¿Una tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra?

Izaskun Sánchez Aroca (*)

Palestina aparece casi a diario en los medios de comunicación. Conocemos, mejor o peor, la ocupación que lacera a este pueblo, así como los esfuerzos de lucha y resistencia de gran parte de la población. ¿Pero qué repercusiones tienen todo ello sobre su población que durante siglos ha sido mayoritariamente campesina?

«Una tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra». Esta frase fue acuñada por el periodista británico de origen judío, Israel Zangwill a principios del siglo XX. En aquella época la región de Palestina, de 25.000 kilómetros cuadrados, era una zona eminentemente agrícola con un millón de habitantes, el 90% de ellos árabes. Un siglo después la historia de Palestina se ha convertido en la historia de una ocupación en la que millones de personas, entre ellos miles de campesinos y campesinas, luchan por mantener una tierra y los recursos naturales de los que están siendo despojados sistemáticamente. Según el Ministerio de Agricultura palestino de las 33.000 familias que viven del sector de la agricultura, 30.000 están por debajo del nivel de la pobreza.

El estado de Israel ha desplegado un fuerte proceso de ocupación ilegal militarizado que pasa por el control de los acuíferos, los asentamientos ilegales de colonos judíos en tierras de cultivo, las prohibición de movimiento de personas y productos a través de controles en las carreteras (‘check point’), la confiscación de terrenos y la destrucción de cultivos. De hecho, según el Ministerio de Agricultura desde el primer levantamiento popular palestino -la Primera Intifada (1987)- más de medio millón de árboles han sido destruidos por militares o colonos, el 80% de ellos  olivos, un árbol emblemático que inunda las llanuras palestinas y que supone la fuente principal de ingreso para unas 10.000 familias que producen unas 153.000 toneladas de aceitunas.

El último episodio de este sistemático y premeditado proceso de ocupación es la construcción ilegal del muro del apartheid. Un muro de más de 700 kilómetros de largo que Israel comenzó a construir en 2002 alegando motivos de seguridad, pero que en la práctica, según datos de Amnistía Internacional, el diseño de su trazado «responde al objetivo de rodear los más de 50 asentamientos ilegales israelíes donde vive un 80% de colonos, incluyendo extensas áreas de tierra alrededor de ellos». Así estos asentamientos pasarán a formar parte del estado de Israel. Esto supone la anexión de facto de un 10% de la tierra de Cisjordania, unas 57.518 hectáreas.

Qalqilia es una de las muchas localidades agrícola que se está viendo afectada por el muro. Está ubicada al norte de Cisjordania en un enclave privilegiado ya que goza de un microclima que permite el cultivo de todo tipo de hortalizas y frutas. Tras la guerra de los 6 días, en 1967 en la que Israel ocupó, entre otros sitios la franja de Gaza y Cisjordania, el municipio pasó 27,2 kilómetros cuadrados a 9,8. Tras la construcción del muro la cifra ha disminuido a 8,2, lo que lleva a afirmar que más del 70% de las tierras de cultivo han sido confiscadas.

Pero los campesinos y campesinas palestinas se niegan a perder sus tierras y a lo largo de todo Gaza o Cisjordania se suceden las protestas. Los movimientos populares han creado una red y se están articulando a través de los comités de resistencia no violenta.

PANCARTAS CONTRA TANQUES Y BALAS

Al Ma’asara es una pequeña localidad agrícola de 9.000 habitantes ubicada en una zona montañosa a 13 kilómetros de Belén. Sus tierras son fértiles y ricas en recursos hídricos por lo que en la zona el olivo y las vides son comunes. El estado de Israel comenzó la construcción de muro en noviembre de 2006 y según el trazado planificado más de 3.500 ‘dunums’ (348 hectáreas)  de tierras de cultivos serán expropiados a la localidad, hectáreas que hay que sumar a las ya robadas para la construcción y expansión del asentamiento ilegal de colonos Gush Etzion. El muro, además cortará la carretera principal que une el pueblo con Belén y de la que sus habitantes dependen para cubrir sus necesidades básicas como la sanidad o la enseñanza.

Por ello, cada viernes desde 2006 un centenar de personas, entre internacionales, población local e israelíes solidarizados contra la ocupación se manifiestan de manera pacífica contra el muro y el expolio de recursos. «Es una manera de demostrar que los palestinos y palestinas no somos violentos, que apostamos por este tipo de resistencia como forma de lucha» afirma Mahmoud Zwahre para ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas’, uno de los organizadores de estas marchas y miembro de los comités populares de resistencia no violenta contra el muro. La respuesta israelí, por otro lado, se caracteriza por un gran despliegue militar, balas de goma, gas lacrimógeno, detenciones indiscriminadas y fuertes irrupciones en la localidad los días previos y posteriores.

La estrategia de resistencia no violenta se basa también en una importante campaña de boicot: «estamos intentando que la población no compre los productos israelíes, que no vayan a trabajar las tierras de los asentamientos que inundan nuestro mercado local con sus productos».

Lo cierto es que las colonias suponen una fuente de trabajo para una población donde el nivel de desempleo alcanza cotas muy altas debido a la privación de movilidad. Según Zware «para que la gente abandone los asentamientos hay que ofrecer alternativas. Los agricultores y agricultoras dejan sus trabajos porque se enfrentan a muchas dificultades a la hora de comercializar sus producto o les quitan sus tierras». El transporte muchas veces se convierte en una odisea, los permisos son denegados o los ‘check point’ de las carreteras los encuentran cerrados, por lo que toneladas de alimentos se pudren.

El control de los recursos hídricos también está en manos de los israelíes, que de manera estratégica despliegan sus asentamientos en las tierras más fértiles. «No podemos extraer el agua de la zonas más profundas del acuífero, donde es más pura, sólo de las zonas más superficiales»  sentencia Zware.

La resistencia del campesinado también pasa por el no abandono de la tierra a pesar de los continuos ataques de los colonos que arrancan árboles, asesinan e intimidan a muchos palestinos y palestinas. Por ello, periódicamente se hacen plantaciones simbólicas de olivos con el apoyo de personas de otras nacionalidades. Al Ma’asara es sólo un ejemplo una lucha que desde hace muchos años se desarrolla en otras localidades como Bili’in o Ni’in. Una lucha por la soberanía de un territorio.

LA MUJER PALESTINA

Agricultura, agua, pesca o comercio…todo está marcado por la ocupación en Palestina. También la situación de la mujer, a la que el control y agresividad israelí afecta doblemente. En muchos casos la mujer se queda sola al frente del hogar bien porque su cónyuge está en la cárcel -actualmente hay más de 7.000 presos en cárceles israelíes- o bien porque se ha quedado sin trabajo y es ella la que se encarga de sacar adelante a la familia. Esta situación además suele llevar a los hombres a la depresión y a la frustración, algo que se traduce, según la oficina Central de Estadísticas Palestinas, en un incremento de la violencia de género. «Muchos hombres no saben reaccionar cuando pierden su trabajo, se quedan horas y horas sentados en los cafés sin saber qué hacer. Las mujeres en cambio se las ingenian de mil maneras para sacar adelante a su familia. Y una de las opciones es la agricultura». Así lo confirma Rania Khayyat miembro de la organización Rural Woman Development Society (RWDS) que trabaja en pequeños proyectos agrícolas, de toma de conciencia y empoderamiento de mujeres. «Trabajamos a través de los ‘club de mujeres’ con huertos para autoabastecimiento, intercambio o pequeñas ventas. Así se genera algo de beneficio» cuenta Rania. Este beneficio económico es lo que mantiene muchos hogares y hace que los hombres vean con buenos ojos la salida de la mujer al sector laboral. Las formaciones de RWDS giran en torno a los derechos de la mujer en la sociedad, como el tema de la herencia de la tierra, algo que según Rania «está regulado, pero aún supone una vergüenza social que la mujer no ceda su herencia a los hombres».

RWDS trabajan por todo Gaza y Cisjordania con más de 7.500 mujeres pero la idea es poco a poco dirigirse también a los hombres. «Está muy bien que la mujer sea consciente de sus derechos pero también hay que sensibilizar a los maridos» afirma Rania. Algo que se impone, ya que la mujer no puede ser, como muchas veces se afirma erróneamente «el motor de cambio de la sociedad»: empoderarse, educar a su familia y entorno, luchar contra los estereotipos sociales y además encargarse del rol productivo y reproductivo. Hay que trabajar en más frentes.

(*) Izáskun Sánchez Aroca es periodista del colectivo DIAGONAL

PARA SABER MÁS:

www.bdsmovement.net

www.stopothewall.org

www.rwds.ps