La tierra asoma

El documental LA TIERRA ASOMA

Una cámara fija apunta a la geografía de una tierra parda, extensa, crepuscular, un paisaje quizás vacío, una solana aparentemente yerma donde el agua duerme en lo profundo.  «Bienvenidos a los ocre…» que diría el poeta Gómez-Porro, bienvenidos con un soplo primitivo y sonoro de fondo, bienvenidos y bienvenidas a Amayuelas de Abajo, un pueblo castellano al norte de Palencia, a un viaje, a «un lugar en el mundo».

Con esta presentación se inicia un relato sencillo, sobrio, bien estructurado y fluido, que muestra la apuesta vital de un grupo de personas por la recuperación de un pueblo semi abandonado. Es a principios de los noventa cuando deciden poner rumbo a la tierra, a este lugar, a lo que está siendo el centro de sus vidas. Desde sus orígenes la experiencia se plantea como un acto de rebelión y a la vez de revelación. Por un lado, hay una memoria atávica que les hace volver a sus orígenes familiares y que les va creando los lazos necesarios para emprender esta empresa: la lucha por la dignidad, por la identidad, por las cosas del campo. Y por otro, hay un acto de autodescubrimiento, de búsqueda permanente de un modo de vida que se aleje lo más posible del gen capitalista que lo ha inundado todo: «la tierra no es un instrumento para especular con él, es un medio para vivir, para practicar una agricultura a pequeña escala… una agricultura que cumpla el papel social que siempre tuvo, el de hacer alimentos sanos y nutritivos para toda la humanidad», así una voz lo afirma.

Unas manos tensan el hilo del colgadero de los tomates del huerto, otras amasan el barro para el tapial, empujan bolígrafos, esparcen tréboles a las gallinas, arrancan cebollas, animan al rebaño, custodian semillas o cuelgan una pancarta («Nuestro mundo no está en venta»). Todas las manos se estrechan entre sí y hacen diariamente un pan — «pretenden ser parte de un territorio y de la gente que lo habita»— un pan «de un seguir caminando» que es una alianza y un amor y un pensamiento para la más alta cota de la vida: la cultura del alimento, la sociedad nutricia. Una sociedad que ha sido relegada en nuestro país de un plumazo a un segundo o tercer plano, siendo sustituida por un modelo económico depredador e injusto que todo lo convierte en mercancía. Como decía Delibes en su discurso de entrada en la Real Academia (1975): «hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble…», así de estas tenemos «el progreso contra el hombre».

Amayuelas no quiere materialmente crecer más, ¿para qué?; pero Amayuelas sí desea multiplicarse y hacer un cesto, una red social, una mimbre de conciencia. De ahí su insistencia en la custodia de la cultura oral (el conocimiento de las gentes del campo) y su transferencia a las nuevas generaciones. Junto a otros territorios impulsa una Universidad Rural donde se aprende emprendiendo. El aula es la cooperación y el proyecto la recuperación de la memoria campesina y el compromiso por una nueva realidad desde el horizonte de la agroecología. Como seguidores del profesor brasileño Paulo Freire la educación se concibe como una pedagogía de la indignación y una práctica de libertad.

En algunos momentos, de forma secuencial, el ojo tras la cámara parece una tortuga que se detiene en una poética del silencio: el juego del aire en las espigas, las flores, los pájaros, los cielos, la lluvia, la piel de las acelgas… Este material —en el que su ordenamiento remite a un círculo— son las huellas del paso del tiempo, de un ciclo natural donde las emociones juegan a favor de la corriente. Una lentitud, una caricia que es también probablemente una llamada, un mensaje: la naturaleza caminante en el silencio versus la prisa y el aturdimiento en la megaciudad. Hemos ganado en velocidad pero hemos perdido en silencio, en profundidad de mira. En lo rural aún se puede parar el reloj y descubrir que el acelerador no nos salva de nada, que la vida transcurre en redondo y que nuestro tránsito es un flotar en el universo, un decir, un pálpito de soledad, un regreso. En este pueblo palentino también.

El director del film, Agustí Corominas, ha sabido retratar con precisión y armonía la realidad que es hoy Amayuelas mediante el hilván con los que engarza a sus protagonistas (personas, labores, espacios y paisajes): todos hablan con el corazón desde su hacer y su memoria, todos forman parte de la trama, de la luz y del silencio. Todos hablan sabiendo que para llegar hasta aquí han tenido que escalar una montaña, en la que ha quedado gente en el camino. En un tiempo en el que los valores de la maternidad han perdido fuelle el pueblo de Amayuelas los recoge, los vive, los comparte. El cuidado del alimento y su morada (la tierra), la vigilia, el acompañamiento, el sentido lúdico, la generosidad y la entrega son el testimonio permanente para cualquier persona que llame a sus puertas.

Amayuelas es utopía realizada, una lírica de renuncia y resistencia, la apuesta profunda por la esperanza en el mundo. Un modelo de felicidad que no hipoteca el futuro y da señales y esencia. Una nueva pero vieja felicidad alejada de las grandes superficies y próxima a la biología del amor. Una gran maternidad que nos acoge y nos libera en Tierra de Campos, tierra de bienes. Como diría el economista chileno Manfred Max-Neef: para cambiar las cosas no hace falta de grandes discursos, ni de irse muy lejos, ni de empezar por los otros, sino por el corazón de uno mismo. En Tierra de Campos ya están en ello.

(*) Antonio Viñas. Universidad Rural Paulo Freire

Ficha técnica:

Título: “la TIERRA ASOMA ( Amayuelas)”

Duración: 77 ‘

Formato: panorámico, 16:9

Guión: Agustí Corominas

Cámara y edición: Llorenç Torrades

Ayudante de cámara y sonido: Joan Corbera

Música original: El Naán

Producción: Rosa Murtra y Mónica Membrive.

Dirección: Agustí Corominas