Cambiando de bando: la opción por la agroecología

CAMBIANDO DE BANDO. La opción por la agroecología

En este artículo, presentamos diferentes experiencias de campesinas y campesinos con una amplia trayectoria defendiendo la agricultura y ganadería ecológica, frente al modelo dominante de la industrialización de estas prácticas. Los testimonios nos llegan de mano de  Belén Verdugo, Maite Ruíz de la Rosa, Jabi Arriaga y Josep Pàmies, y creemos que  ofrecen un ángulo directo y apropiado para conocer y enfrentar dos modelos de entender y practicar la agricultura.

ESENCIAS:

-El campesinado que se decide a trabajar bajo un modelo ecológico se encuentra, inicialmente, con un reto ‘de alto riesgo’: dificultades para ampliar su formación, nulas ayudas (económicas y técnicas) de la administración y [cada vez menos] desconocimiento y poca valoración por parte de la sociedad.

-La agroecología se convierte, para quienes la ejercen, en mucho más que una práctica agrícola. Es un objetivo político, un ejercicio de responsabilidad con el futuro y una nueva relación personal con la tierra y la naturaleza. ‘Los planteamientos habituales se caen desde muy alto’.

-Digan lo que digan las academias convencionales, la práctica demuestra que la agricultura ecológica, en términos de producción de alimentos, ‘no tiene ningún complejo frente a la agricultura bañada de productos químicos’.

-Hacer agricultura ecológica es ganar autonomía, ‘quizás por eso no hay voluntad de apoyarnos, la industria saldría perdiendo’.

-‘La Agroecología viene a ser la agricultura femenina’, donde prima el cuidado y el respeto a la producción, aunque la buena alimentación no cotice en Bolsa

-Sin un buen asesoramiento e investigación pública el camino a recorrer se hace muy poco a poco, y ‘así el conjunto de toda la sociedad no consigue avanzar a nuevos paradigmas’.

‘La agricultura ecológica se acompaña muy bien con modelos cooperativos’ para demostrar que buenos principios políticos pueden ser éxitos empresariales.

BELEN VERDUGO. Con los libros en la huerta

Belén nos cuenta que «nací en una ciudad, pero llevo casi tres décadas viviendo en Piñel de Abajo, un pequeño pueblo de la Castilla ‘profunda’, practicando la agricultura familiar. Por motivos afectivos y de vocación, si se puede llamar así,  decidí que mi vida estaba ligada al campo. Mi compañero Goyo nació en este pueblo, y las tierras que labramos son nuestras y de la familia. Una pequeña suma de parcelitas de secano que dedicamos a legumbres y cereales, ajo, viña, y, con un poco  de suerte y mucho empeño, también madurarán los pistachos. Tengo formación universitaria en letras, algo que no cuadra con las máquinas agrícolas».

Si le preguntamos desde cuando su finca está en la agricultura ecológica explica que «la memoria y los papeles, muchos por cierto, nos recuerdan que llevamos más de veinte años haciendo agricultura ecológica, avalada por los certificados de los organismos de control. Antes, como es lógico, nuestra producción era más convencional y menos diversificada pero ha pasado tanto tiempo que sólo me acuerdo de la experiencia en  producción ecológica». El cambio, dice Belén, llego por una amiga de juventud, que se acababa de instalar en Cataluña, «me pasó un boletín da la Coordinadora de Agricultura Ecológica. Yo estaba embarazada y  éste fue el comienzo  de una formación y de un camino que no deja de darnos sorpresas. Sin saber el porqué, te encuentras con gente que te atrae, sientes que han dado pasos en la dirección acertada y que llevar una vida ecológica tiene mucho sentido. Era una ‘movida’ que surgía en muchos puntos, y nuestra responsabilidad, desde el campo, era trabajar la tierra  con cuidado y producir alimentos ecológicos.

«Como casi todo lo que vale en la vida –explica Belén- se consigue con mucho esfuerzo y convicción. En este caso cada cosecha, cada campaña era una aventura. Yo decía que nuestro trabajo era de ‘alto riesgo’, ya que no tenías referencias concretas que te ayudaran a planificar. Ibas aprendiendo sobre la marcha, preguntando a la gente que conocías y observando mucho los procesos naturales. Casi nadie de la profesión entendía eso de ‘ecológico’ y no era extraño que se pusieran en contra. Unas personas porque lo veían revolucionario y otras porque pensaban que perderíamos el tiempo y el dinero».

La denuncia de Belén es clara. «El funcionariado agrario no estuvo a la altura, y la política agraria con sus representantes tampoco. Hoy día nos derivan a las medidas de Desarrollo Rural, a las Agroambientales, fuera del  reconocimiento de la PAC, nos obligan a dedicar muchas horas a temas administrativos para favorecer sus controles, pero no nos proporcionan ni asesoramiento,  ni apoyo ni  protección.  Sin ir más lejos la postura de España de permitir los transgénicos es una amenaza clarísima a la agricultura ecológica, a sus principios y a su viabilidad económica. Nos contaminan y nos arruinan el futuro».

«Alguna vez,  cuando reflexiono sobre lo andado, -continua Belén- pienso que ha merecido la pena llegar hasta aquí. Me hubiera gustado que la agroecología fuera una agricultura mayoritaria, que se hubiera  animado más gente a practicarla, pero viendo cómo funciona el ejército de las multinacionales, la propaganda y la información que se da a través de las Cámaras Agrarias u otros medios, es fácil entenderlo. Cada vez veo más claro que la vida se explica desde una cosmovisión y una visión más holística y la agricultura ecológica nos permite esa relación compleja con la naturaleza y la vida, observar: acompañar y ofrecer sus alimentos».

Por eso, seguramente, los retos para Belén y su familia se amplían. «A nivel personal  y familiar vamos a seguir con nuestra agricultura ecológica campesina, con nuestros productos, procurando evolucionar y ampliar nuestra oferta, con la transformación directa de nuestros cereales y legumbres. Ya hemos comenzado a elaborar pasta ecológica de nuestra espelta y trigo. Este proyecto lo llevará nuestro hijo, que además ha iniciado la formación en Agricultura biodinámica». Pero estos avances, lo explica Belén, no pueden caminar de forma individual y su implicación sindical es muy fuerte. Belén, preside en estos momentos el colectivo de mujeres de CERES. «Como proyecto sindical quiero conseguir que  la Agroecología se convierta en un objetivo político a defender, como  propuesta compartida con la ciudadanía».

«También, como feminista convencida, desearía que la Igualdad de Género fuera una realidad en todo el mundo pero los espacios agrarios todavía son muy patriarcales. Las mujeres y la alimentación son aspectos ligados directamente a la presencia femenina y se debe de reconocer que la agricultura ecológica ha nacido de unos valores y de un impulso más femenino. Es justo reconocerlo. He tenido oportunidad de conocer a mujeres de todos los territorios, a través de encuentros, cercanos e internacionales, y  he escuchado en alguna ocasión que las mujeres ‘estamos pariendo las alternativas’ y que las mujeres ‘estamos en el corazón de la Soberanía Alimentaría’. Escuchar a otras mujeres nos da mucha fuerza».
MAYTE RUÍZ DE LA ROSA. La reconversión de una asesora

«Antes de dedicarme a la agricultura ecológica –explica Maite- trabajé casi 20 años en el sector de la flor cortada y planta ornamental, en temas de asesoramiento técnico y comercial. Cansada de la agricultura química, y con el convencimiento de que otra agricultura es posible, me reconvertí en técnica especializada (a nivel teórico), en agricultura y ganadería ecológica, lo que me costó formarme unos tres años».

«Siempre he vivido muy cercana a la naturaleza, me encanta, intento respetarla, he pertenecido desde hace muchos años a varios grupos ecologistas. Profesionalmente, cuando realicé mi carrera de ingeniería técnica agrícola, tengo que reconocer que no oí en ningún momento la palabra ecología relacionada con la agricultura- una realidad que ahora nos cuenta Maite muy presente en todas las carreras relacionadas con la producción agrícola».

«A lo largo de mis años de profesión, he tenido un claro problema de conciencia cuando  como asesora técnica recomendaba una y otra vez recetas de pesticidas. Por otro parte, hablando con muchos amigos y amigas agricultores a los que asesoraba, me han ido transmitiendo su problemática y el callejón sin salida que suponía este tipo de agricultura: la pérdida progresiva de  rentabilidad y la degradación de sus fincas debido a un  encarecimiento de insumos, pérdida de precios en el mercado convencional, problemas muy graves de enfermedades del suelo, contaminación de acuíferos y muchos más. La agricultura tiene que ser rentable, y la producción ecológica es una clara opción».

Maite nos describe también las dificultades que tuvo para llevar a cabo su reconversión  profesional: «Lo primero, dejar negociadamente el trabajo que tenía, y dedicarme,  por entero a formarme en agricultura ecológica. Al principio todo el mundo pensó que estaba un poco loca, dejar un trabajo fijo, con cuarenta años, viviendo sola, no es una opción fácil. Terminando el curso de experta de agricultura ecológica en la Universidad de Sevilla, a través de su directora, conseguí una entrevista para mi primer trabajo ecológico. A partir de ahí, trabajar mucho, aprender mucho….cambiar continuamente mi lugar de residencia….»

«Algunos espacios del sector ecológico, por el momento, significan precariedad en el trabajo. Es necesario –concluye-  más medios económicos para el sector, para investigar, para asesorar, para todo. Es fundamental también el reconocimiento real y legal por parte de la administración, como sistema de cultivo sostenible y de futuro.

JABI ARRIAGA. El sentido común

Jabi  Arriaga, alias ‘Txiplas’ es uno de los cinco socios de la cooperativa Bizkaigane, un emprendimiento de ganadería ecológica en Euskadi que ofrece muy diversos productos con comercialización directa a las y los consumidores. «Somos cinco socios en igual condiciones, con los mismos días de vacaciones y de trabajo. Gozamos y sufrimos por igual». Este es uno de los rasgos característicos de  Bizkaigane, donde suman a los valores ecológicos y la  defensa de la producción local, un modelo de cooperativa horizontal.

La propuesta de trabajar de forma cooperativa, que iniciaron hace más de 25 años, la tomaron en base a experiencias similares que se dieron en su zona, y tuvieron la sabiduría de aprender de las buenas y malas experiencias. «En aquellos años trabajábamos con una filosofía de producción extensiva, en base sólo a nuestros propios terrenos y los conocimientos heredados. Nos daba mucho que pensar las propuestas que llegaban de los técnicos: antibióticos y antiparasitarios que debíamos comprar y aplicar por rutina, compra de fertilizantes…Ninguno de los socios somos técnicos, quizás esa era nuestra ventaja»

De alguna manera, la experiencia de Jabi y sus compañeros, no ha sido tanto reconvertirse a la agroecología sino haber sabido preservar su propuesta inicial, sin caer en el modelo de ganadería intensiva que se contagiaba en todos los caseríos. «Nos salvo el no buscar complicaciones, para nosotros era importante no la cantidad a producir sino la calidad, el equilibrio con nuestra propia capacidad y respetando la máxima de conseguir horarios laborales normales. Con descanso los fines de semana, con vacaciones, etc.». Lo cual ciertamente en el sector de la pequeña ganadería –siempre dicen que muy esclavo- no es algo habitual.

Jabi destaca que en su caso el apoyo del Sindicato EHNE ha sido significativo, por ejemplo en las negociaciones frente algunas medidas de las administraciones que venían a entorpecer proyectos como la defensa de la venta directa, básico para asegurar una rentabilidad suficiente, o también frente a medidas sanitarias conflictivas como la obligatoriedad de la vacunación contra la lengua azul.

La calidad de los productos agroecológicos se percibe en su consumo, pero también en análisis de laboratorio. Jabi nos menciona uno de los estudios en los que su cooperativa ha participado. «En la leche ecológica la relación omega 3-omega 6, en la grasa, etc.… ofrecieron mejores resultados que la leche producida en sistemas convencionales extensivos, y desde luego mejor que en modelos intensivos»

JOSEP PÀMIES, combate más dulzura. (*) Por ‘Som lo que Sembrem’

Josep Pàmies, 62 años, agricultor de Balaguer (Lleida) es miembro de Slow Food y de Som lo que Sembrem, así como promotor de la asociación ‘Dolça Revolució’, que fomenta el uso de plantas medicinales y las terapias naturales. Forma parte de una pequeña empresa familiar, ‘Pàmies hortícoles’, dedicada a la producción de vegetales bajo técnicas tradicionales y respeto al medio ambiente, y además recuperan plantas silvestres, mal denominadas ‘malas hierbas’ por la agricultura industrial y química.

En su actividad Josep se ha encontrado en frente a una administración que dificulta su labor. Pelea por introducir la Stevia en España, un tesoro para diabéticos, hipertensos y obesos. Ha sido incriminado por su lucha contra los transgénicos y en su lucha contra ellos protagonizó una huelga de hambre para respaldar la Iniciativa Popular que reclamaba Catalunya Libre de Transgénicos. Y recientemente ha visto como desde la Generalitat de Catalunya pretendían obstaculizarle la comercialización de flores como alimento. Finalmente su actitud y la respuesta social encabezada por un conjunto de cocineros y cocinaras catalanes, ha hecho dar marcha atrás a las pretensiones de la administración.

¿El cambio de desarrollar la actividad agraria utilizando métodos convencionales con productos fitosanitarios a pasar a trabajar bajo criterios ecológicos, te supuso también transformaciones a nivel personal?

Ha sido como volver a empezar en mi profesión y recordar con tristeza el abandono y olvido de las prácticas agrícolas que mis padres y abuelos me legaron, en pro de la modernidad impuesta [ahora lo sé] de la Revolución verde. Pero el cambio ha valido la pena, he recobrado la fertilidad de ‘mis’ tierras y ya no me sentiré tan culpable del estado en que las dejaré a mis hijos. Por suerte la naturaleza es auto reparable cuando dejas de agredirla. El cambio de lo convencional a lo ecológico me motivó a investigar sobre el poder de las plantas y esto ha cambiado mi vida. Finalmente me he podido dar cuenta del tesoro que guardan tanto como alimento, como medicina, y mira por donde ahora ya casi me llaman curandero. ¿Os imagináis los tesoros ocultos de sabiduría que tiene que haber en miles de abuelos y abuelas olvidados con sus experiencias con plantas y animales? Aquí es donde habría que trabajar, en recuperar esos conocimientos inmensos para que otras personas puedan disfrutar de la vida con plena salud y sin la enfermedad provocada por la alimentación industrial en la que muchos hemos colaborado.

¿Podrías explicarnos como te afectó en tu salud?

Empezar a dejar de rociar mis campos con productos químicos, poco a poco, fue mejorando mi salud. Creo que por dos motivos, uno dejar de comer alimentos de mi huerta envenenada y dos dejar de tratar, tocar y respirar productos tóxicos. Hace 15 años tenía que ir de forma frecuente al médico por molestias varias que con el tiempo he podido saber eran fruto de intoxicaciones moderadas de fitosanitarios químicos. Hace ya unos 10 años que no he ido al médico. Y puedo afirmar, que soy más viejo, sí, pero más sano.

Y a nivel de relaciones personales y sociales, ¿qué significarías?

He pasado de militar en un sindicalismo agrario en el que sólo se reivindica el tema económico de nuestras cosechas, a integrarme en movimientos de base sociales que luchan por una alimentación que sea fuente de salud. Hipócrates, años antes de Cristo, ya reivindicaba ‘que tu alimento sea tu medicamento’, base del juramento hipocrático de los médicos. ¿Pero cuántos de ellos se acuerdan de este juramento? Seguramente que muchas y muchos, pero no los suficientes para esta ‘cruzada’ que la medicina, la agricultura y la ciudadanía hemos de iniciar para acabar de una vez por todas con la intoxicación de nuestros alimentos en el campo y en las industrias agroalimentarias.

Este cambio de actitud y defenderlo públicamente está costando mucho esfuerzo a mi entorno familiar. Amenazas, juicios, etc. Puedo afirmar que con el compromiso de gobiernos y universidades se avanzaría muy rápido en el desarrollo de la agroecología, pero con la Iglesia hemos topado, esto no es negocio y por tanto seguramente tendremos que empujar el carro desde abajo con la sencillez y la honradez que nos ampara.