‘Resacralizar’ la tierra

En esta ocasión, y para abordar la relación entre el campesinado y la tierra en el estado español, reproducimos la tertulia mantenida entre Charo Sánchez, horticultora, ganadera ecológica y representante del Sindicato Labrego Galego; Camino Fernández agricultora en la Vega de Zamora; Julio Arroyo agricultor biodinámico en Cercedilla, Madrid; y los históricos dirigentes sindicales agrarios, Pep Riera agricultor en la comarca del Maresme y  Juan Manuel Sánchez Gordillo del Sindicato Obrero del Campo en Andalucía.

El apego a la tierra

En los últimos años, sobretodo después de la crisis alimentaria, hemos visto –mayoritariamente en los países del Sur- cómo el capital financiero (bancos, fondos de inversión, etc.) está comprando millones de hectáreas de tierras para desarrollar proyectos de agricultura intensiva y de agrocombustibles, sabiendo que con sus producciones tendrán muchas facilidades para ganar dinero. Una fórmula clara de especulación. ¿Se da este fenómeno en España o existen otros nuevos usos sobre la tierra que dificulten su función básica de producir alimentos?

Julio, que recorre las zonas centro del territorio español dando cursos sobre agricultura biodinámica, habla de dos cuestionas a tener en cuenta. «No es muy evidente la presencia de capital financiero comprando tierras agrícolas en el territorio del Estado, excepto la ya –lamentablemente- clásica especulación con proyectos inmobiliarios, bien sea en zonas turísticas o en zonas cercanas a grandes ciudades. Una realidad que la crisis económica ha detenido, pero aún así, en esas zonas, el precio del suelo hace imposible la adquisición de tierras para dedicarse a la agricultura». «Por otro lado –continua Julio- las personas campesinas del Estado tienen una mentalidad ‘conservadora’ de la tierra, en el sentido estricto de la palabra: la tendencia a conservar la tierra, a no desprenderse de ella»

¿Papel de la mujer? Por Camino Fernández

«Considero que uno de los pilares fundamentales del mundo campesino es la familia (u otros modelos relacionales y convivenciales). Yo he recibido una cultura campesina a través  de mis ascendientes. Mi ‘guardería’ fue el aire libre y a medida que crecía también ayudaba en las tareas del campo.  Ahora con lo recibido, aprendido y descubierto quisiera ser capaz, yo también, de transmitir esta cultura asociada a la tierra y luchar por ella.

«Para mí las hijas e hijos son el futuro. Los que vivimos en el campo tenemos la oportunidad de rescatar y transmitir los valores campesinos a nuestros hijos. Las mujeres debemos luchar para que el campo pueda ser una alternativa real para ellos, porque sin posibilidades la gente se seguirá yendo de los pueblos a unas ciudades cada vez más populosas, más inhumanas y más insostenibles.

«En esta revalorización de la cultura campesina, que pasa necesariamente por el acceso a la tierra productiva, las mujeres tenemos un papel fundamental y decisivo. Para nosotras, desde nuestra realidad, tenemos clara la  defensa del uso de la tierra en su función de proveedora de alimentos, antes que ponerla a generar, digamos, ‘beneficios empresariales’ que ahora sabemos cotizan en bolsa.

 

«Exacto, en Galicia las luchas para recuperar las tierras en manos de los caciques han sido muchas y muy largas -explica Charo- y la gente tiene un aprecio fuerte a la tierra, al terruño, y  no se vende por que sí. Lo que sí está existiendo –y es alarmante- son muchas maniobras de grandes grupos empresariales locales y foráneos que, apoyados con legislaciones favorables de la administración, consiguen expropiaciones para proyectos que serán considerados de ‘beneficio social’ o de ‘bien público’. Un terrible mecanismo que en realidad es un robo legal. Lo más común en estos últimos años son las expropiaciones ligadas a nuevos cultivos energéticos, empresas de biomasa o fines mineros. Cuando se declara ‘expropiación forzosa’ los precios que pagan son simbólicos. Entonces – puntualiza Charo- claro que no hay compraventa de tierras, directamente los grandes empresarios que requieren más tierras, utilizan estas vías. O bien buscan arrendamientos, que por la propia presión de la expropiación son también a precios irrisorios: para las mejores tierras agrarias en Galicia están ofreciendo 200 ridículos euros por hectárea».

Camino, que junto a su compañero Rubén trabajan tierras en la Vega de Zamora, conocen de primera mano lo que es el asedio a su trabajo, por –supuestamente- un bien público (ver artículo en la sección Ataques y Resistencias: ‘El eufemismo del bien común’), nos habla de este apego campesino a la tierra. «La gente que vimos lo que supuso a nuestros padres y madres tener suelo agrícola, le damos un valor muy alto, que no es monetario».

«En Andalucía –explica Juan Manuel- sí que podemos advertir un nuevo fenómeno: la compra de fincas agrícolas por parte de empresas de la agroindustria. Grandes corporaciones cárnicas o las ‘grandes superficies’ como Mercadona y sus filiales, se hacen con tierras dónde producir los alimentos que luego colocarán directamente en las estanterías, olvidando en todo ese trayecto la función del campesino y campesina, que acabarán siendo simplemente asalariados. Se trata de tener todo el control en la cadena alimentaria, que se inicia por asegurar  el control de la tierra. Pero seguramente el proceso más grave en este asunto es la ‘reconcentración de la propiedad de tierras’. Las directrices de la Política Agraria Común primando en función del número de hectáreas, ha significado que los principales ‘cazaprimas’ sean la Duquesa de Alba, los Domeq o el Duque del Infantado, y que el pequeño campesinado está cayendo en la ruina. La concentración de la propiedad de la tierra, hoy 2010, es superior en 10 puntos a la que había a mitad del siglo pasado: el 2% de los propietarios y propietarias posee el 50% de las tierras. A más concentración más desaparición de campesinos y campesinas. Y aquí, sí, a los y las ‘terratenientes de oficio’ se le han añadido banqueros, presidentes de equipos de futbol… y todo este linaje capitalista que nada sabe de agricultura».

«La situación en Catalunya sería una combinación de lo que comentáis –especifica Pep- la crisis de la agricultura, la falta de relevos en el campo, los intereses para otros usos,… y todo bajo la mano invisible del mercado, ha llevado a que muchas familias campesinas sin futuro vendan sus tierras a quien mejor la pague, en nuestro caso, las multinacionales agroalimentarias catalanas, como Vall Companys.»

Las tierras públicas y/o colectivas

Cada una de estas cinco personas destaca la importancia de  sistemas colectivos de tenencia de tierras, que han venido existiendo en el Estado. Hay diferentes ejemplos (ver cuadro) que, garantizados por leyes que vienen de muchos años atrás, aseguran que esas tierras se mantengan activas para diferentes usos agrarios,  que no se pueden partir ni vender, para el uso comunal de aquellos vecinos y vecinas [como en Galicia] «que viven en el monte, con una casa abierta echando humo por la chimenea nueve meses al año».

«Es necesario, reclama Charo, mantenernos firmes en la defensa de esas tierras colectivas que tanta lucha ha representado, a la vez que necesitamos  nuevas fórmulas de tenencia de las tierras que aseguren que su uso es y será para agricultura». «Sí, por un lado hay que preservar y revalorizar los diferentes tipos de uso colectivo de la tierra, pero también necesitamos –dice Julio- nuevos mecanismos para asegurar que las tierras  agrícolas que están hoy en propiedad privada no se vean afectadas por la especulación, el cambio de uso, etc. Hay que destacar la existencia de iniciativas de colectivos de personas campesinas y de consumidoras que (en base a la propiedad privada) se hacen con tierras que, entre ellos y ellas, pactan se dediquen exclusivamente a la producción de alimentos para sus familias».

En este sentido, Pep introduce la experiencia francesa del mercado de tierras. «Desde 1962 existe en Francia la ‘Sociedad de Planificación Territorial y de Establecimiento Rural’ (SAFER) que regula las transacciones de tierras evitando, en buena medida, la especulación con las mismas, la concentración de tierras y facilita el acceso al medio rural a nuevas y nuevos pobladores». «En Galicia -cuenta Charo- tenemos una experiencia similar pero no podemos estar de acuerdo con ella, porque ha ampliado el objeto del uso de la tierra a otras funciones que no las propiamente agrícolas». Pep recuerda que también debemos volver la mirada hacia los sistemas verdaderamente cooperativistas para definir nuevos proyectos comunitarios, pero que, en definitiva, «hay que conseguir la estabilidad del campesinado en la tierra con las fórmulas que sean necesarias». Y Camino, puntualiza que «la defensa de modelos de tierra colectivos son compatibles con un manejo individual de la tierra, de la finca, de la unidad agraria donde el campesino o campesina desarrolla toda su creatividad, su desempeño y su propia soberanía que después aunará con otros compañeros y compañeras. Se trata de distinguir adecuadamente entre la tenencia pública o social del suelo (la tierra), y el uso privado o particular del suelo».

Pero, el enfoque actual, parece diferente escuchando a Juan Manuel denunciar que «la Junta de Andalucía está vendiendo las pocas tierras públicas que aún gestiona. Con los argumentos de la crisis económica y la necesidad de dinero para las arcas del estado, se está favoreciendo la privatización de esos suelos comunales. No quieren el ‘engorro’ de tener que gestionar tierras públicas. Otro ejemplo ha sido la supresión del Instituto de Reforma Agraria de Andalucía. ¿No necesita ya Andalucía la reforma agraria?- se cuestiona»

Entonces… la tierra no nos pertenece, el ser humano pertenece a la Tierra.

En la base de estas reclamaciones, explica Camino, «hay unos valores espirituales e inmateriales, no económicos, que nos llegan de nuestra ascendencia no contaminada por tanto capitalismo. Debemos recuperar el respeto por la tierra y la cultura campesina. Nos hemos blindado con hormigón armado, prepotencia e individualidad, y hemos perdido la relación con la tierra, como madre, la madretierra».

Julio explica que, desde su opinión, esa forma de relacionarnos con la tierra en el campo, se está recuperando. «La tierra es un ser vivo y los seres humanos somos parte de ella, si cuidamos la Tierra, nos cuidamos a nosotros mismos. Hay un acercamiento nuevo a la tierra, de volver al campo y de trabajar en agricultura ecológica». Así pues la conclusión, según Julio es obvia, «se ha recuperado el verdadero sentimiento campesino, de proveedor y proveedora de alimentos, en armonía con la tierra, que no es un simple medio de producción; lo que ahora falta son políticas activas a favor de estos principios».

«La base de estas políticas –dice Juan Manuel – debería ser la defensa del uso colectivo de la tierra, no de la propiedad individual y privada que es la base del capitalismo. La tierra es un préstamo de nuestros hijos e hijas que tenemos que devolverles mejorada. Si es así, además de romper con una dinámica mercantilista, se asegura una relación armoniosa con la tierra. Aunque hemos de reconocer que este discurso tampoco ha sido el habitual entre los sindicatos agrarios españoles». «Si las políticas que regulan el sector agrario –dice Camino- entiende la alimentación como una mercancía, la tierra sólo será un medio de producción», «confundiendo –añade Julio- valor con precio».

«La defensa que la tierra tiene que estar dedicada a la producción de alimentos (sosteniblemente, con valores éticos y sociales, etc.) –afirma Charo- es la base del paradigma de la Soberanía Alimentaria. La tierra es la condición primaria para la regeneración de la naturaleza, de la alimentación y de la vida social, por lo que debemos tratar y preservarla como algo sagrado».

Algunos  tipos de explotación colectiva de la tierra en España:

Explotación en mano común.

Tiene una ley especial, que establece el “Jurado de Montes de Mano Común”, y se rige por la comunidad de vecinos que habitan ese territorio en el que se encuentra el Mano Común. Esta competencia inicialmente era del estado, pero con las transferencias ahora corresponde a la Administración regional. Esta catalogación es minoritaria en España, y sólo se encuentra en Sanabria (Zamora), Galicia y  Asturias. Se caracteriza porque es gestionado por la comunidad de habitantes, que adquieren ese derecho por ser vecino o vecina en ese territorio y los beneficios que del mismo se obtengan, tienen que revertirse en el “común” no se heredan, ni transfieren, etc.

Montes comunales

Son propiedad del ayuntamiento y normalmente lo que gestionan son los pastos, mediante subasta. También adjudican las quiñonadas, que son las porciones que corresponden a cada vecino o vecina de leña, pasto e incluso tierra de cultivo.

Montes de Utilidad Pública.

Principalmente son zonas de masas forestales, pero también hay zonas de cultivo y pasto. Para el pastoreo se hace un “contrato de granjería” en el que se pagan unas tasas que se destinan al Ayuntamiento y otra parte al “fondo de mejoras” que gestiona la Comunidad Autónoma.