Somos Paisaje

Pablo Llobera (*)

Todo territorio tiene su genio, su telurismo (su energía terrenal), su duende, su chispa, su vibración, su misterio, su vocación, su sorpresa… ¿Quién no lo ha sentido alguna vez en algún lugar? A nadie escapa, a tenor de esas imágenes donde vemos inquietas aves y mamíferos ante la inminencia de cualquier desastre natural (terremoto, tempestad, etc..), que los humanos tuvimos esa sensibilidad telúrica (ese “sentir la tierra”) hasta no hace mucho tiempo. Algo que sólo parecen conservar las personas más sensibles (artistas, por ejemplo, se dediquen a lo que se dediquen), y algunas vocaciones-profesiones relacionadas con el agro, especialmente pastores, sobre todo por el aprendizaje que deja la estrecha convivencia y observación de los animales.

Pero eso no es todo, resulta que “sentir el territorio” es terapéutico, como bien nos recuerda Joaquín Araújo: «tener paisaje es uno de los componentes básicos de la salud». ¿Por qué si no, hospitales, colegios, oficinas, centros de salud mental, sanatorios, conventos, etc. reservan su área central a algún ejemplar de árbol singular, a alguna alineación de setos, a unos parterres de flor de temporada o un sencillo ajardinamiento? Porque necesitamos tener paisaje, aunque éste sea el que humildemente forma un árbol en medio de un patio de hormigón, o un macetero con geranios en el alféizar de una ventana de casa.

Ciertamente algunos lugares nos conmueven o emocionan especialmente, más allá de la explicación racional que podamos encontrarle; más allá de gustos, afinidades, evocaciones o recuerdos. ¿Con qué  paisajes resonamos más y por qué? ¿Qué hay de mí en ellos o de ellos en mí? Los lugares que conocimos en la infancia suelen emocionarnos sobremanera; Manu Leguineche recuerda ingeniosamente que “la infancia produce los exiliados más nostálgicos” (y los paisajes asociados a la infancia, también, añadimos nosotros). Y todas y todos, de uno u otro modo, consciente o inconscientemente, tratamos de volver, de vez en cuando, a los paisajes de nuestra infancia. Porque de algún modo es como volver a ella, y máxime si allí logramos dejar salir al niño o niña que fuimos.

En la estrecha relación y alquimia entre paisaje y paisanaje, entre territorio y ser humano, resulta curioso comprobar cómo todo paisaje destila un poso (su genius loci), del que su paisanaje difícilmente suele ser (auto)consciente. Por eso, generalmente, los mejores relatores de los territorios, los mejores alquimistas del paisaje, los indagadores del genius loci, suelen ser personas forasteras… aunque ésta, como toda regla, contengan alguna valiosa excepción.

En este sentido, pero desde una óptica más académica, interesa recuperar algunas conclusiones del profesor Enric Pol, uno de los autores que más ha estudiado el fenómeno de la apropiación del espacio, término con el que se conoce al arraigo y vinculación humana con su entorno físico. Para él “la apropiación es la práctica a través de las cual dejamos nuestra impronta en algo o alguien y así deviene nuestro“; o dicho de otro modo, “el espacio no tiene un sentido meramente funcional; es el resumen de la vida y las experiencias públicas e íntimas. Así, quien quiera bien-habitar el (su) terruño tendrá que tomarse el esfuerzo de caminarlo, sentirlo a pecho abierto, hablar mucho con sus paisanos y paisanas, escucharles con el corazón, sentir con todos los poros de la piel, leer libros de todo tipo y pelaje, rastrear viejos mapas y planos… hasta que se sumerja tan hondo, tan hondo en el paisaje…¡¡que se encuentre consigo mismo!! y sienta, entonces, las palabras de Goethe: “Lo más sublime es la contemplación de lo diferente como idéntico”. Somos paisaje.

Pablo Llobera Serra. Educador ambiental en Polvoranca (Leganes, Madrid). Contacto: pablo.llobera@madrid.org