, dos días después de la fiesta de la denostada República, calle del ingeniero de telares y entorchado de sedas Agustín de Bethencourt, número diecisiete, octava planta.
Allí un grupo de hombres y mujeres reunidos para la simiente y el surco, allí un moderno salón y la casi lluvia detrás de la ventana, y dos campesinas sobre un papel en un abrazo cubista del pintor Zabaleta: un rostro con rostro, un amor, un mismo rostro. Ellas llenan el cuerpo de una casa y pisan, arqueadas, la alfombra de la tierra; y hay nubes, montañas y un pájaro que es un título con cuatro palabras, que son tres, que son más: Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas. Un pájaro en forma de revista que rompe el cascarón, que se asoma fuera del nido y como un pensamiento vuela, se multiplica y teje vínculos.
La poesía es un misterio que nos ayuda a tocarnos por dentro. En ese reconocimiento hay un silencio de interior, una memoria a media luz, una revelación. La naturaleza lo envuelve todo (somos naturaleza), la poesía es su declaración y el poeta un médium. Éste abre su escucha, se impregna y construye una casa de palabras y acentos, levanta el poema como si fuera un árbol, pero el poema ya vivía, ahora nos emociona.
El verso es alimento, un parabién que nos ayuda a descender y a subir por las escaleras que dan a nuestro espejo, a la raíz del mundo. Llegar al silencio del que emana es algo primordial para nuestra mejora, para la esencia y humanidad de un desarrollo (rural) que no solo piense en términos de materia y mercado, de codazo, tristeza y codicia.
El poeta Jesús Aguado dice que “la poesía también ara los campos y fertiliza el alma”. Que así sea para el nacimiento de esta revista de biodiversidad y culturas. Que así sea con esta breve muestra de textos escritos desde y para la soberanía del alma.
Beatus ille
Feliz, el que alejado de negocios,
como en remoto tiempo los mortales,
paternos campos con sus bueyes ara
y no rinde a la usura vasallaje
ni le despiertan los clarines bélicos
ni teme airados mares,
y evita igual del Foro las intrigas
que del rico soberbio los umbrales.
Ya de la vid los vástagos crecidos
enlaza al tronco de los altos árboles
viendo vagar sus vacas mugidoras
por el angosto valle,
y corta con la hoz ramas estériles
e injerta las viñas
o esquila la mansa oveja o guarda en ánforas
las mieles que exprimió de sus panales.
Horacio
Cucharón
Filigrana del estaño
la luna del cucharón
naciente sobre la montaña
que desciende hasta la olla
sirviendo a generaciones
humeante
arrastrando lo que ha nacido de las semillas
en el huerto
espesado con patata
sobreviviéndonos
en el cielo de madera
de la cocina.
Madre que del humeante
pecho del peltre
veteado de sales
reparte la comida a su hijos
hambrientos como jabalíes
con las uñas teñidas
de tierra vespertina
y el pan hermano
la madre reparte.
Vierte el cielo hirviendo
cucharón
con el sol zanahoria
las estrellas de sal
y la grasa de la puerca tierra
vierte el cielo humeante
cucharón
vierte sopa para nuestros días
vierte sueño para la noche
vierte años para mis hijos.
John Berger
El mundo chico
Las nubes, pie en tierra,
tocan con sus nudillos
el cristal de las ventanas.
Al otro lado del mundo,
la calma,
el lento paso de la quietud
como una carga de leña
a lomos de la yegua guía
que cruza el puente de la noche.
En los establos,
en los vencidos pesebres,
mastican las vacas
el grano de la pastura
y alguien enciende
la mecha de un sueño.
Hoy la vida está junto al fuego
y a los acordes tenues del agua.
Solo en los días
primerizos de lluvia,
los corazones laten contra tristeza,
y las manos de una madre
baten, generosas, gachas de leche,
pan frito y miel.
Antonio Viñas. La tierra asoma
Discurso de entrada a la Real Academia, 1975. Extracto
“La ciudad uniforma cuanto toca; el hombre enajena en ella sus perfiles característicos. La gran ciudad es la excrecencia y, a la vez, el símbolo del actual progreso.
De aquí que el Isidoro, protagonista de mi libro Viejas historias de Castilla la Vieja, la rechace y exalte la aldea como último reducto del individualismo: Isidoro decía: «Pero lo curioso -dice- es que allá, en América, no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para decirle: “Allá, en mi pueblo, al cerdo lo matan así o asá.” O bien: “Allá en mi pueblo, la tierra y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian dentro del huevo sin llegar a romper el cascarón…” Y empecé a darme cuenta entonces de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero, y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillos y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y, con los años, no quedaba allí un sólo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro…
… porque si la aventura del progreso, tal como hasta el día de hoy la hemos entendido, ha de traducirse inexorablemente, en un aumento de la violencia y la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la Naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: «¡Que paren la Tierra, quiero apearme!» “.
Miguel Delibes




