FUEGO CONTRA LA RURALIDAD

 

                             Traduciendo a Bertrand Tavernier podemos leer, «Están en la tierra, montones de piedras apiladas una a una con las manos del padre, del abuelo. Toda su paciencia resistió a la lluvia, al horizonte. Haciendo pequeños montoncitos para retener la luz de la luna, para estar erguidos, para inventar montañas y jugar con el trineo y creer que tocamos las estrellas. Se lo contaremos a nuestros hijos, les diremos que fue duro, pero que nuestros padres fueron unos señores y heredamos eso de ellos: Montones de piedras y el coraje para levantarlas». Añadamos, que la lectura no nos haga equivocarnos, pues sabemos que también madres y abuelas estaban ahí, apilando piedras.

 

Las cenizas que han quedado tras los incendios más devastadores de los últimos años se han mojado con las lágrimas de tantas personas que siguen aferradas, con dignidad y coraje, al maltrecho medio rural, defendiendo los montes, cultivando la tierra.

 

Las versiones oficiales

Decir que los incendios de este pasado verano tienen más del doble de superficie que el gran lago Victoria, que coinciden con toda la extensión de cítricos del País Valenciano, o que representan el equivalente a 190.000 campos de fútbol, puede darnos una idea de la magnitud de los mismos. Pero muy poco se habla, por ejemplo, de la flora y fauna arrasadas. El comienzo del periodo estival es la época de cría para muchas especies que en primavera se dedican al cortejo para perpetuar sus genes en pequeños cachorros, gazapos, cervatillos, jabatos, polluelos, etc., que en estas fechas comienzan a vivir la libertad. Ahora, quedan calcinados y desperdigados por un océano de cenizas y brasas de arboles ancianos y matorrales endémicos.

Tampoco se explica que los incendios no afectan únicamente a las áreas rurales, y que los beneficios ligados al bosque y su biodiversidad, en los vitales ciclos hidrológico y carbónico, regalan a nuestras sociedades agua y aire limpio en un mundo al borde del colapso ambiental.

Desde los medios de comunicación masivos y desde el Gobierno, la reacción es inmediata a la hora de definir las causas. Los delitos y negligencias de algunas personas sirven normalmente de coartada para quienes tienen gran parte de la responsabilidad, y cuando se atiende a las grandes superficies arrasadas por un mismo fuego, entonces intervienen designios divinos y el tan negado cambio climático. «La falta de lluvias durante la primavera, un verano extraordinariamente seco y los fuertes vientos» nos decían desde del Ministerio de Agricultura son las razones por las cuales media España ha sido pasto de las llamas.

Tampoco desperdician nuestros gobernantes la posibilidad de despotricar a presidentes de comunidades a las que acusan de mala planificación, o de estos últimos para denunciar el abandono de la administración central. Incluso hemos tenido que ser testigos de insultantes propuestas de miembros de la patronal cuando hablan de obligar a las personas desempleadas a desbrozar el monte.

 

UN VERANO DE FUEGO

Más de 190.000 hectáreas de superficie forestal han quedado calcinadas este año en el estado español, doblando la media del último decenio, cobrándose once víctimas humanas, y un sinfín de perjuicios al ya de por si maltratado entorno rural, porque la tierra que arde es pérdida de los recursos necesarios para practicar la agricultura o la ganadería, es pérdida de biodiversidad  y de agroecosistemas.

 

Algunas briznas de realidad

La privatización de la gestión forestal y los recortes presupuestarios dedicados a esta materia (según datos de la organización WWF, tan sólo el 13% de las masas forestales estatales cuentan con un instrumento de gestión) no hace más que aumentar los síntomas de una enfermedad más compleja. Cierto es que cada vez resulta más difícil, para el duro trabajo de brigadistas y bomberos, enfrentarse a grandes fuegos. Sin embargo, poca atención se presta al hecho de que los incendios se “apagan en invierno”, mediante una buena gestión y planificación, con la implantación de brigadas permanentes o la construcción de pequeñas plantas de biomasa localizadas estratégicamente, pero principalmente promoviendo el mantenimiento de cultivos integrados en el ecosistema y la introducción de ganadería, sobre todo caprina.

Las frases más acertadas que pudimos escuchar este verano carecían de intereses políticos o tecnicismos, pero escondían toda la sabiduría de nuestros ancestros: ―antes, cuando la gente vivía en el campo esto no pasaba, o ―gracias a las terrazas de cultivo del pueblo las llamas no llegaron a nuestras casas.

La gravedad de los incendios no es más que otra consecuencia del abandono rural y la pérdida del aprovechamiento local de los bosques, que ha creado superficies extensísimas de combustible forestal a la espera de la primera chispa.

 

Quemamos la ruralidad y sin ella, perecemos

La causa última es la dependencia de un modelo que sólo mide lo que haga crecer el PIB (Producto Interior Bruto) y puesto que lo rural a pequeña escala no genera ganancias económicas, se fuerza su abandono a favor de la agricultura globalizada e industrial. Paradójicamente, con esta regla de medir, en cada incendio, al generar movimiento económico, aumentan las cifras del PIB a la velocidad que perdemos el valor de la naturaleza. Un sistema que, como dice el catedrático Valentín Cabero, «escudado en la crisis económica y en la austeridad  pretende desnaturalizar los bienes comunales y concejiles del medio rural con la supresión de las Juntas Vecinales y la nueva reforma administrativa». Un modelo que expulsa a las personas del campo, al negarles servicios públicos de calidad y posibilidades de ocupación, para concentrar a la población y su consumo en las grandes urbes.

En pueblos como los nuestros, reducto de una de las mayores y mejores conservadas biodiversidades de Europa, no podemos ignorar la mayor amenaza para nuestros bosques y las sociedades que viven de ellos. El gravísimo problema de los incendios no tiene un origen simple y por tanto sus soluciones tampoco pueden serlo. Abordarlo con costosísimos sistemas de extinción que funcionan unos pocos meses al año ha demostrado ser inefectivo y económicamente inviable.

La lucha contra los incendios debe abordarse de forma integral encarando sus múltiples causas, identificando sus responsables directos e indirectos, al tiempo que se desarrollan y aplican medidas desde los distintos sectores con responsabilidades en los mismos. Los incendios forestales no son hoy la mayor amenaza contra nuestros montes, que lo son, lo es la falta de políticas adecuadas que posibiliten un mundo rural vivo.

Alvar Kuehn.

Juan Clemente Abad. granja ecológica La Peira

Ambos son miembros de la Plataforma per la Sobirania Alimentària del País Valencià.

——

Una catástrofe ecológica y un desastre social y político

Valentín Cabero Diéguez (Catedrático de GeografíaUniversidad de Salamanca)

 

He seguido con profunda tristeza y con rabia contenida el gigantesco incendio que ha destruido nuestros montes y pinares en los bordes y cabeceras de los ríos Ería, Jamuz, Valtabuyo y Duerna. El humilde río Peces se salvó de milagro. Los pueblos tienen aquí topónimos hermosos: Morla de la Valdería, Torneros de la Valdería, Castrocontrigo, etc. y sus gentes están llenas de dignidad y de coraje por la resistencia que mantienen en el cultivo de la tierra y por la defensa amigable de sus montes y de la naturaleza. En esa labor secular y en sus paisajes radican la memoria del pasado y las bases más preciadas para el futuro. Son muchos, muchísimos, los que en momentos de penuria buscaron su porvenir fuera, en el País Vasco, en Cataluña, en Madrid, en Asturias o aún más lejos, primero en América y más recientemente en aquella Europa de promisión. A estos que emigraron y a sus hijas e hijos les he visto derramar lágrimas de impotencia ante tanto daño y tanto castigo. Como si un dios flamígero, sin piedad y furioso, se hubiese ensañado con estos montes, vengándose con mandobles y lenguas de fuego devoradoras de tanta incuria y abandono.

La prima de riesgo ambiental y cultural se ha cobrado aquí su parte más noble y sensible: nuestro patrimonio forestal, nuestros recursos hídricos y nuestra riqueza florística y faunística, pero sobre todo se ha llevado consigo el esfuerzo de generaciones anónimas de personas campesinas y ganaderas que han cuidado sin reconocimiento alguno los parajes más delicados de nuestros montes y pastizales. También se ha destruido la labor sensata de quienes desde las escuelas técnicas han sabido integrar la acción regeneradora y forestadora en un marco de gestión más sostenible y no exclusivamente productivista.

 

La naturaleza cumplirá, si la dejan, con su parte regeneradora a medio y largo plazo. Difícil lo tienen, sin duda, ante la pérdida de vitalidad y envejecimiento de estos pueblos y ante la lejanía cada vez más evidente de la administración pública de estos lugares. La mano invisible de otros poderes e intereses económicos se abalanzan sobre los recursos naturales y públicos de estas montañas y de estos espacios periféricos. La supresión que se pretende de las Juntas Vecinales será un nuevo hachazo a la vinculación histórica de los recursos y bienes públicos con los habitantes de estos pueblos.

Nos enfrentamos a una tragedia ecológica dolorosa, a un incendio pavoroso, pero también a un desastre social, cultural, económico y, nada tiene de obsceno reconocerlo, a un desatino político en la gestión forestal y ambiental en nuestra región y en nuestro país, a diferentes escalas administrativas y espaciales. La desestructuración de la sociedad rural, la sistemática privatización de la gestión forestal, la ausencia de una continuidad en las acciones de mantenimiento, limpieza y aprovechamiento de los montes, los recortes en los servicios y brigadas de vigilancia y prevención, las corruptelas con los fondos de la PAC, entre otros… explican mucho más que las condiciones climáticas, la dimensión de la catástrofe.

 

Desconocemos los costes que ha supuesto la movilización de tantos medios materiales y humanos, públicos y privados, para enfrentarse al incendio y al desastre, pero calculamos que son cuantiosos. Invertirlos previamente en el manejo inteligente de los montes hubiese sido más positivo para la propia naturaleza que nos sustenta y para las y los habitantes de la zona que producen buena miel, que aprovechan la resina, que pastorean cada vez menos sus ganados, que cultivan parte de sus vegas y huertos, que mantienen su vinculación con los diferentes productos del monte y que conservan la biodiversidad de sus paisajes o, lo que es más inmaterial, su entrañable cultura popular y hospitalidad.  Hoy más que nunca, necesitamos el rescate y protección de nuestros montes y la búsqueda, más allá de la agobiante retórica política y financiera, de un mundo rural vivo. La crisis alimentaria y ambiental actual nos lo está pidiendo a gritos.

 


 

Un comentario en “FUEGO CONTRA LA RURALIDAD

  1. No siempre es lo que vemos, habrá que escudriñar más que para conocer quien lo hizo, es saber cuales son los propósitos a largo plazo. Tendremos que esperar cuales van a hacer las acciones para disminuir la magnitud de los impactos a la flora,fauna, agua, suelo, paisaje y la sociedad humana

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