Editorial. Mujer y campesina

MUJER Y CAMPESINA

Personas: hombres y mujeres. Campesinado: hombres y mujeres. En teoría, todas las personas tenemos derechos, los mismos para todos y todas, independientemente de la raza, el sexo, la religión o la condición social. En la práctica todo es muy distinto. La mujer, por ser mujer, se encuentra ante una realidad discriminatoria inherente a la actual organización socioeconómica y cultural que prima al hombre frente a la mujer, a lo masculino frente a lo femenino, a lo productivo frente a lo reproductivo. El campesinado, por su ubicación en la escala social, por su condición de proveedor de alimentos, iguales que ellos y ellas, también se encuentran bajo este  modelo capitalista, que prima lo industrial frente a lo rural, la ciudad frente al campo, la velocidad frente al sosiego. Hombres y mujeres por tanto que son discriminados, invisibilizados en el conjunto de la cadena agroalimentaria y en el conjunto de la sociedad. Pero si los hombres campesinos son discriminados e invisibilizados, las mujeres y campesinas lo son doblemente: por ser campesinas y por ser mujeres. Una realidad mucho más dura y difícil que la de sus compañeros de lucha por la soberanía alimentaria.

Una situación que en este número de la revista ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas’ queremos contribuir a descubrir, porque todo lo que no se publica parece que no existe, y esta doble desigualdad, estos mecanismos de invisibilización (algunos claros, otros más sutiles), esta atroz situación de injusticia diaria sufrida por cientos de miles de mujeres cada día necesita ser denunciada. Sólo tras la información viene la toma de conciencia, paso previo para la organización y la lucha por el reconocimiento del papel de las mujeres campesinas en la alimentación y en la supervivencia y sustentabilidad de un medio rural vivo. Una lucha que todos y todas, hombres y mujeres, campesinos y campesinas, tenemos que incorporar en nuestro imaginario colectivo para la construcción conjunta de un mundo justo.

En el primer artículo Ainhoa, Mariana, Mari Carmen, Lupe, Isabel Vilalba, Marina, Evangelina, Magui e Isabel Lisa nos hablan de sus experiencias como mujeres (y) campesinas (y) madres, ganaderas o ‘rederas’, integrantes de diferentes organizaciones que defienden la soberanía alimentaria. Mujeres de diferentes edades y orígenes que, a través de la evolución de su lucha, sus vivencias y su toma conciencia, nos permiten tener una idea clara de la realidad de la mujer en el campo español e internacional y en las organizaciones agrarias, el trabajo que realizan, las nuevas dificultades y los logros conseguidos. En este conversatorio de múltiples voces y en los otros artículos de este número que abordan la perspectiva de género, encontramos elementos comunes de discriminación que se repiten y repiten: invisibilidad, incoherencia entre discurso institucional y realidad, disconformidad con lo se nos presenta como “modelo”. Elementos que nos hacen reflexionar sobre cuáles deben ser los puntos donde se ha de poner el foco en la lucha por la igualdad. Es por ello que conscientemente, la revista ha decidido incluir cada uno de los ejemplos y análisis a los que hemos tenido acceso, aún sabiendo que pudiera parecer reiterativo. Como dirían en televisión ‘así son las cosas y así se las hemos contado’. Pero son historias que a pesar de las barreras, y en algunos casos, de la incomprensión, dejan lugar al optimismo y a las posibilidades de cambio. La lucha por la soberanía alimentaria tiene que caminar de la mano de las luchas feministas, en una sinergia potente y transformadora

Fátima nos explica cómo se materializa en la unidad de producción agraria familiar la discriminación de género, es decir, la doble discriminación por ser Mujer y Campesina. E incorpora un elemento de reflexión muy relevante: como  la perpetuación del sistema patriarcal ‘tradicional’ disfraza de normalidad lo que en sí es una iniquidad y un trato injusto hacia la mujer en los diferentes trabajos realizados, tanto en el ámbito doméstico como en el productivo agrario. Un hecho agravante es la consideración del trabajo de las mujeres imprescindibles para el mantenimiento de la producción agraria, como una prolongación del trabajo doméstico, como ayuda familiar. Precisamente ese disfraz de normalidad, de ‘lo que se ha hecho toda la vida’, hace más difícil la salida del modelo de muchas mujeres, que parece que estarían traicionando la tradición.

Como igual de importante es también la desigualdad en la toma de decisiones sobre la productividad agraria. La consecuencia de todo ello es, en muchos casos, la migración de la mujer a la ciudad. Se pone en juego de esta manera la pervivencia del medio rural, su propia sustentabilidad. Es evidente que para evitar la muerte del campo es necesario modificar patrones de funcionamiento  de la propia unidad familiar agraria, reconociendo el papel de las mujeres, distribuyendo las cargas domésticas y productivas y posibilitando su participación igualitaria en los distintos espacios habilitados para ello. Vamos pues a romper con la falsa ‘normalidad’ y las malas ‘tradiciones’.

En el artículo de Helen reflexionamos sobre cómo se definen en la práctica los derechos por la igualdad de género en la búsqueda de la soberanía alimentaria. Al contrario de lo que se tiende a pensar, no es la búsqueda de la igualdad con los hombres sin más, no es sólo conseguir que las mujeres tengan el mismo poder que los hombres. En las actuales estructuras de distribución injusta del poder, se trata de cambiar aquellas que encorsetan al hombre en un rol y a la mujer en otro, las estructuras que definen el poder desde la opresión de un individuo a otro individuo (sea el opresor o el marginado, hombre o mujer), Es trabajar por un  empoderamiento de las mujeres en otros esquemas de reparto de poder diferentes, donde lo colectivo –como el acceso a los recursos productivos-  o lo reproductivo –como el mantenimiento de las semillas- tengan el reconocimiento que merecen en la creación de una nueva sociedad, a la vez que se garantiza el ejercicio y el cumplimiento de los derechos de todas las personas, independiente de su género.

Este número pretende ser una pequeña contribución más, entre muchas otras, para que las mujeres que viven del campo o de la mar, puedan decir soy Mujer y Campesina, soy Mujer y Pescadora, con orgullo por su condición sexual y su posición social. Buena lectura.