PROYECTO MICROVIÑA.

La afición al vino y el rescate de la cultura agraria

(*)Patricia Dopazo

Recorriendo los paisajes de nuestras tierras aparecen muchas iniciativas diversas, dispersas, desconectadas, que debemos conocer para aprender de ellas, y que, recíprocamente, podrán reconocerse cercanas al paradigma de la Soberanía Alimentaria. Este es el caso del proyecto  ‘microviña’ en el que, además, personas que en principio no están ligadas al campo tratan de aportar desde la preocupación por su abandono propuestas prácticas trasladables a otros territorios. Se trata de proyectos en los que la incorporación del enfoque agroecológico y la reflexión profunda sobre soberanía alimentaria pueden ser clave para su éxito y continuidad.

La comarca de El Comtat, en el interior de la provincia de Alicante, es una zona montañosa cuyos habitantes originarios, marcados fuertemente por la influencia árabe que permaneció en la zona durante mas de cuatro siglos, aterrazaron y canalizaron la tierra para cultivos mediterráneos en secano: el trigo, la vid y en menor medida el olivo y el almendro.

Joan Cascant, originario de estas tierras, cuenta cómo, a pesar de no abundar los cultivos de vid en la actualidad, la viña es lo primero que reaparece de forma silvestre en cuanto los campos se abandonan. «Es el testimonio de que lo que predominó en esta zona siempre fue la viña en minifundios; todas las masías tenían bodega y, algunas, almazara. Más tarde, cuando entró la filoxera,  se invirtió la proporción y comenzó entonces a plantarse olivo, que es lo que ahora más se ve».

Con la llegada de la industria textil a la comarca, la agricultura fue perdiendo importancia y más tarde, con la explosión del negocio de la especulación urbanística y el turismo, la actividad económica se concentró fuertemente en las zonas costeras, lo que acabó de mermar la actividad agraria y la vida rural. Las tierras de interior, generalmente, no tienen tanto interés especulativo y quizá por ello el negocio de compra-venta no las alcanza tan intensamente ni puede hablarse de acumulación de su propiedad. En cualquier caso, fincas y masías se van abandonando al mismo ritmo que el desplazamiento poblacional hacia ciudades y pueblos más grandes. A día de hoy, 17 de los 24 municipios de la comarca El Comtat tienen menos de 500 habitantes.

«El campo es actualmente la segunda o tercera actividad aquí», cuenta Joan, «la agricultura es minoritaria. Ocurre eso en todo el País Valenciano, la actividad agraria real no esta contemplada en las cámaras de comercio. Las cooperativas son los aparatos que han propiciado la no desaparición de la agricultura y eso es todo, no están destinadas a buscar la rentabilidad. Marcan las ‘modas’ de lo que hay que hacer, que a veces son agresiones muy bestias: ahora no se labra o ahora hay que fumigar con esto. No esta configurado bajo parámetros de sostenibilidad, a pesar del dinero que reciben. Y el agricultor no tiene beneficios».

 

UN SIMPLE EXPERIMENTO

Joan es el impulsor del proyecto Microviña, y del primer ejemplo de aplicación integral de esta iniciativa junto a Toni Boronat: el Celler La Muntanya, bodega que desde 2004 produce en la población de Muro d’Alcoi vinos hechos con variedades autóctonas de la zona como Malvasía, Boval, Giró, Verdil, Bonicaire, Meseguera o Monastrell.

«Lo de comenzar a hacer vino fue un simple experimento, sin ánimo de nada. Compramos un libro que lo explicaba y decidimos ponerlo en práctica para consumo propio. La cosa es que no salió tan mal y lo repetimos al año siguiente». E incluso contemplaron, sensibles al abandono de las tierras de cultivo, plantar viñedos. «Pero tarda 3 años en crecer, pensamos, y con todas las viñas que hay por aquí… Ahí surgió la idea de rescatar los viñedos antiguos y especialmente los de variedades autóctonas. Encontramos bastantes. Nos preguntábamos cómo sería el vino que se hacía aquí antes y empezamos a leer, investigar y averiguar».

En este punto empiezan a formarse y a tener contacto con profesionales del mundo del vino que les animan y convencen de ir adelante con la idea. También aparecen organizaciones de custodia del territorio, como Avinença, que les dan luces para autoreconocerse. Estaban recuperando el territorio y el paisaje pero no eran conscientes de ello.  Resultó que algo auténtico y de la tierra -que en un principio era voluntario y altruista- además se podía convertir en rentable. «Si no, se quedaba simplemente en algo romántico, y queríamos que el agricultor ganara, intentar que la agricultura volviera a ser rentable, que se pueda volver a vivir de ella».

Movidos por este compromiso ponen en marcha la pequeña bodega Celler La Muntanya, estableciendo acuerdos con las personas dispuestas a recuperar sus viñedos y realizando la bodega el trabajo de asesoramiento buscando la mejor calidad.  Hoy en día forman parte de ella, además de Joan y Toni, Adrià Pérez y Marc Pérez, enólogos, naturales de estas tierras y pertenecientes a una de las sagas más prestigiosas de la vitivinicultura actual. Paralelamente aunque muy relacionada, surge la asociación cultural Elviart, fruto del acercamiento al proyecto de gente de la zona vinculada al mundo de la música, la pintura y la literatura. Un acompañamiento cultural del que han nacido ya composiciones musicales y un libro de poesía, “El tast de la terra” (La cata de la tierra).

«Al principio la gente llegaba a la bodega porque había oído que nosotros ‘cogíamos’ campos. Pero lo que cogíamos nosotros no era los campos sino a la gente que la trabaja. Porque detrás de la elaboración del vino esta lo más importante, que es la persona, el humanismo. El ser humano no es siempre destructor, de hecho el paisaje mediterráneo se ha configurado así a causa del ser humano, que es el actor principal».

Actualmente el Celler La Muntanya se abastece de la producción de 30 minifundios de la comarca, cuya superficie media es de unos 5.000 m². «Establecimos también un microviñedo en el instituto de secundaria del pueblo, con objetivo didáctico: los estudiantes ven crecer la viña y participan en la vendimia y en la elaboración del vino. Y otros institutos vecinos solicitaron poder replicar esa experiencia».

La recuperación de todas estas parcelas productivas ha supuesto que las familias al completo se involucren en el trabajo del campo, por lo que puede decirse que la participación de hombres y mujeres es equitativa. Sin embargo, es necesario señalar que, siendo ya la agricultura tradicionalmente una actividad en la que se ha invisibilizado el papel fundamental de las mujeres, el del vino ha sido un sector particularmente masculinizado. Sería sin duda revelador y enriquecedor para el proyecto reflexionar sobre esto y preguntarse -al igual que se investigó cómo era el vino que originalmente se bebía en la zona- qué aportes imprescindibles se producían en la elaboración del vino por parte de las campesinas en tiempos pasados.

 

VINO DE MICROVIÑA

El Celler La Muntanya comenzó con una producción de 11.000 Kilos que en 2010 ha llegado a los 55.000. Sus ventas se concentran fundamentalmente en tiendas especializadas del País Valenciano, aunque contemplan la posibilidad de exportar, especialmente a raíz del éxito que tienen sus vinos en los certámenes y catas internacionales. «Pero cuesta mucho porque no encajábamos en ninguna denominación de origen, ni Vino de Pago, ni Vino de la Tierra, éramos Vino de mesa. Tampoco nuestro objetivo es producir un vino ecológico, aunque podría serlo, pero parece que lo ecológico se queda muchas veces en si fumigas o no fumigas, y va mucho más allá. Así que nos inventamos la denominación ‘Vino de Microviña’, cargándolo de significado y esperando que pueda caminar hacia algún tipo de entidad ética, una especie de sello que no sólo indique calidad o que la uva no se produce con químicos, sino que se cuida el territorio, el tema social, cultural y económico».

La creación de esta denominación tiene también el objetivo de poder llevar esta idea a otros territorios. «Pensamos que había que compartirlo porque es necesario que mas gente haga esto. Nos han llegado peticiones de Cuenca y Castellón. Nos gustaría mucho poder participar en la puesta en marcha de proyectos similares ofreciendo nuestra experiencia». De la misma manera, parece obligatorio que Joan y las personas implicadas en esta experiencia, puedan conocer de otras con que las comparten fines y problemáticas, para establecer lazos de cooperación e intercambio, los cuales parecen imprescindibles para que hoy en día las iniciativas desde el mundo rural salgan adelante.

Como parte de la voluntad de compartir el aprendizaje, en abril de 2008 la asociación Elviart organizó el I Congreso ‘El minifundio como defensa del ecosistema mediterráneo’, con apoyo del ayuntamiento de Muro, la Diputación, algunas empresas y la Universidad de Alicante, iniciativa que quieren repetir el próximo año incluyendo el enfoque de Soberanía Alimentaria.

 

UN NUEVO MUNDO DESDE LAS RAÍCES

A Joan le llama la atención cómo el proyecto y sus resultados les ha ido acercando a movimientos como Slow Food u organizaciones ecologistas y a conceptos como el decrecimiento o la soberanía alimentaria. «En realidad no partíamos de ninguna de estas filosofías, las desconocíamos. Partíamos del aprecio a nuestra tierra y de la voluntad de cambiar las cosas y eso ha sido lo que nos ha hecho converger en todo lo que actualmente se está construyendo, las alternativas que parten de la sociedad civil». Esta es, por tanto, su aportación porque «es posible construir un nuevo mundo desde nuestras raíces, es posible que en algún momento dejemos de ser esa piedrecita en el zapato de la administración, y por fin provoquemos que haya que cambiar el chip porque el modelo que ahora tenemos no funciona. Desde el territorio habrá que concebir nuevas herramientas administrativas y económicas. Desgraciadamente la gente está esperando a que esto se arregle y lo que hay que poner sobre la mesa es que lo tenemos que arreglar nosotros, sin esperar nada de la clase política». Joan mira a su alrededor y termina diciendo «está bien protestar en los pueblos por la especulación urbanística y la construcción de un polígono industrial, pero muchas veces no nos damos cuenta de que el abandono de una masía puede tener mucha más repercusión. Se abandona y nadie hace nada»

Patricia Dopazo. ACSUD Las Segovias País Valencià