Campo y crisis climática

CAMPO Y CRISIS CLIMÁTICA  (versión en pdf)

El sistema industrial de alimentos es incapaz de garantizar la alimentación de las personas y las necesidades de subsistencia en un mundo que se hunde cada vez más en la crisis climática.  Por su dependencia de los combustibles fósiles, las exportaciones masivas, la concentración de los mercados, la erosión de los suelos y la expansión de las plantaciones, genera un porcentaje muy significativo de gases con efecto invernadero. Ya ha dejado a más de mil millones de personas sin los alimentos suficientes, y cientos de millones de personas más pasarán hambre en los próximos años si el sistema alimentario no se reorganiza. La consecuencia más devastadora de este sistema industrial de alimentos, sin embargo, es que está destruyendo otros sistemas alimentarios que pueden revertir el cambio climático y satisfacer las necesidades mundiales de alimentos. Olvidemos los mercados de carbono, la geo-ingeniería y todas las otras falsas soluciones. La agricultura campesina y la Soberanía Alimentaria es una manera real de salir de la crisis climática.

Las responsabilidades

A las personas defensoras de la Revolución Verde les gusta hablar de cómo la receta única de variedades vegetales uniformes y fertilizantes químicos salvó al mundo de la hambruna. Quienes abogan por las llamadas Revolución Ganadera y Revolución Azul (acuacultura) nos venden una historia similar acerca de razas animales uniformes y alimentos industriales. Este discurso debería ser hoy menos convincente en la medida que cerca de un cuarto de la población del planeta pasa hambre y los rendimientos de los cultivos están estancados desde los años ochenta. En realidad, lo que tenemos delante parece más bien una historia de terror cuando consideramos las consecuencias ambientales, especialmente a medida que el mundo se entera del papel que estas transformaciones de la agricultura y del sistema alimentario han jugado en el cambio climático.

El consenso científico actual es que la agricultura es responsable de un 30% de todas las emisiones de gases con efecto invernadero provocadas por los seres humanos, y asciende hasta un 44-57% según nuestros cálculos. Pero es injusto poner todas las formas de agricultura en un mismo saco. En la mayoría de los países eminentemente agrícolas, la agricultura en sí contribuye muy poco al cambio climático. Los países con el mayor porcentaje de población rural y cuyas economías dependen principalmente de la agricultura, tienden a tener los niveles más bajos de emisiones de gases con efecto invernadero. Por ejemplo, aunque se dice que la agricultura canadiense aporta sólo un 6% de las emisiones de gases con efecto invernadero totales del país, esto son 1,6 toneladas de gases invernadero por canadiense, mientras que en India, donde la agricultura es un componente mucho más importante de la economía nacional, las emisiones per cápita de todas las fuentes son sólo 1,4 toneladas, y sólo 0,4 toneladas provienen de la agricultura. Hay diferencias, por lo tanto, en el tipo de agricultura que se practica, y no se puede acusar a la agricultura en general.

Es más, cuando analizamos la contribución total de la agricultura al cambio climático, vemos que sólo una pequeña sección de actividades agrícolas son responsables de casi todas las emisiones de gases con efecto invernadero de la agricultura. La deforestación causada por el cambio de uso de la tierra es responsable de cerca de la mitad del total, mientras las emisiones de los establecimientos agrícolas las provoca sobre todo la producción animal y los fertilizantes. Todas estas fuentes de gases con efecto invernadero están íntimamente ligadas al surgimiento de la agricultura industrial y a la expansión de sistema alimentario en manos de las transnacionales. Así también la alta dependencia del petróleo y la gran huella de carbono que provoca el transportar alimentos e insumos por todo el mundo en todo tipo de envases plásticos.

Dado que la mayor parte de la energía utilizada por el sistema alimentario industrial proviene del consumo de combustibles fósiles, el monto de energía que utiliza se traduce directamente en la emisión de gases con efecto invernadero. Si tan sólo observamos el sistema alimentario estadounidense, se calcula que tiene en su haber un formidable 20% de todo el consumo de energía fósil del país. Esta cifra incluye todo la energía utilizada en los establecimientos que producen comida, y en los procesos postindustriales de transporte, empacado, procesamiento y almacenaje. La Agencia de Protección Ambiental estadounidense informó que en 2005 la agricultura del país emitió tanto dióxido de carbono como 141 millones de automóviles juntos ese mismo año. Este sistema alimentario totalmente ineficaz utiliza 10 calorías fósiles no renovables para producir una sola caloría alimenticia.

La diferencia en el uso de energía entre la agricultura industrial y los sistemas agrícolas tradicionales no podía ser más extremo. Se habla mucho de lo eficiente y mucho más productivo que es la agricultura industrial si se le compara con el modo de cultivo tradicional en el Sur global, pero si tomamos en consideración la eficiencia energética, nada puede estar más alejado de la verdad. La FAO calcula que, en promedio, la agricultura de los países industrializados gasta cinco veces más energía comercial para producir un kilo de cereal que la africana. Si analizamos cultivos específicos, las diferencias son todavía más espectaculares: para producir un kilo de maíz, un agricultor en Estados Unidos utiliza 33 veces más energía comercial que el campesinado tradicional en el vecino México. Y para producir un kilo de arroz, un agricultor estadounidense usa 80 veces la energía comercial utilizada por un campesino tradicional en Filipinas. Esta “energía comercial” de la que habla la FAO es, por supuesto, el gas y el combustible fósil requeridos para producir fertilizantes y agroquímicos y los que se utilizan en la maquinaria agrícola, todo lo cual contribuye sustancialmente a la emisión de gases con efecto invernadero.

Pero la agricultura en sí es responsable tan sólo de un cuarto de la energía usada para llevar comida a las mesas. El gasto de energía y la contaminación ocurren dentro del sistema alimentario internacional en su sentido más amplio: el procesado, el empacado, la refrigeración, la cocina y la movilización de comida por todo el planeta. Hay cultivos o piensos que se producen en Tailandia, se procesan en Rotterdam, alimentan ganado en algún otro lado, para que terminen como comida del McDonalds en Kentucky.

Transportar alimentos consume enormes cantidades de energía. Si miramos de nuevo a Estados Unidos, se calcula que 20% de todo el transporte de mercancías dentro del país se utiliza en mover comida, lo que resulta en 120 millones de toneladas de emisiones de CO2. La importación y exportación de alimentos de Estados Unidos da cuenta de otros 120 millones de toneladas de CO2. A eso debemos añadir el transporte de provisiones e insumos (fertilizantes, pesticidas, etcétera) a las granjas industriales, el transporte del plástico y el papel para las industrias de empacado, y lo que los consumidores se mueven para ir, cada día más lejos, a los supermercados. Esto nos da un panorama de la tremenda cantidad de gases con efecto invernadero producidos por el sistema alimentario industrial, tan sólo por sus requerimientos de transporte. Otros grandes productores de gases son las industrias que procesan comida, la refrigeran y la empacan, que son responsables del 23% de la energía consumida en el sistema alimentario estadounidense. Todo esto suma una cantidad increíble de energía desperdiciada.

Y hablando de desperdicio: el sistema alimentario industrial descarta la mitad de toda la comida que produce, en su viaje de los establecimientos a los comerciantes, a los procesadores de comida, a las tiendas y supermercados —lo suficiente para alimentar a las personas hambrientas del mundo seis veces. Nadie ha empezado a calcular cuántos gases con efecto  invernadero se producen por la pudrición de toda la comida tirada a la basura.

Mucho de este tremendo desperdicio y esta destrucción global podría evitarse si el sistema alimentario se descentralizara, si la agricultura se desindustrializara. Sin embargo los sectores en el poder responden a la actual crisis alimentaria y al acelerado colapso de los sistemas que promueven la vida en el planeta, con más de lo mismo y cuando mucho le suman unos cuantos remedios tecnológicos inútiles.

El sistema alimentario controlado por las transnacionales está entonces en un callejón sin salida. Lo que proponen es más agricultura industrial y más cadenas alimentarias mundiales como solución a la crisis alimentaria. Pero estas actividades sólo aceleran el cambio climático, y con ello intensifican severamente la crisis alimentaria. Es un círculo vicioso que provoca extremos de pobreza y ganancias, y el abismo entre los dos se hace cada vez más profundo. Hace ya mucho tiempo que es urgente transformar radicalmente este sistema alimentario.

¿Cuál es la salida?

Dicho de la manera más simple, la crisis climática implica que necesitamos cambios ¡ya! La organización de la sociedad en torno a la obtención de ganancias crematísticas ha demostrado ser un sistema corrupto y necesitamos construir sistemas alternativos de producción y consumo, que se organicen de acuerdo a las necesidades de los pueblos y la vida en el planeta. La transformación de este sistema alimentario no ocurrirá mientras el poder de éste siga en manos de las corporaciones. Tampoco podemos confiar en nuestros gobiernos, que permiten que la distancia entre lo que los científicos dicen que hay que hacer para detener el desastre climático y lo que los políticos realmente hacen se haga cada vez mayor. Las fuerzas del cambio están en nuestras manos, en nuestras comunidades, que se organizan para recuperar el control sobre nuestros sistemas alimentarios y nuestros territorios.

En la lucha por lograr un sistema alimentario diferente, los obstáculos principales son políticos, no técnicos. Hay que volver a poner las semillas en las manos campesinas, cerrar la puerta a los transgénicos, caminar hacia la eliminación de los pesticidas y los fertilizantes químicos después de demostrar que su uso en nada beneficia ni a la calidad del alimento ni a la capacidad de producción, integrar al ganado a formas de producción mixta y organizar nuestros sistemas alimentarios de forma tal que todos tengamos suficientes alimentos sanos y nutritivos.

Disponemos de una manera real de salir de la crisis climática: Uno, mediante el uso de prácticas agroecológicas para revertir la materia orgánica en los suelos perdida por la agricultura industrial, las emisiones totales de gases con efecto invernadero pueden reducirse en un 20-35%. Dos, descentralizando la ganadería y su integración con la producción agrícola las emisiones totales de gases pueden reducirse en un 5-9%. Tres, distribuyendo alimentos principalmente a través de mercados locales en lugar de las cadenas alimentarias transnacionales, las emisiones totales pueden reducirse en un 10-12%. Y cuatro, deteniendo el desmonte de tierras y la deforestación para plantaciones, las emisiones totales de gases con efecto invernadero pueden reducirse en un 15-18%.

A nivel de finca son bastante claras y directas las formas de lidiar con el cambio climático (véase el recuadro “Cinco pasos clave hacia un sistema alimentario que pueda enfrentar el cambio climático”).

Los desafíos políticos son más difíciles. Pero muchas cosas ya están pasando a nivel local. Enfrentadas incluso a la represión violenta, las comunidades locales están resistiendo los mega-proyectos, las represas, la minería, las plantaciones y la tala de los bosques. Aunque rara vez se reconozcan como tales, sus resistencias están en el corazón de la acción por el clima, al igual que el movimiento por la soberanía alimentaria, que se van uniendo para resistir la imposición de políticas neoliberales y desarrollar visiones colectivas de futuro. Es en estos espacios y a través de esa resistencia organizada que emergerán las alternativas al destructivo sistema alimentario actual y podremos hallar la fuerza y las estrategias comunes que nos saquen del ciclo suicida en que la agricultura industrial y el sistema alimentario industrial nos tienen hundidos.

Y en el Estado español, ¿qué?

A la vista de lo expuesto, queda claro que la agricultura de bajos insumos, familiar o a pequeña escala es capaz de contribuir a la disminución de emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera. Desde COAG consideramos que no se está dando la suficiente importancia a este hecho desde las instituciones públicas, sobre todo teniendo en cuenta que está más que demostrado que las actuales políticas agrarias basadas en la producción intensiva y en un modelo claramente agroexportador contribuyen de manera muy importante al cambio climático. No parece lógico que, mientras la Política Agraria Común actual apoya en su primer pilar este modelo de producción intensiva, establezca una serie de ayudas en el segundo pilar para la mitigación de los efectos del Cambio Climático provocado por dicho proceso de intensificación.

A nivel estatal, recientemente hemos conocido el borrador de la Ley de Economía Sostenible donde no se hace mención alguna a la agricultura como sector estratégico para el desarrollo de la economía, ni se reconoce a la agricultura sostenible su capacidad de mitigación de los gases efecto invernadero mientras se le atribuye a las masas forestales la capacidad de actuar como sumideros, sin matizar los impactos que los monocultivos de determinadas masas forestales, y el tipo de técnicas que se aplican, pueden generar sobre determinadas zonas del medio rural.

Al tiempo que se analizan los agrocombustibles como fuente de energía sostenible así como su desarrollo tecnológico, no se cuestionan los impactos que estos mismos están teniendo en los países del Sur,  tampoco las consecuencias que el transporte de las materias primas desde estos países a las empresas de transformación situadas en el Estado, ni se mencionan los balances energéticos negativos resultantes del uso de muchos cultivos como agrocombustibles.

Esta ley no reconoce a la agricultura social y sostenible como sector estratégico por su mantenimiento y gestión en su diversidad de funciones: alimentaria, gestión del territorio, cuidado del medio ambiente, conservadora de la biodiversidad y de los recursos naturales, etc. y no aborda los impactos que la agricultura industrial agroexportadora tiene sobre el cambio climático, ni sobre la pérdida de biodiversidad y de Soberanía Alimentaria que la Política Agraria Europea, adaptada a las negociaciones de la OMC y los acuerdos de libre comercio están impulsando.

Cinco pasos clave hacia un sistema alimentario que pueda enfrentar el cambio climático

1. Un viraje hacia métodos sustentables e integrados de producción. Las separaciones artificiales y las simplificaciones que trajo consigo la agricultura industrial deben deshacerse, y deben de reunirse de nuevo los diferentes elementos que conforman los sistemas agrícolas sustentables. Los cultivos y los animales deben integrarse de nuevo en la finca. La biodiversidad agrícola tiene que tornarse el fundamento de la producción alimentaria, una vez más, y el sistema de cuidado e intercambio de semillas debe reactivarse. Los fertilizantes y lo plaguicidas químicos deben sustituirse por formas naturales de mantener el suelo saludable y de controlar plagas y enfermedades. Reestructurar así el sistema alimentario ayudará a crear las condiciones que permitan emisiones cercanas a cero en las fincas.

2. Reconstituir el suelo y retener el agua. Tenemos que tomar el suelo en serio. Necesitamos un esfuerzo global masivo para volver a juntar materia orgánica en los suelos, y así devolverle fertilidad. Décadas de maltrato de suelos con químicos en algunos lugares, y la erosión de los suelos en otras partes, los dejaron exhaustos. Los suelos saludables, ricos en materia orgánica, pueden retener enormes cantidades de agua, que serán necesarios para crearle las necesarias flexibilidad y aguante al sistema agrícola como para resistir las crisis climáticas y de agua que ya se ciernen sobre nosotros. Aumentar la materia orgánica en los suelos de todo el mundo ayudará a capturar cantidades sustanciales del actual exceso de CO2 que hay en la atmósfera.

3. Desindustrializar la agricultura, ahorrar energía y mantener a la gente en su tierra. La agricultura familiar en pequeña escala debe volver a ser el fundamento de la producción de alimentos. Haber permitido la enorme acumulación de empresas de agricultura mega-industrial que producen mercancías para el mercado internacional en lugar de comida para la gente, provoca ámbitos rurales vacíos, ciudades sobrepobladas y la destrucción de muchos modos de sustento y de cultura en el proceso. Desindustrializar la agricultura ayudaría también a terminar con el tremendo desperdicio de energía que ahora produce el sistema de agricultura industrial.

4. Cultivar en las inmediaciones y cortar el comercio internacional. Uno de los principios de la soberanía alimentaria es priorizar los mercados locales sobre el comercio internacional. El comercio internacional de alimentos en consorcio con industrias de procesamiento y supermercados en cadena son los principales contribuyentes a la crisis climática. Todo esto puede detenerse en gran medida y situar la cadena alimentaria en la producción de alimentos más orientada a los mercados locales. Lograr esto es probablemente la lucha más dura de todas, ya que el poder corporativo se ha concentrado en mantener el sistema de comercio creciendo y en expansión. Y muchos gobiernos están felices con esto. Algo que debe cambiar si somos serios en nuestra respuesta a la crisis climática.

5. Cortar la economía de la carne y buscar una dieta más sana. Tal vez la transformación más profunda y destructiva que conlleva el sistema alimentario industrial es la industrialización del sector ganadero. Lo que solía ser una parte integral y sustentable de los modos de vida rurales, es ahora un sistema de fábricas mega-industriales de carne diseminadas por todo el mundo, controladas por unos cuantos. La economía de la carne a nivel internacional, que ha crecido cinco veces en las últimas décadas, contribuye a la crisis climática de un modo enorme. Ha ayudado a provocar el problema de obesidad en los países ricos, y ha destruido —mediante subsidios y comercio desleal— la producción local de carne en los países pobres. Esto debe detenerse, y las tendencias de consumo, especialmente en los países ricos deben alejarse de la carne. El mundo necesita regresar a un sistema descentralizado de producción y distribución de carne, organizado de acuerdo a las necesidades de la gente. Deben restaurarse y recuperarse los mercados que surten carne a los mercados locales procedente de pequeñas fincas a precios justos. Debe de frenarse el comercio desleal internacional.

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