El lugar que nos corresponde. La mujer campesina en el Estado español

Sumando experiencias y argumentos de un grupo de mujeres del campo español se dibuja la realidad discriminadora que nuestra sociedad ha mantenido y mantiene sobre las mujeres campesinas en todas las esferas. Este artículo cuenta con los aportes de  Ainhoa Iturbe, Mariana Cunchillos, Mari Carmen García, Lupe Aguerre, Isabel Vilalba, Marina Carrasco e  Isabel Lisa.

PERFILES

Ainhoa pertenece a la ejecutiva de EHNE Bizkaia y es responsable agroambiental. Se dedica a la huerta ecológica en el pequeño pueblo de Ajangiz de Bizkaia, con venta directa en el mercado de Gernika y en una asociación de consumo responsable, además de complementarlo con actividades de agroturismo. Es madre de una hija y un hijo. Mariana, vive en Irurozki, un pueblo de Navarra, con su compañero y es madre de Haritz. Es responsable de la ganadería de la finca que favorece la recuperación de dos razas en peligro de extinción. También se encarga de un huerto franqueado por un par de secuoyas. Desde hace un año es miembro de la ejecutiva de EHNE Nafarroa. Mari Carmen nació en El Coronil, un pueblo en la campiña de Sevilla, de jornaleros y jornaleras, con los que ha desarrollado tanto su actividad profesional como sindical. Pertenece a la ejecutiva del Sindicato Obrero del Campo de Andalucía, siendo la responsable de la acción sindical y del asesoramiento a temporeros y temporeras. Es madre de dos hijas y desde hace 3 meses, abuela de una niña.  Lupe Aguerre, nacida en Roncal, vive actualmente en el Valle del Romanzado (Navarra). Después de muchos años implicada en movimientos feministas ha iniciado, con su compañero, una finca de vacas de carne junto con una hípica que ofrece recursos para el conocimiento del Valle.  Isabel Vilalba es responsable de la Secretaría das Mulleres y miembro de la Ejecutiva Nacional del Sindicato Labrego Galego, donde coordina el Área de Soberanía Alimentaria y Servicios al Medio Rural. Es cotitular de una granja en la que, con su compañero, producen leche y alubias. Viven con su hija de cuatro años, su hijo de siete y la abuela Maruxa. Marina  es una joven almeriense involucrada en un proyecto de recuperación de pueblos abandonados en los valles navarros. Se trata de ocupaciones colectivas que buscan otros modelos de convivencia para enfrentarse a la realidad actual. Marina, agricultora ecológica, es madre de Alaia, de dos años.  Isabel Lisa, es viticultora del Somontano (Aragón). Hace unos años, junto con su padre, se han decidido a ampliar el trabajo hacía la ganadería porcina en ecológico. Como ella dice «el balance es muy positivo: tengo un gran maestro que es mi padre y una gran modelo que es mi madre, que como mujer del medio rural me ha hecho ver que yo, como ella, podía ser agricultora»

¿Somos invisibles?

«En mi infancia –nos cuenta Mari Carmen- veía como la escuela, en épocas concretas del año, se quedaba casi vacía. Sólo permanecíamos los hijos e hijas de empresarios del pueblo, de maestros y maestras, o  jornaleros del pueblo que trabajaban casi todo el año en trabajos más especializados como la tala del olivar o la siega, como era el caso de mi familia. El resto eran familias que partían a la recolección del algodón desde septiembre hasta diciembre aproximadamente y a continuación, de enero a marzo a la recolección de la aceituna en Córdoba o Jaén. Al final tenías compañeros y compañeras que participaban en la escuela de 2 a 3 meses»

«A los 12 años mi familia empezó a desplazarse a la recogida del algodón a la zona del bajo Guadalquivir donde el franquismo había distribuido tierras a familias numerosas. Fue en esa zona donde empecé a escuchar de las movilizaciones  en  contra de las maquinas que nos quitaban el trabajo y nos dejaban sin ese jornal para mantener nuestras familias. Se inició la mecanización del campo, el arranque del olivo, la utilización de herbicidas y la utilización de métodos para ahorrar mano de obra en el campo. Si fueron expulsados cientos de trabajadores del campo, las primeras fuimos las mujeres. Primero porque hacíamos el trabajo cuando más falta de mano de obra había y segundo porque los trabajos más especializados siempre eran los hombres los que lo realizaban. A nosotras no se nos consideraba ni siquiera jornaleras, éramos amas de casa según las estadísticas, y entre nosotras mismas no teníamos conciencia de ser trabajadoras».

«Las mujeres campesinas hemos sido invisibilizadas durante siglos –explica Ainhoa-. Por ejemplo, aquí en el País Vasco según el código foral vizcaíno, el padre podía escoger a uno de los hijos para que éste heredase todos los bienes. En general se elegía al hijo mayor, rara vez a otro, y menos a una hija si la familia tenía varones. Los demás hermanos y hermanas se veían en la necesidad de buscar algún trabajo asalariado, emigrar a otros países, ingresar en el seminario o acogerse a la tutela del hermano mayor en una posición subordinada dentro del caserío. Esta práctica se elevó a la categoría de costumbre y, aunque no esté escrita en la ley, adquirió fuerza como tal. Este sistema de herencia tradicionalmente ha obligado a muchas mujeres del mundo rural a salir de sus casas muy jóvenes.

«Este hecho ha supuesto que las mujeres se sintiesen subordinadas a los intereses y actividades del marido que en la mayoría de los casos no solo era el titular de la propiedad del caserío sino también el titular de la finca agrícola que regentaba, lo que suponía para con la mujer la desigualdad de papeles con respecto al otro sexo. La dirección de la finca, así como la toma de decisiones recaían sobre el marido, quedando así invisibles los papeles económicos y sociales de la mujer agrícola y ganadera tanto fuera como dentro del hogar.

«En toda la historia del País Vasco, han sido muy pocas las campesinas reconocidas como tales. Según datos oficiales, por cada dos hombres que trabajan en la agricultura, sólo trabaja una mujer. Pero sabemos que de cada diez mujeres del caserío, por lo menos ocho trabajan en la agricultura. De estas, el 68% trabaja sin cotizar en la seguridad social. Es anecdótico el número de mujeres que tienen explotaciones a su nombre. Hay algunas pocas que son cotitulares. El resto están a nombre de los hombres. Esta invisibilidad ha llegado hasta nuestros días. Toda la vida trabajando y no tienen un sólo día cotizado en la seguridad social. La explotación agrícola o ganadera está a nombre de su marido y en caso de tener algún problema con él, puede quedarse en la calle, sin casa, sin explotación ni trabajo, sin subsidio de paro. Es decir, en la práctica mendicidad».

«Lo mismo ocurre en Navarra –añade Mariana- excepto en algunos valles donde la herencia sigue la línea de las mujeres, las tierras están mayoritariamente bajo la propiedad del varón. Tampoco las mujeres campesinas de Navarra están inscritas en la seguridad social. Tal como están las cosas los beneficios que genera una finca no permite la cotización de más de una persona. Y entonces siempre cotiza el varón». «En cambio -puntualiza Lupe- los negocios secundarios o paralelos que se añaden a los agrícolas, como el turismo rural o la transformación de alimentos, suelen estar a nombre de las mujeres. Pero sólo para que no se pierdan las subvenciones a la agricultura que se conceden cuando la persona ejerce de agricultor ‘a título principal’».

«Pienso –dice Isabel Lisa- que el esquema tradicional del medio rural (el hombre agricultor y la mujer ama de casa aunque trabajando también en el campo) nos ha generado una dependencia económica que ha provocado poco respeto social hacia las mujeres, además de hacernos perder la confianza en nosotras mismas. Tenemos los derechos y capacidades para hacer las cosas nosotras mismas sin tener que depender de nadie y ocupando otros papeles en la sociedad rural».

«Sí –añade Isabel Vilalba- pero se trata de una invisibilidad intencionada, directamente relacionada con el hecho de que no tengamos a nivel legal, ni social, un reconocimiento claro como trabajadoras, pese a la dureza y a las interminables jornadas de trabajo. Ya sólo en Galicia 35.000 agricultoras y ganaderas son consideradas ‘ayuda familiar’, sin que se les reconozca ningún tipo de derecho laboral propio y personal, como la participación en los derechos de producción, ayudas y demás bienes de la explotación agraria o  el derecho a que los ingresos también vengan a nuestro nombre».

Para finalizar en estos aspectos Ainhoa comenta que «si bien es cierto que la globalización liberal capitalista se apoya en la división sexual del trabajo (adjudicando a las mujeres el trabajo gratuito e invisible: la educación de los niños y niñas y el cuidado de las personas enfermas o ancianas, es decir, el trabajo reproductivo) en el sector agrícola es aún más perverso porque en muchos casos a las mujeres campesinas ni siquiera se les reconoce el trabajo de carácter productivo que realizan como profesionales agrarias. Por tanto, las agricultoras y ganaderas que trabajan en la explotación familiar son invisibles, doblemente, porque no se les reconoce el trabajo doméstico ni el de las tareas productivas».

Mientras no se resuelve «esta falta de consideración a nivel laboral, se mantienen además efectos devastadores en la salud de las mujeres –apunta Isabel Vilalba- puesto que no existe una política eficaz de prevención de riesgos en el trabajo que tenga en cuenta las especificidades del organismo femenino, incluso en cuestiones tan sensibles como la manipulación de agrotóxicos, directamente relacionada con incidencias en el sistema hormonal o con malformaciones congénitas».

Ainhoa Iturbe. ¿Bajo el peso de qué desigualdades vivimos?

Desde el punto de vista económico: La titularidad es condición necesaria para ser beneficiario de cualquier medida de fomento, tanto nacional como de política  agraria común, así como para el disfrute y el uso de los derechos de carácter económico ligados a la explotación (cuotas de producción, derechos de pagos…). Siendo esto así, el 6 de Marzo de 2009 se aprobó el Real Decreto sobre titularidad compartida, una reivindicación de hace ya 20 años de las organizaciones de mujeres rurales como CERES. No obstante, aun no se ha producido la necesaria derivación de los cambios legislativos. Solamente se ha aprobado un Registro Administrativo al que las Comunidades Autónomas debería aportar las solicitudes, pero falta interés y voluntad para dar ese paso. Sólo cuando se cree un verdadero Estatuto jurídico será posible para las mujeres del campo obtener su reconocimiento y derechos derivados.

Desde el punto de vista social: La afiliación de mujeres al Régimen Especial Agrario se ha visto sometida a una permanente acción de sabotaje legal en base a solicitar continuos justificantes de la veracidad del trabajo femenino en la explotación agraria, particularmente con innumerables pegas burocráticas cuando la mujer que desea el alta, lo quiere hacer por Cuenta Propia y tiene más de 40 años. La mujer es una parte importante de la población activa agraria  que ha estado o sigue estando infravalorada y que nunca aparece en los anuarios de estadística de ningún organismo oficial. Su labor se reduce a ser el complemento básico de la explotación agraria familiar, sin que socialmente se les reconozca su aporte.

Desde el punto de vista profesional: La titularidad está ligada a derechos de participación, al derecho de representación y de voto tanto en las asociaciones profesionales agrarias como en las juntas, los consejos de las cooperativas, las asociaciones de los profesionales o de los productores etc.

¿Somos supermujeres?

«Yo llevo todo el peso de la casa, las compras, la limpieza y desde luego la crianza de los niños, además tengo mi trabajo en la huerta, en la ganadería o en el campo» es un comentario que se repite parecido entre la mayoría de las mujeres. Además de trabajar dos o tres veces más que el hombre, participar o llevar adelante tareas agrícolas significa enfrentarse, cara a cara, con un mundo hecho por los hombres y para los hombres. Cosas tan simples como dice Mariana: «No puedo encargarme por completo de mi ganadería porque todas las puertas en los cercados están pensadas para la fuerza de un hombre. La tecnología también es machista». En la misma línea Isabel Lisa detalla que «como agricultora considero que los avances tecnológicos tienen que ayudar a igualar y facilitar las labores agrarias».

También el déficit importante de servicios públicos en el mundo rural se ceba con las mujeres. La falta de guarderías, por ejemplo, repercute más sobre las mujeres y acaban siendo ellas las encargadas de facilitar y acompañar a los niños y niñas en su tiempo libre. En realidad, comentan varias mujeres, todas las relaciones sociales son espacios dominados por los hombres. Ellos conducen las relaciones de toda la familia.

Destaca la experiencia de Marina, que vive y trabaja en un pueblo de los cinco ocupados en el valle y explica que la «realidad es muy diferente, las cuestiones de limpieza, de comida, etc. se hace entre todos y todas, y todas las decisiones se toman en asambleas organizativas». Aún así el machismo lo encontramos en aspectos y comportamientos más sutiles. Siempre hay quien se extraña de que no haga lo que se espera que haga»

¿Y en otros países?

Las mismas necesidades de espacios propios para las mujeres campesinas las encontramos en expresiones organizativas en otros países. Aquí tenemos el ejemplo de la organización paraguaya CONAMURI  (Coordinadora Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas), a partir de una conversación con su dirigenta Magui Balbuena.

En 1975 la represión de la dictadura de Stroessner llegó hasta las comunidades campesinas indígenas y también a las escuelas de las Ligas Agrarias (modelos educativos propios del campesinado)  que concluyó con las matanzas de la Pascua Dolorosa en 1976 y la total desarticulación de las Ligas Agrarias dejando sin capacidades a los movimientos agrarios campesinos del Paraguay. A partir de ahí todos los esfuerzos se encaminaron a la rearticulación campesina nacional. En 1980 se constituye el Movimiento Campesino Paraguayo (MSP) y se encauzan las luchas por la tierra, se coordinan movilizaciones campesinas y, a los cinco años se funda en su interior la Coordinadora de Mujeres Campesinas. A pesar de disponer de una estructura nacional propia e independiente, algo impensable en las antiguas Ligas Agrarias, su trabajo en el seno del MSP y en las organizaciones que surgieron después de la caída de la dictadura, resultó insuficiente para los colectivos de mujeres. Por ello en 1999, en el Día Mundial de la Mujer Rural, en Asunción más de 300 mujeres trabajadoras rurales e indígenas de aproximadamente 100 comités de mujeres de diversas organizaciones y comunidades de casi todos los departamentos del país, se reúnen formando la CONAMURI, con el mandato de trabajar en las reivindicaciones y propuestas de las mujeres campesinas e indígenas: la defensa de sus derechos, el reconocimiento de su trabajo y la búsqueda de alternativas frente a la angustiante situación de pobreza, discriminación y exclusión por razones de clase, etnia y género.

La experiencia de trabajo colectivo y en alianzas de CONAMURI ha demostrado la importancia de una organización de estas características que añade la igualdad de género como una lucha contra un modelo de opresión y discriminación en el que se sustenta buena parte del capitalismo. En palabras de Magui «Lo que atrasa el desarrollo de las luchas colectivas contra el capitalismo y el patriarcado, lo que atrasa la lucha a favor de la soberanía alimentaria, es la mentalidad y conducta machista de muchas de nuestras organizaciones»

Las mujeres en los sindicatos

Muchas de las mujeres con las que estamos compartiendo este artículo coinciden en la importancia de modificar también las pautas organizativas en los sindicatos agrícolas. Las organizaciones van avanzando a diferentes ritmos e intensidades en los cambios que han de llevar a la igualdad de género en su funcionamiento. Nos cuentan que en los órganos de gobierno la presencia de mujeres es minoritaria, así como entre las personas afiliadas que siguen siendo mayoritariamente los hombres. De hecho no es de extrañar que en algunas parejas, la participación de la mujer en actividades sindicales sea frenada por su cónyuge. Motivos por los cuáles, como explica Mariana «dentro del sindicato han conformado un grupo de mujeres para conseguir que se vea más todo el trabajo que hace la mujer en el campo, que no quede ahí en segundo plano, como que no hacemos nada. Y que todo ese trabajo conlleva una serie de derechos a nivel profesional y social que debemos reivindicar». Y Lupe añade que «es importante encontrar espacios propios para las mujeres, para saber quiénes somos cada una de nosotras. Para cambiar las cosas, primero hemos de recuperar nuestra identidad, que también eso el machismo dejó por el camino».

Mari Carmen nos da una visión más completa de su realidad en el Sindicato. «Fue la necesidad de organizarnos, para poder seguir viviendo del campo, lo que me llevo a entrar en el SOC, el Sindicato Obrero del Campo, una organización con dos luchas. Por un lado asegurar una distribución justa de los puestos de trabajo que surgían en las fincas (incluyendo trabajo para las mujeres) y por otro, a favor de  una reforma agraria en Andalucía. El que los hombres y mujeres  sin tierra tuviéramos  el derecho de ‘la tierra para el que la trabaja’. Y en la lucha se ocupaban tierras tanto públicas como privadas. Denunciábamos la propiedad de la tierra de los terratenientes que sólo la querían para cotos privados y las tierras públicas que estaban abandonadas».

«La impresión inicial fue encontrarme en una organización de varones donde las mujeres teníamos una participación muy fuerte en la lucha y en las movilizaciones pero en el terreno organizativo, al igual que otras muchas organizaciones, estaba dominada por hombres. Las reuniones se hacían en un horario en que para las mujeres era muy difícil participar, algunas reuniones eran muy largas e incompatibles con nuestras cargas de trabajo y otras se hacían en bares, donde la participación de mujeres estaba mal vista. Veía como las mujeres hacíamos lo que los hombres habían decidido en sus reuniones. Aunque se hacían asambleas para aprobar todos los temas lo cierto es que ninguna mujer hablábamos en público, por vergüenza, por miedo a decir ‘una tontería’ y porque no estaba bien visto ser  ‘polémica’. Cuando empecé a participar en el Comité local mi sensación era que nos ninguneaban, y que sólo se nos valoraba para hacer ‘bulto, más fuerza en la lucha’, pero sin creer realmente que éramos necesarias en ese debate organizativo y estratégico».

«Fue nuestra imposición de participar en las campañas de asesoramiento, la primera reivindicación como mujeres. Pero teníamos otra batalla que librar, nuestra propia autoestima. Tantos años de cultura machista nos hacía pensar ‘que ellos lo hacen mejor que nosotras’, que ‘nunca vamos a estar a la altura de nuestros compañeros’,… en esas organizaciones machistas muchas mujeres se quedaron en el camino».

«Las dificultades para nuestro reconocimiento han sido muchas. Por una parte la misma gente del pueblo veía mal una mujer sola entre tantos hombres; en las reuniones tus compañeros no confían en ti para muchos temas; la aceptación de nuestro compromiso también se cuestiona, tu compañero o está contigo en la organización o difícilmente acepta que tu participes activamente en la organización;  soportábamos la incomprensión de muchas compañeras que en vez de entender que la participación de nosotras es fundamental, te criticaban a veces incluso más que los hombres; para demostrar que puedes asumir responsabilidades como los hombres te sobrecargabas de tareas, además de no poder equivocarte nunca; no se nos reconocían nuestro papel de liderazgo, se cuestionaban nuestras críticas y planteamientos, escuchábamos aquello de ‘que nos va a contar una mujer de los problemas de los jornaleros’; y finalmente, pareciera que sólo como mujeres puedes ser responsable del ‘área de género’ o ‘secretaría de la mujer’».

«Los cambios en estos años han sido muchos pero queda mucho para conseguir una verdadera igualdad en las organizaciones agrarias- continua Mari Carmen. Las responsabilidades y los cargos siguen siendo otorgados a hombres con mayor facilidad, hay muy pocas mujeres participando activamente en los estamentos organizativos, aunque en las movilizaciones seguimos siendo mayoría. El liderazgo es masculino y hay compañeros que aun hoy no valoran de la misma manera un hombre que una mujer. Al contrario también hay que reconocer que hay compañeros que valoran tu trabajo y están cambiando su percepción de cómo tiene que ser un mundo más igualitario donde los hombres y mujeres tengamos los mismos derechos y oportunidades».

Para Isabel Vilalba su participación en el sindicato «siempre me ha llenado mucho y de un modo especial un proyecto hecho por y para el mundo rural, al cual considero verdaderamente mi sitio en el mundo. Durante todos estos años en la organización me he sentido una persona privilegiada: por la dimensión humana de mis compañeras y compañeros, las posibilidades de participación en eventos como el Foro Mundial de Soberanía Alimentaria en Mali y otros muchos, las reflexiones y el trabajo de la Vía Campesina, el trabajo de alianzas con la Marcha Mundial de Mujeres… Desde que he sido madre, me cuesta bastante sacar tiempo para mis seres queridos, para la organización y para mí. De todos modos, considero que las personas que como yo, que tenemos cargas familiares, también somos importantes en las organizaciones. Así que sueño que tiene que existir alguna manera de hacerlo. En el SLG somos un equipo de personas y todas tenemos nuestro papel, creo que estamos construyendo otros modos de relacionarnos diferentes de los liderazgos tradicionales estandarizados. Tereixa Ledo, compañera de la organización y dinamizadora fundamental, denomina estas formas de trabajo, representadas, por ejemplo, por nuestras compañeras Lidia Senra o Carmen Freire, “liderazgos entrañables”, según la conceptualización de Marcela Lagarde».

Ciertamente la presencia de mujeres en cargos de alta responsabilidad es fundamental para que el punto de vista de las mujeres esté presente y en plano de igualdad. «Y además –corrobora Isabel Vilalba- es lo justo, puesto que en nuestra base social las mujeres representamos, al menos, el cincuenta por ciento. En el último congreso de la organización se ha aprobado que la representación de las mujeres sea paritaria en todos los organismos del sindicato. Desde nuestro punto de vista, todo el trabajo que estamos haciendo desde la base, posibilitando que cada día más compañeras cuenten con la información y los medios para poder participar y aportar más, está fortaleciendo nuestro trabajo como organización de un modo que está siendo valorado muy positivamente por compañeras y compañeros. De todos modos, hay mucho camino por andar y también muchas ganas de hacerlo, puesto que es uno de los aspectos que más satisfacciones nos aporta a muchas de las personas que compartimos este proyecto que se llama Sindicato Labrego Galego. Pienso que incorporar el punto de vista feminista en las luchas agrarias en plenitud va a fortalecernos dentro de las organizaciones y con el resto de la ciudadanía».

ISABEL VILALBA. Las responsabilidades del modelo patriarcal

En la actualidad más de mil millones de personas pasan hambre en el mundo mientras las grandes extensiones dedicadas al monocultivo, con el único fin de obtener mercancías baratas que aseguren una acumulación de capital sin precedentes por parte de las grandes corporaciones transnacionales, causan gravísimos problemas sociales  y medioambientales, problemas considerados por el modelo neoliberal como efectos colaterales admisibles.

Las mujeres de todas las partes del mundo somos expulsadas por un modelo de producción de alimentos industrializado, responsable de la destrucción de la agricultura familiar. Los pueblos no tienen ninguna capacidad para decidir lo que quieren comer y en muchas partes del mundo ni siquiera pueden concebir políticas agrarias que les garantice el hecho de alimentar a su población.

Este modelo que desprecia cuestiones básicas como la salud de las personas es profundamente machista y sólo concibe a las mujeres como mano de obra barata o como responsables de la función reproductiva de nuestras sociedades. En los balances de los gurús de la economía y en las cuentas de beneficio de las empresas nunca aparece cuantificado y pagado el trabajo necesario para la supervivencia de la sociedad, tareas asumidas casi de modo exclusivo por las mujeres de modo precario y sin remuneración alguna.

La mayoría de las personas que asisten a los mercados locales y ferias siguen siendo mujeres, por ello somos también las principales afectadas  por el proceso generalizado de eliminación de estos espacios y su substitución por grandes superficies, así como por la expulsión de nuestros productos de los mercados, ayudándose de herramientas como una legislación hecha a medida de las industrias, con normas incumplibles por parte del pequeño campesinado.

La alimentación se convierte en una gran posibilidad de negocio a escala mundial y la consecución de alimentos producidos con el menor coste posible se convierte en un objetivo fundamental. Las mujeres somos, una vez más, uno de los sectores de la población con más dificultades para acceder a recursos básicos para poder producir  alimentos como la tierra, el agua, el crédito, las semillas o la energía. Por ello, la pobreza y el hambre tienen en muchos casos rostro de mujer campesina.

Las nuevas mujeres campesinas van ganando derechos pero aparecen nuevas dificultades

Son muchos los esfuerzos para alcanzar la igualdad entre géneros en el mundo rural. Y los logros aunque insuficientes están ahí, como explica Mari Carmen. «Las mujeres jornaleras trabajábamos sin derechos -no cotizábamos el régimen especial agrario- mientras que  hoy estamos en el censo agrario y hemos conseguido la baja por maternidad. En el campo hay menos discriminación por el hecho de ser mujer para trabajar en diferentes recolecciones como aceitunas, melocotón, etc. Se han creado infraestructuras pensando en nuestra realidad aunque siguen faltando servicios públicos como las guarderías para la acogida de nuestros hijos en horas de trabajo».

«Pero los mecanismos para abaratar costes son perversos, continua Mari Carmen. Ahora hay que destacar una nueva ‘feminización’ de la mano de obra que conlleva la agricultura intensiva,  como es el caso de la llegada de  muchas mujeres inmigrantes para el cultivo de la fresa en Huelva. Se hacen contratos en origen mayoritariamente a mujeres con hijos o hijas a su cargo, para que sean más dependientes económicamente. Que provengan del medio rural, para garantizar que están acostumbradas a trabajar. De Europa del Este para garantizar que van a trabajar a cualquier precio y en cualquier condición. Las dividen por nacionalidades (rumanas, polacas, marroquíes, búlgaras, etc.) de forma que no se comunican entre ellas, las instalan en fincas valladas donde solo pueden salir hasta ciertas horas, para garantizar que al día siguiente no estén cansadas, les prohíben llevar o dejar entrar gente extraña a la finca para que los sindicalistas no puedan informarlas, y contratan mujeres suficientes como para que estén en constante competencia pensando que su lugar de trabajo puede ser cubierto por otra trabajadora sino rinden. Muchas de estas mujeres son pequeñas campesinas en sus países de origen, que han tenido que abandonar sus tierras y su gente por este mismo modelo de agricultura intensiva y globalizada. Son las grandes invisibles del campo. Las nuevas jornaleras»

Ainhoa también explica que «la mayoría de las mujeres campesinas son muy mayores. Cuando hace unas décadas muchos hombres del caserío empezaron a compaginar el trabajo con la jornada de la fábrica, fueron ellas las que tuvieron que asumir gran parte de la carga del trabajo agro-ganadero. Fueron ellas las que se encargaron de la pervivencia de los conocimientos ancestrales. No han asistido nunca a una clase de la universidad, no tienen ningún título ni reconocimiento, pero conocen cuando recoger la mazorca de maíz destinada a semilla, saben cuáles son los pimientos adecuados para semilla…Conocimientos cada vez más escondidos, pues parece que nadie se percata de ello o nadie quiere darse cuenta. Cada vez que muere una campesina, muere una semilla, muere una parte de la sabiduría de nuestro pueblo; el resultado maravilloso de generaciones de pruebas, fallos y aciertos realizados por nuestros antepasados».

«Por otro lado –continua Ainhoa- están las campesinas de reciente incorporación al campo, con nuestras propias iniciativas y nuestros derechos, pero nos falta el conocimiento de nuestras predecesoras: qué, cuándo y por qué se hacen las labores. Tenemos nuestros derechos pero no tenemos conocimientos, por eso es fundamental que las mujeres campesinas jóvenes recojamos esos conocimientos de las mujeres campesinas mayores».

Feminizar los discursos

«No hay cambio en el campo sin la esencia femenina porque las mujeres que estamos en el campo estamos más conectadas a la tierra – afirma Lupe-. Llegamos a sentir la tierra, y la tierra es energía femenina, y podemos llegar a sentir lo que la tierra quiere. El cambio tiene que venir desde la energía femenina. Necesitamos entender a la tierra para mejorar nuestra relación con ella. Si las mujeres partiéramos de cero no cultivaríamos igual que los hombres. Se ha impuesto una agricultura masculinizada de dominación y superioridad sobre la naturaleza». Marina añade «que es importante que ese enfoque femenino se incorpore, tanto en hombres como en mujeres, además de en la propia agricultura en el trabajo y en las luchas que hay en las organizaciones donde siguen predominando comportamientos machistas. O peor, donde hay propuestas de cambio que olvidan estos aspectos o repiten mecanismos de poder organizativos nada transformadores». Este sistema ha captado el discurso de la igualdad de género en lo teórico –afirma Mari Carmen- pero en lo práctico queda mucho por hacer.

«La reivindicación de la soberanía alimentaria –expone Isabel Vilalba- ha servido para unir las reflexiones y las propuestas de miles de mujeres de todo el mundo. Muchas mujeres campesinas trabajamos conjuntamente para analizar los impactos de la agricultura industrial en nuestras vidas y construir este nuevo derecho ciudadano. Paralelamente, la presencia de mujeres de otros sectores y de ámbitos urbanos, por ejemplo a través de las alianzas con la Marcha Mundial de Mujeres (MMM) nos ha servido para llegar con nuestras propuestas a nuevos espacios y, sobre todo, para fortalecer la lucha feminista también con la perspectiva de las mujeres del medio rural. Esta colaboración ha permitido colocar la soberanía alimentaria como tema central en varios encuentros internacionales de la MMM. De todos modos, pensamos que la soberanía alimentaria es una propuesta eminentemente feminista, puesto que promueve conceptos y modos de hacer que las mujeres hemos tenido desde siempre».

Por ello se coincide en defender que los discursos de la soberanía alimentaria deben de llenarse de feminismo, de recuperación de la memoria o de trabajo por la igualdad  –olvidando definiciones, corrientes y connotaciones-. Es un enfoque muy enriquecedor, revolucionario y transformador tanto en la búsqueda de nuevas relaciones sociales más justas e igualitarias, más allá de la búsqueda y control del poder, como por la  importancia de defender otro modelo de producción de alimentos en armonía con la naturaleza.

«La conclusión es obvia, la agricultura desempeñada por las mujeres ha sido siempre en primer lugar para producir alimentos, no para generar beneficios» -como explica Isabel Lisa. Viejas realidades para reforzar el lema acuñado desde la Soberanía Alimentaria, ‘los alimentos no son una mercancía’.

Las mujeres en la pesca

Para conocer la realidad de las mujeres en el sector pesquero contamos con Evangelina Martínez Sotelo responsable de las ‘rederas’ de Cangas (Galicia)

«Las ‘rederas’ somos las personas encargadas de la elaboración, montaje y reparación de todos los aparejos utilizados para la pesca. Hasta hace bien poco realmente éramos invisibles. Hasta tal punto que cuando íbamos al médico y nos preguntaban, en nuestro propio pueblo, cual era nuestra profesión y decíamos que éramos ‘rederas’, no sabían que era eso. Algo tan esencial como pensar quien hace los aparejos de pesca no era conocido, ni desde luego reconocido, seguramente porque mayoritariamente es un trabajo que realizamos las mujeres.

«Hasta hace bien poco las rederas como yo que trabajamos con artes como el cerco (redes muy selectivas), realizábamos el trabajo directamente en los muelles, a la intemperie tanto si llovía o hacía frío. Las mujeres que trabajan en aparejos de artes menores (como la volanta o el trasmallo) lo han venido haciendo en los propios domicilios, en ratos libres. Es decir, existe un colectivo de mujeres -seguro que no se permitiera si fueran hombres- en un trabajo sumergido, ilegal que sólo les genera explotación a ellas y problemas a nosotras.

«Ante esta doble realidad nuestros esfuerzos se centraron en hacernos visibles por nosotras mismas constituyendo en el 2004 una Federación Gallega de Mujeres Rederas. Desde la Federación venimos exigiendo a las administraciones su apoyo en, por un lado dignificar  nuestro trabajo (cotizamos como autónomas) y, por otro, regular y legalizar el trabajo de las mujeres en su domicilio que además de desprestigiar a nuestra profesión generan una competencia desleal provocando unos precios de nuestro trabajo tan bajo que sólo beneficia a los armadores y los comercios de efectos navales.

«Nuestro trabajo ha tenido resultados favorables. Hemos conseguido algunos programas de difusión para dar a conocer nuestro trabajo, organizamos durante unos años una cooperativa para comercializar directamente nuestro producto final y hemos conseguido unas naves para tener un lugar de trabajo acondicionado y el reconocimiento profesional de nuestro ejercicio. « Pero aún siendo imprescindibles para que los barcos puedan pescar, es habitual escuchar ‘a vosotras os alimentan vuestros maridos’»