La agroecología

INCORPORANDO LA SOBERANÍA ALIMENTARIA AL PROCESO DE  CONSTRUCCIÓN DE LA AGROECOLOGÍA

Eduardo Sevilla Guzmán (*)

En este artículo se incorpora a la construcción de la Soberanía Alimentaria los conceptos y dimensiones de la Agroecología. Un puente entre dos elementos fundamentales para el cambio del actual modelo agrario que empobrece al planeta y abate a sus seres vivos.

De dónde venimos

En 1995, participativamente con las primeras experiencias agroecológicas andaluzas de ‘campesinos sin tierra’, definimos a la agroecología como «el manejo ecológico de los recursos naturales a través de formas de acción social colectiva para el establecimiento de sistemas de control participativo y democrático, en los ámbitos de la producción y circulación de alimentos». Se añadía que «tales formas de manejo habrán de frenar selectivamente el desarrollo actual de las fuerzas productivas, para contener las formas degradantes de producción y consumo que han generado la crisis ecológica» a la vez que «tal necesario manejo ecológico de los recursos naturales, tendrá igualmente, una fuerte dimensión local como portadora de un potencial endógeno, que, a través del conocimiento campesino, permita la potenciación de la biodiversidad ecológica y sociocultural y el diseño de sistemas de agricultura sostenible».

Teniendo en cuenta que la agroecología se concebía como un proceso de construcción tanto del pensamiento científico como de la práctica y el pensamiento popular (local, campesino e indígena), en 2007 en Medellín (Colombia) se trató de incorporar nuevas aportaciones a la definición desde la perspectiva académica de quienes procuraban teorizar a partir de la sistematización de las prácticas agroecológicas. Así, se definió como (i) la consecución del manejo ecológico de los recursos naturales para, (ii) mediante acciones locales de desarrollo endógeno, (iii) generar procesos de transformación y sustentabilidad social entre personas productoras y personas consumidoras, en su acción articulada con los movimientos sociales para incidir en las políticas públicas. Con ello se introducían las tres dimensiones propuestas por Graciela Ottmann en la definición operativa de la agroecología: una Ecológica, de naturaleza productiva; otra Socioeconómica y cultural, de carácter endógeno; y, una tercera Sociopolítica, de transformación social.

Aunque se parta de una dimensión Ecológica, de carácter técnico y meramente productivo, desde ésta (en su primer nivel de análisis de la explotación o predio agropecuario) se pretende entender las múltiples formas de dependencia que  genera el actual funcionamiento de la política, la economía y la sociedad sobre la ciudadanía en general, y sobre las y los agricultores, en particular. La dimensión Socioeconómica permite, desde los procesos de circulación, crear mercados alternativos como respuestas endógenas que eviten la extracción del excedente, construyendo infraestructuras productivas (a modo de sistemas agroalimentarios locales) conectados en redes de acción económica. La dimensión Sociopolítica pretende articular las redes productivas en agentes de transformación social buscando, además, una incidencia en las políticas públicas.

No obstante, aún en 2007 no se trabajó la relación que debería existir entre agroecología y soberanía alimentaria, relación que, a todas luces, debiera existir.

DIMENSIÓN PRODUCTIVA: CONSECUCIÓN DEL MANEJO ECOLÓGICO.

La agroecología surge demostrando que se puede producir sin química de síntesis y sin petróleo, con unos rendimientos claramente superiores a los de la agricultura intensiva o convencional. En el libro de Steve Gliessman se describe con detalle el sistema de manejo del maíz en el que, sin ningún tipo de tecnología intensiva, «los campesinos habían estado obteniendo rendimientos por hectárea entre 5 y 10 veces mayores que el promedio de los cultivos convencionales de maíz del área». Esto está claramente demostrado para la práctica totalidad de los cultivos y no sólo en términos de rendimientos productivos, sino también energéticos y económicos. En los años setenta, Leach (demostró tal superioridad analizando en términos energéticos el comportamiento de la producción, procesado y distribución de alimentos de 50 sistemas en Estados Unidos, y 85 en el resto del mundo.

La utilización de semillas autóctonas, producto de la coevolución histórica de la sabiduría local con las condiciones específicas aire/agua/suelo/biodiversidad de cada agroecosistema, constituye el elemento primigenio para un manejo agroecológico. En este sentido, los bancos locales y campesinos de semillas y su articulación en redes para el desarrollo de una investigación participativa (agricultores y agricultoras entre sí y/o éstos con personas técnicas agroecólogas) de adaptación y  libre intercambio en los diferentes agroecosistemas, constituye el comienzo de la Soberanía Alimentaria. La lucha contra los transgénicos y la denuncia del deterioro de las personas y la naturaleza son acciones paralelas irrenunciables.

El desarrollo e intercambio de tecnologías participativas en finca, incorporando la biotecnología artesanal y el desarrollo de fuentes energéticas renovables para la autosuficiencia, constituye el segundo eslabón de este proceso. Las variadas fórmulas para la diseminación de experiencias complementa este elemento de la Soberanía Alimentaria como derecho a la solidaridad alimentaria mediante el establecimiento de una coproducción pública de conocimientos agroecológicos.

La crítica de la Agroecología a la ‘ciencia agronómica convencional’ no debe entenderse como un rechazo generalizado a la ciencia sino su consideración como una parcialidad, junto a otras formas de conocimiento, ya que juega un rol limitado en la resolución de los problemas y no puede confundirse, como sucede comúnmente, con la sabiduría. La ciencia debe ser entendida como una vía de generación de conocimiento, entre otras necesarias que incorporan un componente ético esencial. En no pocos casos la ciencia, a aparte de crear conocimiento, se transforma en una estructura de poder que desarrolla un proceso de recíproca legitimación entre los intereses beneficiarios del crecimiento económico y el ‘sistema social de la ciencia’. Los primeros reclaman la autoridad basándose en la ciencia, mientras que la ciencia es ensalzada por el poder de los ‘patrones’ de la estructura global de poder político y económico, que financian la investigación y extensión.

El dominio de tal discurso sobre todas las formas de conocimiento distinto al científico convencional tiende a excluirlo a los espacios de la mitología y la superstición. El enfoque agroecológico pretende rescatarlas y revalorizarlas, consciente de que el conocimiento local, campesino e indígena que reside en los grupos locales, adecuadamente potenciado, puede encarar la crisis de la modernidad, al poseer el control de su propia reproducción social y ecológica.

En un modelo alternativo como la agroecológica, la posición de los equipos científicos, extensionistas, o agentes de desarrollo rural, no es jerárquica. Implícitamente hay un doble reposicionamiento, uno respecto a la población agraria o el campesinado y otro respecto a la naturaleza. Se trata de reequilibrar el poder en distintos ámbitos, asumiendo los límites éticos al ejercicio del poder y entre la humanidad como especie y la biosfera. Así, con metodologías esencialmente pero no exclusivamente participativas, donde los equipos técnicos abandonan su posición dominante, es posible impulsar propuestas agroecológicas para el medio rural y así avanzar hacia la soberanía alimentaria.

DIMENSIÓN SOCIOECONÓMICA: ACCIONES COLECTIVAS A MODO DE SISTEMAS AGROALIMENTARIOS LOCALES

La creciente orientación mercantil de las producciones campesinas rompe la autonomía de los mecanismos de reproducción social y económica y termina generando lo que Vandana Shiva denomina acertadamente ‘pobreza por privación material’, que arruina otras valiosas formas de riqueza. Los sistemas agroecológicos campesinos basados en el manejo de la biodiversidad permiten la producción autónoma de alimentos. Rotos estos sistemas productivos orientados a la subsistencia y dependientes del mercado, las familias campesinas se hacen vulnerables a la volatilidad de los precios de los insumos, el crédito y las mercancías agrícolas. La caída de los precios agrícolas de mercado como resultado del aumento de los rendimientos y el aumento comparativo de los costes de los insumos, se traduce en la reducción de la renta de las pequeñas unidades agrarias sometidas a un doble estrangulamiento en el mercado. Por esta vía, lo que se presentaba como solución al ‘problema’ de la pobreza -culturalmente percibida- se convierte en la causa del hambre y la privación material de lo necesario para atender las necesidades humanas básicas.

Por otra parte, en los países industrializados, el proceso de “modernización” agraria implica la crisis de rentabilidad de las producciones agroganaderas tradicionales y la creciente dependencia de las subvenciones públicas, bien sea por sus subvenciones encubiertas bien sea por la externalización de muchos costes. La quiebra sociocultural se entrelaza con la económica generando además fuertes impactos medioambientales como resultado de un circulo vicioso productivista. La destrucción de los paisajes agroganaderos se entrelaza con la pérdida del conocimiento asociado a los manejos tradicionales y las oportunidades de vida en el medio rural. Esta destrucción ecológica se traduce en una mayor vulnerabilidad productiva del medio rural que refuerza los obstáculos políticos al acceso a los recursos necesarios para la producción autónoma de alimentos.

La agroecología genera acciones encaminadas al empoderamiento del proceso de circulación (espacio entre la producción y el consumo) que permiten preparar el terreno para el desarrollo de una infraestructura organizativa en la que la agricultura participativa también busca una mejora del nivel de vida de las comunidades rurales afectadas, definido éste, desde ellas mismas. Así, es posible plantear una alternativa que parte del reconocimiento de la necesidad y/o el interés de trabajar con las comunidades locales en la identificación, diseño, implementación y evaluación de sistemas locales agroalimentarios  desde la identidad sociocultural de cada comunidad, como método más adecuado para la resolución de sus problemas.

En este sentido los diagnósticos participativos y la revalorización de las formas locales de gobernanza de los recursos naturales, como proceso de acompañamiento a los movimientos campesinos que desarrolla la Agroecología, pretenden generar mercados alternativos, donde aparezcan mecanismos que eviten la extracción del excedente, otro aspecto imprescindible para el buen desarrollo de la soberanía alimentaria.

LA DIMENSIÓN POLÍTICA: FORMAS DE ORGANIZACIÓN PARA LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL.

La agroecología constituye una vía potencial para empoderar a las comunidades locales tanto para la producción como para el consumo de alimentos. En este sentido tiene una relación directa con el objetivo político de la soberanía alimentaria que también trata de revertir el poder sobre la producción y consumo de alimentos a sus sujetos directos: las personas que producen y comen alimentos.

La importancia central que tienen los aspectos relativos a la generación de conocimiento y los valores éticos en los procesos de aprendizaje colectivo hace que lo que generalmente se denomina como ‘manejo’ se convierta en ‘gobernanza’ de los recursos naturales. Este concepto es el que designa la transformación social y participativa de las normas, reglas y relaciones de poder que guían la gestión de los recursos naturales en la perspectiva de los proyectos emancipatorios de los movimientos sociales, campesinos e indígenas.

La dimensión política de la Soberanía Alimentaria sólo podrá desarrollarse mediante la articulación de experiencias productivas con proyectos políticos que pretendan la nivelación de las desigualdades generadas en el proceso histórico y que busquen por tanto la transformación social. Esta dimensión genera  así grandes vínculos entre la Agroecología como proceso y herramienta imprescindible para alcanzar la soberanía alimentaria. Es necesaria la recreación de los sistemas organizativos que reflejen la multietnicidad de las naciones, aceptando y valorizando la potencialidad de las diferentes identidades de los pueblos originarios para generar sus propias estructuras de poder. Estas estructuras son necesarias para la defensa y control autónomo de sus territorios, los recursos naturales, sistemas de producción y gestión del espacio rural, semillas, conocimientos y formas organizativas.

Eduardo Sevilla Guzmán

Instituto de Sociología y Estudios Campesinos (ISEC) de la Universidad de Córdoba. España.

 

ANTONIO RUÍZ. Aprendiendo de su hijo

En Ejea de los Caballeros, bajo las nogueras en las  tierras recibidas en pueblos de colonización, Antonio Ruíz, mantiene una relación muy profunda con su campo. Cuando le preguntas por un rincón de la parcela sin cultivar, con un falso aspecto de abandono, él responde que ese lugar, es el centro vital de la parcela. «Aquí, venimos a celebrar la sanjuanada» Cuándo le preguntas por las albahacas dispersas  aleatoriamente por la finca, como sin sentido, nos recuerda que atrae a los insectos, «y cuantos más bichos mejor para los cultivos». No será por casualidad que en algunas regiones a la albahaca le llaman albaraca y Al Baraka en árabe significa bendición, suerte.

La finca de Antonio combina la producción de huerta para la familia, berenjenas, apio, tomates, pepinos, remolacha, alcachofas, acelgas…, junto con su producción comercial. Antonio ha sido uno de los primeros agricultores que con decisión transformo sus cultivos bajo modelo convencional a producir en agroecológico y comercializa cebollas, tomates, puerros, cebollas, alfalfa, cebada, etc. Su éxito productivo –aunque con dificultades los primeros años, nos recuerda- «me llevó a tener que buscar mercados fuera del Estado, pues no existía suficiente sensibilidad entre los consumidores y consumidoras»

Para Antonio, y la fiabilidad que le da su experiencia, «puedo afirmar claramente que la agricultura ecológica, además de sus otros muchos beneficios, no es menos productiva que la agricultura química» «Y lo digo yo, que no me lo creía, pero hace veinte años el médico me advirtió que tantos pesticidas en mi cuerpo me estaban afectando la salud. Entonces le dije a mi hijo mayor, de sólo nueve años, que el huerto de casa sería su responsabilidad, y sería ecológico. Cambiamos la tierra –cuidar la tierra es la esencia- y creció de todo. Mi hijo me lo demostró. Poco a poco he ido aprendiendo, experimentando e incorporando nuevas formas de entender la relación con la tierra, como la homeopatía o la biodinámica. Mi hijo, ahora Ingeniero Técnico Agrónomo, durante sus estudios tuvo que defender nuestro modelo agroecológico…ahora vienen de su escuela para hacer prácticas»

Recorriendo su espeso campo de alfalfa, que le supera la cintura, Antonio denuncia, que «mi alfalfa en ecológico no recibe ayudas, mientras la convencional sí. Quien tiene grandes extensiones de alfalfa hace los tratamientos químicos por rutina, aunque no sean necesarios, y por otro lado, no olvidemos, que nuestra formas de manejo generan más puestos de trabajo, más jornales».

Antonio insiste también en la importancia de los apoyos para el emprendimiento en agroecológico. «Los principios son muy complicados, aquí me decían que me había dado el siroco, pero lo cierto es que el riesgo que tomé no debería de ser tan alto. Mucha gente se queda en el intento, y si queremos agricultura ecológica para todas y todos –que es posible- no podemos confiar sólo en tener ‘baraka’. Cuesta mucho aprender. Los agricultores y agricultoras que quieran trabajar en agroecológico, han de pasar un período de reconversión, como la propia finca. Hemos de vaciar muchos prejuicios para que entren otras formas de pensar»

«Hace unos años –continúa- las administraciones (dominadas por la agroindustria) no nos apoyaba. Nos tomaban como ‘un grupo de iluminados’. Ahora tampoco lo hacen, porque son conscientes –lo hemos demostrado- que el modelo agroecológico es una alternativa viable, y es un alternativa autónoma, sin dependencias, sin negocio. ¿Qué es preferible desde su punto de vista, comprar un pesticida o qué yo machaque  unos bichos y que en disolución me sirvan para equilibrar mis campos?» La implicación de Antonio es alta, preside en estos momentos el Comité Aragonés de Agricultura Ecológica.

PARA SABER MÁS

  • Leach, G., 1976. Energy and Food Production. Londres: IPC Science and Tecnology Press.
  • Gliessman, S. R. 1997-2002. Agroecology. Ecological Processes in Sustainable Agriculture.
  • Altieri, M.A., 1.985. Agroecología. Bases Científicas de la Agricultura Alternativa (Valparaíso: CETAL, 1985
  • Cuellar Padilla, M. y E. Sevilla Guzmán. 2009 «Aportaciones a la construcción de una Soberanía Alimentaria » en Ecología Política;  nº 38, 2009
  • Guzmán Casado, M. González de Molina y E. Sevilla Guzmán. 2000. La agroecología como desarrollo rural sostenible. Madrid. Mundi-Prensa.
  • Sevilla Guzmán, E., 2006. Perspectivas Agroecológicas desde el Pensamiento Social  Agrario Instituto de sociología y Estudios Campesinos/Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba. España.
  • Sevilla Guzmán, E y Marta Soler, 2010. « Agroecología y soberanía alimentaria: alternativas a la globalización agroalimentaria”