Un nuevo enfoque de la formación profesional agraria

Por José Manuel Turzo (*)

Al lado de la Política Agraria Común, las ayudas a la incorporación de jóvenes, la mejora de los regadíos, los precios, la cadena alimentaria, las ayudas para la reestructuración de algunos sectores, los ataques de la fauna salvaje, etc., ¿qué lugar ocupa la formación del sector agrario profesional en el ranking de las preocupaciones de las y los políticos, sindicalistas, técnicos y otros agentes? ¿Se reivindica una mejor formación agraria? ¿Nos preguntamos por los recursos que se emplean para este fin? ¿Nos preocupan los contenidos y la planificación de esta formación?

LA HERMANA POBRE

Siempre en este país la formación profesional agraria ha sido la hermana pobre de la familia de la formación profesional en cuanto a preocupación social y política, a pesar de disponer, en algunos casos, de muy buenos medios a nivel de Centros educativos. Allá sobre los años 70 hubo un esfuerzo en la formación, con la apertura de varios centros públicos (Escuelas y Centros de Capacitación Agraria) y privados (Colegios Familiares Rurales y Escuelas Familiares Agrarias) repartidos por todo el país. Había que modernizar el agro hacia la mecanización y concentración de explotaciones para liberar mano de obra y cubrir la creciente demanda industrial en aquellos momentos.

Incluso en aquella época faltó coordinación y entender las especificidades de esta formación. Se abrían centros públicos cercanos a otros donde existían privados y se dejaban comarcas enteras sin cubrir. Se implantaron las enseñanzas en alternancia (una semana en el Centro y otra en casa con tareas supervisadas) copiando el modelo francés de las maisons familiares rurales. Pero ni se explicó, ni se entendió completamente, abandonando con el tiempo ese tipo de enseñanza -que en Francia sigue vigente- y cerrando en la década de los 80 y 90 la mayoría de los centros privados y posteriormente varios de los centros públicos.

Los programas y curriculums imitaban en sus diseños a los de otros sectores como industria y servicios. Se olvidaba que en éstos últimos se formaba mayoritariamente a profesionales por cuenta ajena que salían al mundo laboral para ser contratados. En el sector agrario tiene que ser distinto porque se trata de formar a profesionales que van a incorporarse mayoritariamente como autónomos y teniendo como base la finca familiar, que conlleva unas condiciones de las que partir: terreno, edificios, maquinaria, ganado, etc. y algo que tendemos a olvidar, la gestión compartida con el actual titular, en la mayoría de los casos el padre, con todo su bagaje de conocimientos, experiencia y de entender las cosas. Bagaje transmitido de generación en generación desde hace décadas, cuando en el campo había más soberanía y apenas se dependía de agentes externos. Saliendo de esas escuelas el relevo jóven llegaba con otros aires a trabajar, bajo la influencia comercial del “hay que modernizarse”.

Hay que indicar que esto sucedía con la juventud que estudiaba y volvía al sector, que era poca, ya que gran parte no estudiaba y, si lo hacía, era como una oportunidad para dejar el sector. Si no había estudios, los agentes comerciales aún lo tenían más fácil para imponer el modelo agroquímico.

SE IMPONE LA REVOLUCIÓN VERDE

Los inicios de la formación agraria reglada coincidieron con la llamada “revolución verde”: mecanización y uso fácil y masivo de productos químicos (pesticidas y abonos químicos).

Es una formación fácil, a pesar de las muchas horas empleadas en aprender materias activas de pesticidas que pronto se quedan anticuadas, el comportamiento de los tres principales elementos (N, P, K) que aportan los abonos químicos, los síntomas de la enfermedades del ganado, la identificación de algunas “malas hierbas” y plagas de los cultivos y poco más. Muchos contenidos que aprobar en exámenes y pocas cosas útiles que aprender, pero suficientes para despreciar los conocimientos de nuestros antepasados.

Finalmente, la formación agrícola o ganadera es tan sencilla como saber manejar y mantener el tractor y saber hacer caso a los numerosos comerciales que te visitan en la explotación, que te van a enseñar a utilizar esas máquinas nuevas que dejaban anticuadas las de la Escuela, esos productos para nuevas plagas y enfermedades, fórmulas de abonos estándar que ponen a tu disposición, nuevas semillas que no puedes reproducir pero mejor adaptadas a los químicos y peor a las condiciones ecológicas del agrosistema, piensos y tratamientos que solo la o el técnico agrícola o veterinario entiende o tiene autorización para utilizar. Ahí están “para ayudarte”, cuando en realidad generan fuertes dependencias.

Todo en pro de un modelo productivista, donde lo importante es sacar las máximas producciones por unidad de hectárea o cabeza de ganado, algo de lo que podamos presumir en el bar o que nos ayude a sentirnos una buena o buen profesional. En la Escuela apenas nos han enseñado a gestionar que estamos trabajando con seres vivos que han de vivir en equilibrio con el medio. Se enseña cómo hacer la explotación cada vez más grande. Nuestras y nuestros convecinos son rivales por la posesión de la tierra que es vista como un bien de mercado o de especulación y no como el medio donde se desarrolla el agrosistema.

Se transmiten unos conocimientos que no sirven para aumentar nuestra autonomía, nuestra soberanía.

EL NECESARIO NUEVO ENFOQUE

50
del libro ‘El jardín escondido’

Frente a ese modelo que llaman “convencional”, como si hubiese sido el de toda la vida cuando solo está con nosotros desde los años 60, y que se replica en la formación profesional, hemos de ser conscientes que está surgiendo un nuevo modelo; sí, nuevo, pero con raíces en las prácticas de toda la vida, que abarca los conocimientos y avances de siempre y al que las Escuela Agrarias tienen que responder y dar apoyo. Es el llamado “agroecológico”, aquél que sabe que producir alimentos es trabajar con seres vivos, plantas o animales, que viven y deben vivir en equilibrio con el medio para que nos puedan ser útiles y podamos ser mas sostenibles en términos energéticos y medioambientales. De hecho a este modelo es al que deberíamos llamar “modelo agrario” en contraposición al mal llamado “convencional” que se debería llamar “agroquímico”, porque se sustenta en la utilización de productos químicos y no en el equilibrio de la tierra y toda la biodiversidad que rodea a las plantas y al ganado.

Pero falta formación en el profesorado, hay pocos contenidos en las Universidades y escasa investigación. Las multinacionales no van a investigar en aquello que reduce los insumos o que hace que éstos puedan estar al alcance de las y los agricultores de forma sencilla y barata.

El reto de quienes nos dedicamos a esto es enorme y no siempre contamos con la comprensión del sector. Las generaciones presentes, y sobre todo las futuras, nos lo exigen. Más allá de modas, más allá de la producción ecológica como una forma más de situarse en el mercado, con etiquetado o sin él. Estamos hablando de un modelo de producción con futuro, quizás el único, no solo de un tipo de producción concreta para satisfacer a un sector concreto del mercado.

Estoy convencido que la formación agroecológica es el futuro de la formación agraria. Porque la agricultura y ganadería debe tener en cuenta la ecología, o su viabilidad a medio o largo plazo se va a ver comprometida. Ecología entendida como la cienciaque se ocupa de las interacciones entre los organismos y su ambiente. Una formación para ser útiles a la sociedad siendo dueños y dueñas de nuestras decisiones.

Jose Manuel Ruiz Turzo


Director del Centro de Formación Agraria de VIÑALTA

PALENCIA

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