Editorial

LA NECESIDAD DE UN CAMBIO EN EL MODELO AGRICOLA

A pesar de las crisis cíclicas del capitalismo, los guardianes del sistema siguen dando vueltas de tuerca tratando de salvarlo una y otra vez. Parece ser que de nuevo han logrado reflotar el barco  salvando el sistema financiero internacional a costa de recortar derechos sociales y sin haber introducido ningún cambio ni en las normas de funcionamiento, ni tan siquiera en la estructura económica. Las personas, las organizaciones y movimientos críticos con el sistema no dudamos en argumentar, exigir, plantear la necesidad de un cambio en el modelo de desarrollo que rompa con la lógica de la acumulación y explotación propia del capitalismo.

Pues bien, el modelo agrícola dominante que se ha reproducido hasta límites inimaginables desde hace 50 años y que ha traído consigo la proletarización del campesinado y la concentración del poder de la cadena alimentaria en unas pocas multinacionales, es la forma agraria de este capitalismo salvaje que detestamos. La alternativa al capitalismo del agro la conocemos y la defendemos, la Soberanía Alimentaria, y sabemos que la construcción de este paradigma exige un cambio en el modelo de producción. No será posible avanzar hacia la Soberanía Alimentaria si no se produce un alejamiento del modelo agroindustrial que se ha impuesto y que se ha generalizado.

La crisis que vive el campo se hace cada año más profunda y los datos de activos agrarios, evolución de la renta agraria, precios en origen o participación del PIB agrario lo demuestran. Es una crisis sistémica, de un sector que se desarrolla dentro del mismo sistema capitalista y con su misma lógica. Por lo tanto no podemos enfrentarla reproduciendo el mismo modelo que lo está destruyendo. El cambio del modelo agrario es una necesidad.

El capitalismo dispone también de guardianes del modelo agroalimentario mundial, véase la Comisión Europea, los Gobiernos de los países europeos y norteamericanos, todos los gobiernos de países exportadores de alimentos, los lobby de las agrocorporaciones, el capital financiero invertido en agricultura, etc.  ¿Qué hacemos el resto: las organizaciones agrarias, los movimientos ecologistas, las organizaciones de consumo, las organizaciones de desarrollo, las asociaciones rurales que se dan cuenta de esta crisis?

El primer paso  es  tener claro que es necesario el cambio de modelo. Es necesario un modelo de producción que vuelva a ligar la actividad agropecuaria a la Tierra y que vuelva a redimensionar las relaciones económicas y sociales que se generan en torno a las unidades agrarias, para volver a hacer del trabajo campesino una actividad local, cercana, creadora y reproductora de vida en equilibrio con el entorno, manteniendo comunidades sostenibles donde sea posible un desarrollo a escala humana. Ese modelo existe y tiene un nombre y unos principios, la agroecología y la agricultura familiar y campesina, que esperamos ayudemos a divulgar y conocer con varios de los artículos de este número 3 de la revista. El deterioro del suelo y del agua como sustentos de vida, la pérdida de biodiversidad, los límites ambientales y físicos del modelo actual basado en el petróleo, el deterioro de la salud, o la inaceptable pobreza a la que se ven sometidas las familias campesinas en el mundo son efectos de un modelo productivo intensivo e industrializado. También la revista expone algunas de estas repercusiones.

Debemos insistir una y otra vez que, hoy día, la mayoría de gobiernos están de parte del capital y sus multinacionales, no del campesinado, algo que se vislumbra a lo largo de este número de la revista: los gobiernos no promueven la agroecología y la agricultura campesina y familiar, porque no reporta beneficios a las grandes multinacionales (productos químicos, transgénicos….). El mismo motivo está detrás de su marginación de la pesca artesanal, las panaderías locales…

Es necesario comprometerse entonces con un cambio de modelo agrícola, abandonar lo antes posible la agricultura y ganadería industrial para acercarnos a la agroecología y la agricultura campesina y familiar, porque mantenernos en el actual modelo lleva sin remedio a la destrucción del medio rural y del modo de vida campesino que tanta sabiduría y buen hacer a aportado a lo largo de la historia.

No podemos seguir enarbolando la bandera de la Soberanía Alimentaria sin afrontar de manera clara el modelo de producción. Las tibiezas y los posibilismos son como balones de oxígeno para que el mismo modelo destructor siga extendiéndose. No se trata de culpabilizar, castigar o demonizar a los cientos de miles de campesinos y campesinas que continúan atrapados en la agricultura industrial -nada de eso- todos estos campesinos y campesinas son compañeros y compañeras de lucha con los que es necesario tejer un diálogo político y real sobre lo que, como campesinos y campesinas, hacemos y queremos hacer, sobre lo que queremos aportar a la sociedad y sobre cuál es la mejor forma de hacerlo.

Iniciar este debate exige entrar reflexionar sobre una gran cantidad de temas que durante mucho tiempo han sido tabús entre los propios campesinos y campesinas: es necesario debatir el tamaño y dimensión de las explotaciones agropecuarias, el papel de las nuevas tecnologías en la alimentación, el rol de hombres y mujeres en la unidad familiar campesina, los frenos internos al relevo generacional, la propiedad de la tierra o  al menos el  acceso a un pedazo suficiente de tierra para poder empezar, etc.

Afrontarlo en los debates y dedicar esfuerzos a ello no dejándose atrapar por las marañas burocráticas de un sistema que nos lleva siempre a tener que discutir la letra pequeña sin dejarnos tiempo a levantar la cabeza y ver el conjunto. Hay cientos de experiencias de agricultura campesina en el estado, hay miles de experiencias en Europa, hay cientos de miles en el mundo. Todas ellas nos muestran que la posibilidad es real, pero mientras que las organizaciones que luchamos por la Soberanía Alimentaria las sigamos analizando y mostrando como experiencias, su éxito seguirá dependiendo exclusivamente de «baraka», como dice en uno de los artículos el agricultor Antonio Ruíz.

Las fuerzas sociales para apostar públicamente y extender la agroecología están, y las alianzas entre ellas se han generado desde hace años. La Plataforma Rural es la expresión de esta unidad de fuerzas en el estado español, y la Vía Campesina y sus alianzas lo es a nivel mundial. ¡Es la hora de la Soberanía Alimentaria!