Recorrido por las luchas campesinas

RECORRIDO POR LAS LUCHAS CAMPESINAS   (Descargar pdf: recorrido por las luchas campesinas)

En el marco de las fiestas patronales de San Vicente de Amayuelas de Abajo transcurrió la tertulia que transcribimos en estas páginas. En nombre de las organizaciones coeditoras de nuestra revista los compañeros Paul Nicholson de La Vía Campesina, Eduardo Navarro de la Fundación Agricultura Viva-COAG, Jeromo Aguado de Plataforma Rural y Henk Hobbelink de Grain compartieron su experiencia y puntos de vista sobre las luchas campesinas de las últimas décadas. Un privilegio de recorrido histórico a través de la mirada de cuatro personas que las han conocido -y las viven aún- en primera línea y con experiencias y esferas muy complementarias. Paul, siendo uno de los líderes campesinos presente en La Vía Campesina desde su fundación, nos ofrece un foco general e internacional. Eduardo como ex Coordinador General de la COAG en etapas muy tensas, como fue por ejemplo la entrada de España en la Unión Europea, tiene una perspectiva estatal insuperable. Jeromo, líder campesino en Castilla y León que participa y preside la Plataforma Rural, aporta una visión que combina lo local con las sensibilidades de colectivos ecologistas, de consumidores, etc. Y Henk, que nos trae la perspectiva de una de las organizaciones internacionales que más experiencia acumulada tiene en el acompañamiento a las organizaciones campesinas. Una mesa de tertulia equilibrada en cuanto a visiones y dimensiones, pero también una mesa, como se citó al inicio de la conversación y se abordó durante la misma, delatora de la discriminación histórica de la participación de las mujeres en las organizaciones sociales y campesinas.

La tertulia se inicia situados en los años 70, con el fin del franquismo y los primeros pasos en democracia, con una primera intervención de Eduardo Navarro. «Todavía hoy –nos explica Eduardo, desde los 13 años trabajando en el campo y sindicalista desde los 17- la democracia española tiene una deuda con el movimiento agrario y las luchas campesinas. Una deuda que no sabemos cuándo se podrá saldar, porque aunque la historia no lo recoge la lucha antifranquista no corresponde sólo al movimiento obrero, también estaba y muy relevante, la gente del campo movilizándose con la guerra del pimiento, la guerra del tomate, la guerra del maíz…. Cinco y seis días con los tractores en la carretera para manifestar nuestro descontento con la situación. Lamentablemente una vez llega la democracia y se firman en 1978 los pactos de la Moncloa, en la foto de esa reunión ya se muestra quiénes la van a regular: los representantes políticos, la patronal y los grandes sindicatos obreros. Ya no aparece el sector agrario: uno de los grandes déficits de esta democracia con el mundo rural.  Las organizaciones agrarias  trabajábamos para “labrar democracia y sembrar sindicalismo” pero no se nos reconoce como verdaderos sindicatos y, de hecho, a nuestras organizaciones se las ingresa en el capítulo de organizaciones profesionales. No como organizaciones sindicales. Y así hasta hace dos meses que por primera vez en la historia de este país se ha aprobado una ley de representatividad del sector agrario. Con esta realidad hemos tenido que convivir todos estos años y nuestros espacios de participación han ido fluctuando en función de los intereses de cada gobierno».

Eduardo nos acerca hasta el año 1986, un momento trascendental para el Estado y especialmente para el campo, con el ingreso en, entonces, la Comunidad Económica Europea (CEE), donde es el capítulo agrario el que tiene más desarrollada una política común. Paul, desde su participación en el sindicato vasco EHNE explica que «aunque desde la sociedad en general se veía al Mercado Común como una gran esperanza, un salto a la modernidad, a la tecnología, un salto al bien vivir, desde las organizaciones agrarias y ganaderas, especialmente las del norte del Estado, entendimos que esa modernización, era un giro hacia el productivismo enmarcado en políticas neoliberales con las que se  introducía la competitividad, se priorizaba la agroexportación y se adoptaban medidas que excluirían a la agricultura de pequeña escala. Y por eso nosotros luchamos en contra del ingreso».

Jeromo, insertado ya en espacios sociales de su territorio, complementa la visión de Paul. «No sé si alguno de vosotros recordaréis de entonces el movimiento Comuneros del Agro Palentino Autogestionarios (CAPA), un movimiento que fue el germen del Sindicato Agropecuario Palentino -organización fundadora de la COAG- y desde él también hicimos campaña en contra de la incorporación a la CEE, algo, por cierto bastante impopular, que muy poca gente entendía. Nosotros y nosotras veíamos que entrabamos en un mercado que se nos escapaba de las manos, que las decisiones se alejaban de nuestro territorio e intuíamos que se impondría un modelo de producción que nos iba a obligar a desaparecer de los pueblos. Fue una oposición radical». «En esta época, –continua Paul– desde COAG y EHNE llevamos en varias ocasiones hasta 10 autobuses a Bruselas, recogiendo gente pueblo por pueblo. Un viaje entonces de más de 20 horas para manifestar nuestra protesta. Recuerdo que cuando pasábamos por Francia y veíamos todas esas explotaciones gigantescas trabajadas con grandes tractores  y hablábamos con los campesinos de ahí nos decían: ¿veis agricultores? Y así nació uno de nuestros primeros lemas: ‘Una agricultura con campesinos y campesinas’».

Henk se incorpora al debate explicándonos que él, holandés afincado desde hace 25 años en Barcelona,  en esa época de ingreso de España en la CEE detectaba «un ambiente de júbilo total y efectivamente eso es cierto para muchas realidades, pero yo que conocía la lucha sindical en Holanda ya sabía las repercusiones acarreadas. En mi pueblo, en 10 años –igual que después paso en España- desaparecieron más de la mitad de nuestras familias vecinas. En el debate del ingreso sólo los sindicatos agrarios españoles parecían darse cuenta de las repercusiones». «Ciertamente -apunta Eduardo- desde COAG ya denunciábamos que el campo iba a ser la moneda de cambio para la entrada a la Unión Europea y sufrimos la primera gran reconversión que vive el sector agrario de este país. Paradójicamente quienes producíamos la leche, el queso, la carne de ovino,  la fruta y las hortalizas más baratas de Europa, vimos como al poco tiempo todos los grandes mercados eran invadidos por productos europeos. Y empieza una decadencia y asfixia para muchos de estos sectores agrícolas». «Y ahora – indica Paul- Rumanía, Polonia, Bulgaria, etc. sufren el impacto de estas mismas políticas: la aceleración forzada de la migración del campo».

En Bruselas el marco de relaciones con los y las representantes del campo están por establecer y por aprender. Son negociaciones nuevas bajo una Política Agraria Común (PAC) muy administrativa que obliga de alguna manera a la “burocratización” también de los sindicatos. Muchas de las luchas que se hacían en la calle pasan a los despachos a manos técnicas. Aún así, como explica Paul, «manteníamos el mensaje de que la PAC no estaba legitimada, que era una política socialmente injusta porque hacía desaparecer a la agricultura campesina, que repartía las subvenciones de forma injusta y que apoyaba una agricultura intensiva que destruía el medio ambiente».

Llegamos a mediados de los años 90 donde la desregularización de las políticas públicas se acentúa. Hemos llegado a los tiempos conocidos como “globalización”,  dominada en este caso por la Organización Mundial del Comercio a la que también la PAC se ajusta. Como explica Eduardo, hay dos sucesos muy trascendentales. «Un agricultor o ganadero hasta el año 1992 percibía el 90% de sus ingresos a partir de la comercialización de sus productos. De lo que el consumidor pagaba, entre un 40 y un 60% llegaba al productor. A partir de la gran reforma de la PAC del 92 se nos dice que el mercado ya no nos pagará el precio de los costes y de sus márgenes, y seremos compensados por las ayudas de la Unión Europea. El segundo hecho es más personal y de conciencia: un campesino o campesina que toda su vida ha estado acostumbrada a producir tiene que cambiar de mentalidad para durante un 30% de su tiempo dedicarse a llenar papeles, cálculos y gestiones administrativas: pasamos de ser agricultores o agricultoras a funcionarios de la PAC».

«Todo esto que explican los compañeros –dice Jeromo- se expresa muy bien en  la lamentable desaparición de la cultura rural. Dos anécdotas para explicar esto. La primera, la relación con mi padre, que era un pequeño labrador, pero yo y mis hermanos mediatizados por la agricultura “moderna” le dijimos que lo que él había hecho hasta entonces no valía para nada. -Pues si no vale para nada-, me dijo mi padre que era  mucho más listo que yo,-hacerlo vosotros. Esos son los verdaderos luchadores del campo. Los que resistieron sin poder levantar su voz porque ahí estábamos para acallarles. Segunda, el chorizo Revilla, y como todos los muchachos y muchachas de mi edad les pedíamos a nuestras madres que el bocadillo fuera con ese chorizo industrial que como salía por la tele era mejor, pensábamos, que el de la matanza. Cuando a un pueblo le desmantelan la cultura tiene muy pocas herramientas para poder resistir. Por suerte no lo han conseguido al 100% y hemos tenido margen para dar un paso atrás y reconocer cuánta razón tenían nuestros padres y madres que intuían a dónde nos llevaban».

La realidad globalizada tiene también, desde estas pequeñas resistencias locales, una respuesta globalizada. En 1993 se funda La Vía Campesina, un movimiento global que incorpora a muchas organizaciones campesinas de todo el mundo coincidentes en la defensa de la agricultura a pequeña escala. Paul aclara «que es la primera voz campesina global que puede expresar, con sus propias palabras, sus reivindicaciones. Estaba la opinión de los grandes propietarios con intereses trasnacionales por un lado y por otro la que aportaban algunas ONG hablando en nuestro nombre, de una forma caritativa y muchas veces ni siquiera coincidente con nuestros posicionamientos. Mientras recuperábamos el espacio que nos pertenecía, en esta nueva alianza global, íbamos interiorizando que el problema del campo no era una competencia entre el campesinado de una región con los de otra región. Los competidores del campo aquí no eran el campo francés ni el marroquí, por poner un ejemplo. Comprendimos que la lucha era contra un modelo industrial y neoliberal y que nosotros y nosotras tanto en África, América, Asia o Europa estábamos defendiendo un mismo concepto campesino. Así nació La Vía Campesina, como un espacio de lucha compartida contra un modelo global, con una respuesta a la sociedad que es la Soberanía Alimentaria».

Desde las ONG, la irrupción de La Vía Campesina lleva en algunos casos a provocar cambios en el modelo de actuar de las mismas. Como dice Henk: «Muchas ONG teníamos un espacio de diálogo y un estatus de representatividad y de repente teníamos a La Vía Campesina ahí al lado. Muchas ONG se sintieron empujadas hacia un rincón donde los focos ya no les apuntaban, a la vez que se cuestionaba  –y con razón- su papel. Pero ya en 1996, alrededor de un encuentro de la FAO donde movimientos campesinos, indígenas y pescadores toman el liderazgo, algunas ONG llegamos para apoyar y colaborar en sus desafíos. No para liderar. De hecho me gusta esta mesa porque normalmente no es donde me suelo encontrar. Aún muchas veces me encuentro en una mesa con muchos expertos de ONG y algún campesino o campesina casi de forma anecdótica. En esta mesa se visibiliza que está dinámica ya ha cambiado y apunta hacia el papel que en mi opinión tenemos las ONG».

«Nuestro movimiento es responsable de nuestro presente y nuestro futuro, y por lo tanto somos nuestra voz. Somos autónomos, –afirma Paul-. Todo el mundo nos quiso fagocitar y es una pelea mantenernos autónomos, independientes de partidos políticos, de ONG, etc. Tenemos una voz campesina y con un eje claro: la Soberanía Alimentaria, que nace en réplica a las propuestas de seguridad alimentaria con una visión desde el derecho a gobernar nuestra agricultura».

Mientras en el plano internacional surge La Vía Campesina, en España cuando 1.500 pueblos se habían abandonado, cuando se habían desmantelado los servicios públicos rurales, cuando la población activa había bajado al 9%, Jeromo explica que «se nos ocurre crear una alianza, una red, la Plataforma Rural: alianzas por un mundo rural vivo. Es una alianza de personas productoras, de movimientos ecologistas y de ONG que empezamos a entender que la cooperación tenía que hacerse de otra forma. Que había que cuestionar las políticas adoptadas aquí que empobrecían a la gentes del Sur, allí». Y Jeromo pone el ejemplo de la campaña PAC pa’que, PAC pa’quien. «A partir de ella la sociedad de este país empezó a entender que los problemas de la agricultura y la alimentación no era problema sólo de los agricultores y agricultoras sino que era de toda la sociedad. Plataforma Rural fue un poco más allá y decíamos que la mejor forma de gestionar un territorio era producir alimentos y mantener la biodiversidad, lo que históricamente hicieron nuestros padres y madres. En Plataforma Rural hemos aprendido a trabajar juntos desde diferentes sensibilidades y hemos intervenido con campañas muy interesantes como las que defendían la necesidad de tener escuelas en un pueblo».

«Otro elemento fundamental para La Vía Campesina -introduce ahora Paul- fue que durante su Tercera Asamblea en Bangalore, (India) se decidió la equidad hombre y mujer en los espacios de representatividad y cargos de nuestra organización, y se inició todo un proceso interno de reflexión sobre el papel de las mujeres en la lucha campesina. El campo en todo el mundo más que un espacio de hombres es un espacio machista donde las mujeres están invisibilizadas, no reconocidas dentro de sus organizaciones (y esta mesa es un ejemplo de la escasa representatividad que hasta ahora han tenido las mujeres en el movimiento campesino organizado) y marginadas en sus derechos como campesinas. La perspectiva de género se está abordando ahora de una manera seria, no sólo en el ámbito de la paridad en los cargos, sino también con un debate profundo sobre las raíces y tentáculos del patriarcado y sobre la violencia contra la mujer en el mundo rural. Probablemente uno de los ejes principales de trabajo y responsabilidad que tenemos los sindicatos campesinos para los siguientes años».

Necesariamente en este debate teníamos que hablar de lo que representó el concepto de Soberanía Alimentaria para las organizaciones campesinas. Paul revela que «hoy la Soberanía Alimentaria es la reivindicación principal en todo el planeta frente al modelo neoliberal, aglutinando a consumidores y consumidoras, medioambientalistas, campesinos y campesinas, movimientos de pobres urbanos, pueblos indígenas campesinos… toda esta gente preocupados sobre la alimentación. Una reivindicación que no es sólo del campo, es ciudadana». Eduardo puntualiza «que si bien Soberanía Alimentaria son unas directrices que se han extendido entre las sociedad civil, lamentablemente, quienes están en los gobiernos no lo contemplan. Y eso mismo ocurre en las grandes centrales sindicales obreras. No están en este discurso porque lo consideran excesivamente trasgresor, claro, porque ciertamente atacamos con él a los pilares básicos del capitalismo: el tránsito de mercancías y capitales. Quizás sea –sigue Eduardo con su reflexión- porque el primer sector que se ha globalizado ha sido el de la alimentación y tuvimos que aprender. Nos dimos cuenta que era mentira que la venta de productos desde los países pobres serviría para alimentar a sus pueblos, sólo las empresas se benefician en esas transferencias, a la vez que al entrar esos productos en nuestros países provocan nuestra pérdida de Soberanía Alimentaria.  Un terrible negocio que se mantiene aunque eso signifique que la gente no coma en una parte del mundo. Hoy ya son más de 1.000 millones de personas en el mundo las que tienen limitado el acceso a alimentación».

Al hilo de la conversación Henk le dice a Eduardo que es más optimista que él. «Al profundizarse la crisis, que es una crisis del modelo de producción y transformación, aprecio entre la clase trabajadora más entendimiento a las directrices que venimos explicando. La idea de Soberanía Alimentaria ha conseguido trasladar tres mensajes que cada vez son más conocidos y compartidos: Uno, desmitificar, como se decía antes, que la competencia no es entre Norte y Sur. Segundo, el contraste que sigue habiendo entre desarrollo y medio ambiente va diluyéndose. Y el tercer punto, que yo creo que es fundamental, es el cuestionamiento de la tecnología en sí. Cuando hace 20 años nadie cuestionaba que el uso de la tecnología era la forma de solucionar muchos problemas como la pobreza y el hambre, hoy la mayoría de la opinión pública ha dejado de creerlo. Es un logro importante del trabajo en alianza y del marco que significa la Soberanía Alimentaria incluso frente a los fuertes poderes y lobby de las empresas que defienden estas tecnologías».

«Para mí, como agricultor, la Soberanía Alimentaria –añade Jeromo- es dejar de sentirse como un delincuente perseguido hasta la saciedad para controlarte como produces, transformas o distribuyes tus producciones por gente que no sabe que es un alimento sano. Es llegar a producir calorías sin consumir más en ese proceso. Para mi es que lo que yo quiero hacer lo puedan hacer todos los campesinos y campesinas del mundo».

La conversación finaliza con una mirada hacia cuáles serán los retos futuros dónde deberemos centrar las luchas. Eduardo enumera que desde su punto de vista hay tres hilos conductores que seguir: La lucha clave contra la OMC como motor del modelo neoliberal. La lucha contra la crisis climática que pasa por el cambio de modelo productivo en el campo y en otros sectores. Y el seguimiento activo a las políticas agrarias de la Unión Europea. Paul añade algunas pistas más al respecto y explica que cree que hay que trabajar en el reconocimiento de la agricultura de pequeña escala. «La agricultura campesina es la solución de los problemas que tiene el planeta. Somos los portadores de las luchas y de las esperanzas: enfriamos el planeta y alimentamos el planeta frente a la agricultura industrial que genera hambre y calienta el planeta. También debemos construir nuevas formas de lucha y de organización. Los sindicatos agrarios por consiguiente tienen también un desafío para construir nuevos modelos sindicales. Debemos defender un modelo de consumo ligado a la agricultura social y agroecológica sin olvidar, por último, la defensa de los bienes comunes (agua, tierra, semillas, aire…). Jeromo señala también que una lucha fundamental es trabajar la vuelta al campo. «No puede ser que en el Estado, 2 millones de personas ocupemos el 70-80% de nuestro territorio. La vuelta al campo y recuperar el equilibrio entre hombre y naturaleza es urgente. No tenemos más remedio que estar cerca de donde se producen los alimentos y debemos trabajar en cómo organizar esta anormalidad, pensado en la acogida de la gente que quiera volver al campo. La vuelta al campo significa tomar la vía, el rumbo campesino».

Por último se coincide en destacar que la lucha es en definitiva una lucha contra el modelo capitalista y tiene que darse junto con el desmantelamiento del sistema patriarcal, aportación que llega refrendada desde la compañera Belén Verdugo cuando insiste en que no hay Soberanía Alimentaria sin mujeres. «Estamos avanzando y ya no somos sólo las mujeres las que defendemos la participación y liderazgo compartido en igualdad entre mujeres y hombres».

Sirvan estas líneas como reconocimiento a todas las personas repartidas en el mundo, que como los cuatro amigos sentados en la mesa, han ofrecido valores y creatividad en las organizaciones campesinas y sociales luchando por hacer “Otro Mundo Posible”.