Las colectivizaciones en Catalunya

De la web Economía Col·lectiva
De la web Economía Col·lectiva

Por Didac Costa (*)

Durante los 3 convulsos años de la Guerra Civil Española, y en especial en los 10 primeros meses, en medio de un contexto tremendamente desfavorable, el pueblo llevó a cabo una singular experiencia revolucionaria, única en la historia contemporánea y ahogada en el olvido de los pactos de la transición: un proceso de empoderamiento a través del cual pasaba a ser propietario, de forma colectiva y asamblearia, de los medios de producción.

La revolución olvidada

Por primera vez en la historia no estábamos ante una nacionalización de campos e industrias por parte de un estado revolucionario que se hiciera con la propiedad de los medios de producción, para, a través suyo, crear políticas de socialización de la riqueza. En lugar de eso, en el proceso de colectivización -concepto que se acuñó entonces por primera vez- fueron las propias gentes, obreras y campesinas, quienes organizaron de forma autónoma la marcha de sus fábricas. Mediante asambleas y eliminando toda jerarquía, tomaron el control de sus puestos de trabajo en todos los terrenos de la economía, repartiendo sus frutos con criterios de solidaridad que iban más allá del propio pueblo o empresa.

Todo ello enlazaba con una tradición ibérica secular de tierras comunales que portaba en su genética y memoria gran parte del campesinado recién llegado en masa a las ciudades. Sin embargo, tales iniciativas iban más allá, formando un nuevo metarelato de la emancipación humana o ilustración obrera, en la que un nuevo mundo de igualdad y libertad sería posible mediante la libre confederación de individuos, sindicatos y regiones, sin formas de gobierno, autoridad y opresión.

Desde el primer momento de la Revolución Social, es decir desde el 19 de julio, cuando trabajadoras y trabajadores de la organización anarcosindicalista CNT en mayor medida, lograron la épica hazaña de vencer al ejército en las calles de Barcelona –y en Madrid y otras capitales al día siguiente–, el estado republicano se vino abajo, derrumbándose en lo poco que había logrado consolidarse durante los también convulsos años de República.

Emergían tres poderes contrapuestos en la península, de los cuales la historiografía vencedora sólo recuerda dos: las derechas fascistas con un golpe de estado fallido que se convierte en una larga guerra civil, en la que empiezan dominando un tercio del estado y poco a poco van logrando -con la inestimable ayuda del fascismo alemán e italiano- arrancar vidas, libertades y terreno; los dos gobiernos agonizantes pero legales y vigentes aún sobre el papel: el de la República Española y el de la Generalitat de Catalunya; y las fuerzas revolucionarias, encabezadas con una amplia hegemonía por la CNT, seguida por la UGT-PCE-PSUC y el POUM, que toma cuerpo en el Comité de Milicias Antifascistas, las Colectivizaciones Industriales y las Colectividades Agrarias. Los cambios en esta relación de fuerzas a lo largo de la guerra, determinarían el curso de los acontecimientos y la consolidación o erradicación de las experiencias revolucionarias.

Revolución espontánea

Tras la insólita victoria del pueblo organizado en armas sobre el ejército sublevado, la clase trabajadora, sin ahorros ni, por supuesto, protecciones sociales, tuvo que vérselas con el siguiente dilema ¿cómo reactivar el trabajo y recuperar los salarios en las fábricas, ahora que los patrones en su gran mayoría han huido o han sido represaliados?; y en el campo, ¿cómo organizar las inmediatas cosechas de verano?

Y sin que ni siquiera hubiera un programa definido ni fuera mediado por los órganos centrales de la CNT, los trabajadores y trabajadoras, por propia iniciativa, a la vez que terminaban con los últimos reductos del alzamiento en Catalunya, retomaban de forma autogestiva, con gran imaginación y empuje, el trabajo en las fábricas.

Casi de un modo completamente improvisado arrancaron de nuevo las máquinas y reorganizaron el trabajo, la producción, la comercialización y los salarios de un modo nuevo. Sin patrones, cobrando igual o bien según las necesidades de cada familia, con asambleas en varios niveles para decidir las formas de producción y distribución, colaborando entre las industrias, unidas en ramos y agrupaciones demostraron que “sin explotadores terminaba la explotación” y se podía organizar una sociedad.

Las colectivizaciones industriales no afectaban sólo a las fábricas, sino también a muchos otros servicios que funcionaron mejor que nunca con la gestión colectivizada, socializada o municipalizada. Como resume Vernon Richards en Enseñanzas de la revolución Española, «Habla muy bien de su inteligencia y aptitudes de organización el que los trabajadores catalanes fueran capaces de hacerse cargo de los ferrocarriles y reanudar el servicio en breve plazo; de reorganizar todo el servicio de transporte urbano y suburbano en Barcelona y hacerlo funcionar con mayor eficiencia que antes; de hacer marchar normalmente todos los servicios públicos, como teléfonos, gas y electricidad a las 48 horas de haber sofocado el levantamiento del general Goded; de que las colectividades de panaderos de Barcelona, mientras no escaseó la harina, abastecieron de pan a la población. (…) Los servicios de sanidad y asistencia social creados por los sindicatos y que funcionaron en toda la España leal; las escuelas abiertas por los sindicatos en ciudades y aldeas en un esfuerzo de extirpar la plaga secular del analfabetismo; las medidas radicales apoyadas para resolver los problemas de los ancianos e inválidos. El pueblo español estaba dando pruebas concretas de que no sólo era capaz de asumir responsabilidades, sino de que tenía una visión de la sociedad más humana, más equitativa, más civilizada que cualquier otra jamás concebida por los políticos en los gobiernos del mundo».

Al cabo de pocas semanas existía en Catalunya toda una nueva economía que no pasaba por los métodos estatal-centralistas de la URSS, que hasta entonces era el gran referente en las aspiraciones revolucionarias. Y menos aún por los métodos capitalistas, o cabría decir neo-feudales, que imperaban entonces en casi toda Europa, y con especial incidencia y gravedad en España, donde la economía poco había cambiado desde la edad media -a la que se regresó tras la guerra, en lugar de avanzar al siglo XXI como proponía la España revolucionaria.

Logros revolucionarios

Estas grandiosas realizaciones se llevaron a cabo a pesar de estar en guerra contra un feroz y poderoso fascismo internacional que devoraba el activismo más jóven y resuelto, y bombardeaba ciudades y fábricas; con los mercados nacionales divididos, escasez de materias primas y maquinaria; con una retaguardia con varios frentes abiertos en una débil alianza antifascista y con el abandono y el boicot internacional al bando republicano y socialista.

En todo ello cabe analizar el paradójico papel jugado por la gran potencia supuestamente revolucionaria de la época, la Unión Soviética, único aliado internacional de peso de las fuerzas republicanas y revolucionarias. La voluntad de entendimiento cordial de Stalin con las potencias europeas desde 1934 hará de los técnicos militares soviéticos enviados a España a cambio de las famosas 500 toneladas de oro entregadas por Largo Caballero a Moscú, los elementos contrarrevolucionarios más eficientes en la península, terminando con las colectivizaciones industriales y las colectividades agrarias. De esta manera no tuvo que ser Franco quien, tras su victoria, debiera suprimirlas, ya que este trabajo lo habían hecho resueltamente los soviéticos y las fuerzas republicanas durante la guerra. Víctor Alba llega a sugerir en Los colectivizadores, que éste favor al mantenimiento de las estructuras de propiedad privada y estatal y a poner fin a la revolución social más profunda, libre y genuina del siglo XX explica los tratos de favor que los franquistas concedieron al Partido Comunista durante la transición, 40 años más tarde.

La mayoría de los estudios reconocen que estas experiencias, aún en el trágico y complejo contexto de guerra civil y de preguerra mundial, funcionaron bien, resolvieron necesidades inmediatas y seculares y avanzaron más que en muchas décadas, las condiciones de trabajo. Hasta el punto que, cuando el bando fascista conquistó las industrias catalanas, se dijo a sus antiguos propietarios: “no se quejen, que se las han dejado mejor de lo que estaban”. Y así fue, efectivamente, al ser los trabajadores y trabajadoras las que gobernando sus puestos de trabajo, construyeron baños, sistemas de seguridad y comodidad, de riego en los campos, además de otras mejoras laborales y del salto histórico inigualado en las formas de propiedad de los medios de producción. Avances que, en muchos casos, hubo que esperar décadas para recuperar parcialmente.

Como relató Erich Kominski en mayo del 37 en Los de Barcelona, «esa fuerza es la que ha hecho hoy, de la pequeña Catalunya, una gran potencia, no por sus posibilidades materiales sino por su influencia moral. (…) Después del trágico declive de la Revolución Rusa, Catalunya es el centro de atracción de todo el mundo, que ve en ella una esperanza y un principio».

Medio siglo de cooperativismo

Pero ¿cómo se llegó a este tan avanzado estadio de desarrollo socioeconómico que hasta hoy sigue siendo inédito? Del mismo modo que la victoria de los anarquistas sobre el fascismo el 19 de julio no se explica sin los más de 20 años de lucha armada en las calles contra la represión de Primo de Rivera, de la monarquía y de la propia República, y sin la extensa organización paramilitar de los Comités de Defensa Locales de la CNT en cada barrio, tampoco las realizaciones económicas se explican sin el más de medio siglo de organización de los trabajadores en mutuas de salud, de ahorro, cajas de resistencia o cooperativas de trabajo y de consumo.

Para alcanzar la utopía libertaria, además de la fe casi religiosa en la huelga general, se crearon desde finales del siglo anterior los métodos de instrucción y las herramientas laborales y económicas que deberían prevalecer en un mundo comunista libertario. Y así, a pesar de las dificultades más o menos represivas de cada régimen político, se construyó durante varias décadas una amplia red de organizaciones y medios de socialización, desde escuelas a ateneos y cooperativas, que cubrían toda una explicación integral alternativa de la vida social. Encontramos corales musicales, grupos de teatro, deestudio del esperanto,de naturismo, nudismo, espiritismo, vegetarianismo,cooperativas de vivienda o de educación. Éstas se organizaban a través de los ateneos populares en los que había debates, alfabetización adulta y bibliotecas, y mediante las escuelas racionalistas inspiradas por la obra del pedagogo catalán Ferrer i Guardia, fusilado en 1909 por desafiar la pedagogía católica con una racional.

La utopía de una humanidad diferente hallaba cuerpo, así, en una amplia gama de organizaciones de cariz libertario, que suplía la ausencia de todos estos servicios en un país cuyas élites no parecían estar interesadas lo más mínimo por el progreso material o educativo de sus gentes. Todo esto permitió que, cuando las condiciones se dieron con el golpe de estado fascista, se produjera un salto inédito hacia la conquista del comunismo libertario.

Conocer esta realidad, que ha sido y es aún hoy escondida por lo subversivo de su naturaleza, permite entender mejor las causas de la sublevación fascista, de la larga y cruenta guerra civil, y de la larguísima y también cruenta dictadura fascista. Se trataba de cortar de raíz ese germen revolucionario que formaba parte del ADN de la población.

Y efectivamente se logró durante décadas, hasta que, afortunadamente, nuevos movimientos sociales como el 15M, los foros sociales, el software libre, la agroecología, las monedas locales, las ecoaldeas o el cooperativismo integral entre otros, permiten pensar que renace de nuevo ese espíritu y formas cooperativistas y eco libertarias, sin violencia y adaptadas a los nuevos tiempos que vivimos, en la sociedad global de la información, que ya es en sí misma horizontal, abierta y en red.

PARA SABER MÁS:

DE LA WEB: http://economiacollectiva.com/

Entre la muy extensa literatura y ensayos sobre la Guerra Civil y la no tan extensa literatura sobre la Revolución, recomendamos los siguientes libros:

El eco de los pasos, Juan García Oliver

Les col·lectivitzacions a Barcelona 1936-39. Antoni Castells

Los colectivizadores, Victor Alba

La cultura anarquista a Barcelona, Ferran Aisa

Los de Barcelona, Hans Eich Kominski

El corto verano de la anarquía, Hans Magnus Eizemberger

La lucha por Barcelona, Chris Ealham

El laberinto español, Gerald Brenan

Enseñanzas de la revolución española, Vernon Richards

La revolución traicionada, Miquel Amorós

  

Dídac Sanchez-Costa i Larraburu

Sociólogo, escritor y activista.

Miembro de las Ecoredes, la Cooperativa Integral Catalana

el movimiento 15M y la Colonia Colectivizada de Ca la Fou

www.ecoseny.net, www.ecoxarxes.cat

www.cooperativaintegral.cat, www.calafou.org

http://cooperativa.ecoxarxes.cat

Facebook: Didac S.-Costa, didacscosta@gmail.com

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