Conversatorio

¿QUÉ SE PIENSA DE LA SOBERANÍA ALIMENTARIA EN EL CAMPO ESPAÑOL?

En este número centrado en divulgar y actualizar el significado de la Soberanía Alimentaria nos parece importante recoger el testimonio directo de cuatro personas del campo, agricultoras, de diferentes territorios del Estado. Arantxa de Euskadi, Lidia de Galicia, Eduardo de Andalucía y Rafael de Canarias, representantes de organizaciones sindicales confederadas en COAG, conversan sobre ello.

La Soberanía Alimentaria ya está presente en el mundo rural del Estado español

“En el campo”, inicia Rafael, “está claro que en los últimos años el concepto de Soberanía Alimentario cobra mayor presencia y fuerza. Está presente en debates, conversaciones y reuniones, en la medida que nuestras organizaciones tienen capacidad de llegar a nuestras gentes”.

“Sí”, complementa Lidia, “la Soberanía Alimentaria como exigencia del derecho a  producir nuestra propia alimentación o la alimentación para nuestra ciudadanía, está ciertamente interiorizado, y se asume muy bien. En cambio, la Soberanía Alimentaria como exigencia del derecho a decidir las políticas agrícolas es un debate que cala más despacio. Como el resto de confrontaciones que nos toca vivir actualmente contra el sistema que nos gobierna, son luchas que caminan poco a poco”.

Arantxa va un poco más lejos y, refiriéndose a su territorio, afirma que “allí toda la gente tiene una percepción propia de lo que es, aunque se coincide en una apreciación muy importante, asociar la Soberanía Alimentaria con autonomía y con alternativa. Es ligado a estos dos conceptos que las personas del campo ven que se trata de una propuesta política”.

“Nuestra divulgación y defensa del término”, añade Eduardo, “ha puesto también la propuesta en las agendas de las instituciones políticas”.

Algunas dudas se mantienen sobre los principios de la Soberanía Alimentaria en el campo español

El debate lo abre Eduardo preguntándose en voz alta si se coincide en la interpretación de  “¿hasta dónde llega la Soberanía Alimentaria? ¿Enviar naranjas valencianas a Rusia es defendible? ¿Y enviarlas a otros estados de nuestra Unión Europea? ¿Se puede hablar de Soberanía Alimentaria sin hablar de Soberanía económica o política? En un espacio político común, como Europa, ¿defendemos una agricultura familiar para mercados europeos? Hay muchos interrogantes pendientes en las organizaciones agrarias al respecto”.

“Efectivamente”, contesta Lidia, “pero recordemos que Soberanía Alimentaria se centra enfáticamente en un campesinado que produce  la alimentación básica para la población local.  Si hay productos que se comercializan entre territorios tienen que cumplir por lo menos tres normas básicas: (a) el producto que se exporte no debe ‘usurpar’ tierras que deben producir alimentos para la población local; (b) su comercialización debe cumplir con precios remuneradores para el campesino o campesina que lo produce; y (c) el precio de los productos comercializados no puede estar en los mercados de destino por debajo del precio del producto local. Soberanía Alimentaria no niega el comercio internacional pero deben de respetarse estas claves”.

Eduardo expone que está básicamente de acuerdo y dice que para ello la base de la producción se ha de centrar en la alimentación del territorio. “Las políticas agrarias institucionales nos han llevado a perder y descuidar los mercados locales, lo cual no excluye que podamos tener tierras especializadas produciendo para la exportación a otros países”.

“Pienso que hay que ser más precisos”, contesta Lidia, “y  hacer algunas constataciones. La primera es que, a nivel de campesinado, producir para los mercados internacionales acaba siempre generando mucha más inseguridad; de una manera u otra te lleva a perder o poner en riesgo tus propios mercados que pueden marcharse a la competencia o te obligan a reducir precios… Nuestra baza es la complicidad, y desde luego, exigir políticas agrarias que centren y defiendan la agricultura para una alimentación local. En segundo lugar y a nivel ciudadano, hemos de entender que no ganamos nada importando alimentos o deslocalizando nuestras producciones. Se pierden puestos de trabajo en nuestro propio país y se gana en vulnerabilidad alimentaria. Por eso debemos debatirlo con la sociedad… y si como pueblo colectivamente hiciéramos entender a nuestras administraciones que apostar por la Soberanía Alimentaria es favorecer la maltrecha economía, conseguiríamos un avance importantísimo. Insisto”, continua Lidia, “hay que luchar por asentar en el campo el número de campesinos y campesinas necesario para alimentar a nuestra población. Así se genera riqueza y se redistribuye con muchos puestos de trabajo directos e indirectos. Si además pensamos en el cénit de petróleo todavía nos daremos más cuenta de lo importante de centrarnos en lo local y abandonar el actual ‘trafico de alimentos’”.

Rafael lo expresa en cifras referidas a su zona, “en Canarias solo el 14% de los alimentos que se consume son de nuestra tierra, mientras que tenemos un 60% de las tierras de regadío abandonadas. Otro disparate, en Canarias, que tiene el consumo per cápita de papas más elevado de España, compramos las papas viejas de Inglaterra. Hemos pasado de 14.000 hectáreas de cultivo de papas a apenas 4.000. Producir para la gente de nuestras tierras es una oportunidad, una estrategia, y obviamente una necesidad”.

“Sí, es muy importante”, interviene Eduardo, “resaltar que la Soberanía Alimentaria dota de dignidad a las y los agricultores y ganaderos en su misión de proveer de alimentos a la sociedad. “Recuerdo cuando andar por la calle manchados por el trabajo en el campo”, apunta Rafael, “era un símbolo de distinción social”.

Como vemos entre diferentes territorios y personas que hacen suyo el discurso de la Soberanía Alimentaria hay confusiones centradas en la posibilidad de combinar la agricultura campesina para mercados locales con una agricultura de exportación dentro de las fronteras europeas. Lo cual nos lleva a la importancia de aclarar la propuesta de la Soberanía Alimentaria con el trabajo de las organizaciones agrarias, tal como abordamos en el siguiente punto de la conversación.

El papel de las organizaciones agrarias

Una vez asumimos lo interesante de la propuesta de la Soberanía Alimentaria para el campesinado, nos queda plantear cómo acompañarlo desde las organizaciones agrarias, entre otras cosas sabiendo que en las mismas hay dos realidades, aquellas productoras y productores que han decidido dejar de lado la agricultura para la agroindustria (son propuestas de resistencia a la vez que formativas para quienes quieran imitarlas) y quienes producen en el esquema agroindustrial. Lidia opina que “nuestras organizaciones tienen que dar a entender a esas personas que se mantienen en el modelo, porque han invertido mucho o porque el cambio genera miedo, que colectivamente, como organizaciones, tenemos que arrimar todas y todos el hombro para que cambien las políticas agrarias a favor de una agricultura que alimente a sus propias comunidades, permitiendo vivir bien a quienes la ejercen. Hemos de conseguir plantear este debate en el seno de nuestras organizaciones para que todas y todos, estemos donde estemos, defendamos que necesitamos otras políticas agrarias a favor de una agricultura que alimenta a su población”.

Eduardo puntualiza en la línea de lo explicado anteriormente que desde su punto de vista las organizaciones agrarias, en casos concretos como Almería con una agricultura de especialización, pueden defender ambos modelos agrícolas, ―porque al final el objetivo es garantizar la dignidad  del agricultor o agricultora. “Pero”, interrumpe Arantxa, “ahí nos equivocamos, pues la dignidad de nuestra profesión radica en dar de comer primero a tu familia, luego a la población local y vivir de ello. La población local te otorga este reconocimiento si lo cumples y no te desvías de él”.

Rafa explica que políticamente la postura de su organización es clara y sin dualidades: la Soberanía Alimentaria, aunque “en el día a día, en el ámbito práctico necesitemos seguir exigiendo medidas para las y los afiliados que ejercen en el modelo de las industrias”. “Hemos de entender”, aclara Arantxa, “que llevamos poco tiempo, y que es un proceso que camina en un escenario de muchas dificultades y muy complejo. Aún así creo que avanzamos, y ahora al cabo de unos años ya es el momento de explicar a la población sin complejos el modelo que queremos”.

“COAG, como coordinadora de organizaciones”, sigue Eduardo, “nos permite avanzar en lo que decís, hemos de reconocerlo. Y en este sentido nos permitirá seguir avanzado y superando las contradicciones (humanas por otro lado) que tenemos”.

La Soberanía Alimentaria ¿ha contribuido a sensibilizar sobre la situación de la mujer campesina?

Arantxa es contundente, “las mujeres hacemos nuestra la propuesta de la Soberanía Alimentaria”, y Lidia amplía que para ella “el concepto de agricultura que tiene, en general, el colectivo de mujeres es más cercano a la Soberanía Alimentaria que el que tienen, en general, los hombres. Las mujeres pensamos en alimentar, los hombres piensan en el negocio. Por eso creo que corremos el riesgo de que si las mujeres no estamos presentes en los debates, en las definiciones y en la lucha al mismo nivel de los hombres, la Soberanía Alimentaria puede acabar siendo otra cosa. El déficit de participación de las mujeres en nuestras organizaciones pone en riesgo el avance de la Soberanía Alimentaria”.

Rafael nos explica que “sin lugar a dudas, los argumentos que defiende la Soberanía Alimentaria (agricultura ecológica, cercanía, venta directa…) facilitan la comprensión de las diferencias de género”. Pero Eduardo disiente al respecto, y expone que desde su punto de vista y pensando en Andalucía no puede afirmar que las mujeres estén más cercanas a los conceptos y prácticas de la Soberanía Alimentaria, considera que es una cuestión individual influenciada por su formación. “Por otro lado”, dice, “Soberanía Alimentaria que es un modelo agrícola, también exige un modelo de organización basado en la igualdad y nos puede ayudar a romper moldes”.

Para Arantxa “las cuestiones de igualdad son las que más nos va a costar asumir. Además, seamos claras, pienso que la construcción de la Soberanía Alimentaria pasa por la deconstrucción del sistema de dominación del hombre sobre la mujer. Para ello las organizaciones han de poner más ganas y más medios, y un reconocimiento de que las prácticas de las mujeres (mantenimiento de la biodiversidad, trasmisión del conocimiento, etc.) son las prácticas que reclama la Soberanía Alimentaria. “Pero lamentablemente”, interviene Lidia, “el derecho a decidir de las mujeres no está para nada reconocido, nunca se ha reconocido. No me parecería extraño que se consiguiera el derecho a la Soberanía Alimentaria sin tener en cuenta a las mujeres, una soberanía alimentaria sólo para hombres que le dan el enfoque que finalmente ellos quieran”. “Exacto”, continua Arantxa, “no luchamos por tener la mitad de la tarta, sino la mitad de la pastelería… queremos decidir”.

Soberanía Alimentaria y Crisis

Aquí tenemos consenso muy claro, las propuestas que defiende la Soberanía Alimentaria y la agricultura campesina, además de ofrecer más garantías de alimentos para la población, son generadoras de empleo, de revitalización de las pequeñas economías productivas, de los pueblos, de la artesanía alimentaria… Se constata también que a todos los territorios del estado están llegando jóvenes con ganas de instalarse en el campo, siempre con las premisas de la Soberanía Alimentaria, bajo modelos de agricultura campesina.

“La crisis”, dice Eduardo, “es una oportunidad para la agricultura, y será una oportunidad para la Soberanía Alimentaria en la medida que nuestras organizaciones campesinas puedan influenciar en las políticas públicas, aunque ahora sus apoyos económicos han quedado muy mermados”.

 Soberanía alimentaria desde las organizaciones agrarias: fuerte y claro

Por el Consejo Editorial

La construcción colectiva que desde La Vía Campesina y sus organizaciones se está haciendo del paradigma de la Soberanía Alimentaria en el Planeta está cada vez más presente también en el campo español. Son muchos los esfuerzos por una alternativa que rechaza las propuestas de entender los alimentos como productos mercantilizables para el agronegocio internacional, y por el contrario, propicia el encuentro entre las personas productoras y consumidoras de alimentos, las cuales han de estar en el centro de la toma de decisiones en los temas relacionados con la alimentación.

La cuestión de incorporar y aplicar desde la práctica diaria los lineamientos de la Soberanía Alimentaria en el campo español ha pasado de revelaciones individuales que se van compartiendo y trabajando en red, pero sin dejar de ser anecdóticas -y, en muchos casos, aisladas- a ser una verdadera y urgente obligación política y colectiva.

La situación de nuestro campo es cada día que pasa más desoladora. Las tendencias a volver a vivir del medio rural a través de proyectos de Soberanía Alimentaria o simplemente buscando alternativas a la crisis son lentas y, si no se actúa con contundencia, no supondrán por sí mismas los cambios significativos que el momento actual requiere.

Por otro lado, las mujeres campesinas han insistido, desde el inicio del recorrido de la Soberanía Alimentaria, en que sin ellas simplemente no existirá la misma. Es patente la urgencia de movilizar el trabajo a favor de los plenos derechos de las mujeres en el Estado español para evitar que la filosofía y la práctica en torno a la Soberanía Alimentaria se desvirtúen y no logremos el objetivo deseado. Dicho de otra manera, si no se avanza hacia los plenos derechos de las mujeres, no se avanzará hacia la Soberanía Alimentaría.”

Las organizaciones agrarias, por una parte, tienen la capacidad y la legitimidad para influir en el campesinado, que va apropiándose poco a poco del discurso de la Soberanía Alimentaria. Por otra parte, también tienen poder para actuar sobre las políticas públicas, que, si no se alinean a nuestro favor, dificultarán el trabajo de los proyectos productivos alternativos. Se trata de los dos pilares básicos, que se comunican y sostienen mutuamente: la base social campesina y las herramientas institucionales. La posición de las organizaciones agrarias es, entonces, clave y, de la mano de los movimientos sociales, cada vez más fuertes, debe jugar un papel protagonista para la transformación decisiva de nuestro mundo rural.

Es el camino, lo conocemos y está marcado con luces brillantes.

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