GUIJARROS un anticipo

Palabras

Cuando escribo pienso que no me queda mucho tiempo, y aliento a las palabras a que salgan de su hura, como hacía Luciano con los topos en la huerta del pueblo.

Los rayos

Un rayo dejó ciego a Gerardo cuando era niño y otro le mató ya de viejo, pero en medio hubo otros muchos que quisieron alcanzarlo y no pudieron.

Los dientes de ajo

Cuando cortaba cebolla, Basilia se metía entre las tetas dos dientes de ajo, y nunca lloraba. Al morir la abuela lo intenté yo, pero mis tetas eran pequeñas, y no pude evitar la llorera.

Las sombras

En mi pueblo, de noche, todo eran penumbras. Sólo había unas pocas luces que lamían a duras penas algún trozo de acera. Pero en verano, los niños nos quedábamos hasta tarde jugando bajo el cielo.

Frente a la casa del cura, a más de dos metros de alto, se erguía orgulloso el interruptor al que nosotros no llegábamos ni subiéndonos al ladrillo que sobresalía en la pared. Al atardecer, cualquiera de los mayores podía obrar el milagro, pero los días en que nadie se acordaba, un visitante extraño hubiese podido vernos acurrucados junto a la pila del lavadero vigilar a las sombras en silencio.

La torta

Una vez intenté cerrar los ojos y ver más allá. Cerrar los ojos fue fácil pero ver más allá no pude. El cura me creyó durmiendo y estampó la palma de su mano en mi mejilla. De no haber sido por él quién sabe qué maravillas hubiese descubierto. Jamás he vuelto a intentar ver más allá. Y cuando en la tasca los demás conversan y hablan de sus sueños, yo les replico molesto, y puede que enfadado, que las estrellas se hicieron para los tontos. Y me voy siempre el primero a casa, con miedo aún de mirar hacia arriba, dando patadas a los guijarros del camino, y escupiendo a los sapos que pasean en la noche.

La piedra

Una vez cuando era niño, tiré una piedra al aire y miré su vuelo hasta que pareció atravesar las nubes. Cuando cayó de vuelta a mis pies noté que estaba mojada. Entonces un trueno hizo temblar mis pantorrillas y corrí a casa. Al llegar estaba empapado y esquivando la mirada de mi madre me escondí debajo de la cama, asustado por lo que había hecho.

El paseo de los otros

Hay un pueblo detrás de la loma donde los viejos no se aguantan y tienen un pacto. Por las tardes pasean arriba y abajo por la acera y se quedan mirando a los perros que pasan corriendo a su lado. Pero ellos nunca se encuentran porque salen de uno en uno a la calle, y el siguiente empieza la ronda cuando el otro se ha metido en casa. Así llevan haciendo desde siempre y no saben porqué están enfadados. Cada día se arreglan frente al espejo, y esperan su turno tras el cristal de la ventana, mirando afuera el paseo de los otros.

El olvido

Mucho antes de que yo naciera, el olvido se acercó una madrugada al pueblo, y todos despertaron a la vez sin saber quiénes eran ni qué hacían allí. Aquel intruso tomó sin permiso las calles y durante ese tiempo, las lenguas se enterraron en sus bocas y se cruzaban las miradas con espanto de niño, porque la luz se había vuelto engañosa y devolvía a los ojos reflejos de animales, casas y gentes que ya se fueron. Y cuando el ocupante al fin liberó el pueblo, dejó un hedor a rancio que brotaba de las piedras, y se tardó en comprender que, a pesar de todo, nada había cambiado y las madres seguían teniendo hijos, los hijos padres y los perros, amos.

El olor del pueblo

Las casas del pueblo olían todas a viejo, a humedad, a misterio. Ni siquiera el viento que se colaba por las ventanas lograba desterrarlo. Se había encadenado a las paredes y a los techos. Había empapado los muebles, las ropas, los enseres. Aquel olor de época antigua flotaba sobre el pueblo y lo envolvía; y en invierno todos lo llevaban de bufanda en el aliento.

Tonto

Tonto, lo que se dice tonto, no había nadie en el pueblo. Más bien era una labor asumida por todos, porque cada cual tenía sus días.

 

3 comentarios en “GUIJARROS un anticipo

  1. Gracias por tus palabras, Francisco. Al menos, eso es lo que trato de conseguir con las palabras.

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